Capítulo 31
Han pasado varios días desde que vi por última vez a Zeus.
La verdad es que he estado ocupada buscando trabajo, editando mi página web y buscando nuevos clientes por la ciudad.
El lunes fue un caos. Jess se lamentaba por no tener nada que hacer, y yo he estado frustrada hasta hoy, que se han puesto en contacto conmigo.
—¡Jess! ¡Voy a hacer dos reportajes! —Doy saltos de alegría desde la mesa del comedor a la cocina donde ella se encuentra—. Una de las familias quiere el reportaje para su hijo de un año y la otra, uno en familia. ¿No es genial?
Jessica sonríe con un vaso en la mano, apoyada en la encimera. Estoy superfeliz por los trabajos que tengo que hacer, pero también triste porque ella aún no tiene nada. Sé que su sueño siempre ha sido tener un restaurante, pero donde tiene más experiencia es en tiendas de moda.
Ding, ding, ding. Se me acaba de encender la bombilla.
Cierro el portátil, le regalo una sonrisa a mi amiga y voy a mi habitación. Llamo a una persona, le cuento lo que pasa y quedo con él en una hora.
Cuando salgo, Jessica está en el sofá, enrollada en mantas y viendo una película. ¡Y solo son las tres de la tarde!
—Voy a salir.
Me mira sorprendida, sin moverse y con el mando en la mano.
—¿Sin mí? —Abre la boca en forma de O y sonríe—. ¿Con Zeus?
Escuchar ese nombre me provoca escalofríos. Odio reconocer que me gustaría volver a verlo, pero me ha demostrado ser legal; me dijo que no insistiría y así ha sido. Suspirando, cojo mis guantes de lana, bufanda, abrigo y bolso, y la miro mientras abro la puerta.
—Sin ti y sin Zeus. Espero traer buenas noticias cuando regrese.
Sin esperar a que me diga nada, cierro la puerta y entro en el ascensor. El plan es el siguiente: quedar con Carl y estar en una hora en Central Park para las fotos. Así que tengo que darme prisa.
A medio camino, mirando Google Maps, busco la cafetería que me apetece visitar y le envío la ubicación a Carl.
Tras diez minutos de caminata, llego. Cuando entro, al fondo, en una mesa de hierro con sillas a juego, encuentro a la persona que me espera. Me acerco, observo a mi alrededor por si me encuentro con él, pero ni rastro. Una vez al lado de Carl, este me da un abrazo.
—¿Qué tal estás? ¿Te abrigan los guantes? —pregunta tras señalar mis manos.
—Sí, son geniales —afirmo quitándomelos—. Siempre los uso, me encantan.
—Me alegra oír eso. —Carl sonríe.
Cuando una chica nos entrega la carta, me decanto por el café especial del día y él pide un té matcha .
—Bueno, ¿qué tenías que decirme?
—Quería pedirte algo para mi amiga. —Carl asiente y le da un sorbo a su té—.
Ha trabajado en una tienda de ropa, en Madrid, durante cinco años.
Tiene experiencia de sobra, sabe estar y es muy simpática.
Sé que le irá de perlas a la tienda donde trabajas, a la que, sinceramente, creo que le falta algo de vidilla por parte de los trabajadores.
No sé cómo el jefe no se ha dado cuenta...
—Me acerco mi taza a los labios, que me viene de fábula con el frío que tengo, y escucho a Carl reír por lo que he dicho—.
¿Qué? ¿Acaso no piensas igual? Hace falta algo más en ese lugar, los trabajadores están adormilados. —Otra carcajada—. Le falta vida.
—Discúlpame, no sabía que mis empleados estaban adormilados.
Anda, mi madre. ¿Pero aquí todo el mundo es emprendedor? Le miro sorprendida, ahora me encaja por qué me regaló los guantes sin que nadie dijera nada. Reparo en lo que ha dicho y me muero de vergüenza.
—Carl, yo... Lo siento, a veces hablo demasiado.
Pone una mano sobre la mía y le da un apretón.
—Dile a tu amiga que se pase el lunes para hacerle una entrevista. A ver si así les da vidilla a mis empleados.
Entre risas, nos tomamos nuestras bebidas y charlamos sobre mi traslado.
Le cuento sobre mi trabajo, mi familia y mi vida en Madrid.
También conozco algunas curiosidades sobre él, como que es dueño de la tienda desde hace diez años, que es el único de cinco hermanos que no ha estudiado para ser abogado o profesor —como se acostumbra en su familia— y que no tiene pareja desde hace más de tres años.
Miro la hora en mi teléfono y se me cae el alma a los pies cuando me doy cuenta de que voy a llegar tarde. Acelerada, pago la cuenta, aunque Carl insiste en lo contrario, y salgo casi corriendo. ¡Me muero como llegue tarde a mi primer trabajo!
A medio camino, intentando oír lo que Carl quiere decirme, siento que choco con alguien de forma tan brusca que tengo que hacer fuerza para no caer al suelo. Me llevo una mano al pecho por el susto.
—¡Maldita sea, mira por dónde vas, idiota! —grita una voz femenina.
Al oír el tono, levanto la cabeza de un tirón.
Me quedo atónita al encontrarme con Zeus y su novia, ¡cogidos de la mano!
Pero ¿qué esperaba? Sin querer, miro sus dedos entrelazados y aprieto los dientes por lo tonta que soy.
Zeus, al darse cuenta, suelta el agarre sin importarle el desconcierto en el rostro de ella.
Algo punzante me cruza el pecho al ser partícipe de tal acción, me hace sentir una persona horrible que me guste que haya apartado la mano. Aun así, no dejo que me nuble el juicio y alzo la barbilla, mirando a la rubia con desprecio. No voy a permitir que me falte el respeto de esta forma.
—Mira, como te llames, la próxima vez que vuelvas a insultarme, del tirón de pelos que te doy te quedas sin extensiones.
Zeus me mira sorprendido, Carl disimula una risa y la rubia se queda blanca como el papel. Vamos, ni que fuese por ahí chocándome con la gente a propósito. Esta da un paso al frente.
—Mira, niñata, como vuelvas...
—¡Crystal!
El bramido de Zeus la hace encogerse, bueno, podría haberse encogido todo el mundo, ha sido siniestro.
Su novia lo mira enfadada, normal, dadas las circunstancias.
Cuando creo que va a decir algo —yo lo haría— da media vuelta y camina hasta la barra sin dirigirle la palabra a su novio, quien la observa irse.
Cada vez me siento más estúpida porque, mientras él la mira, yo hago lo mismo con él, pero con más detenimiento. De repente, se vuelve, pillándome por sorpresa, pero no me dirige la mirada a mí, sino a Carl.
—Déjanos un momento a solas.
Eso ha sonado más a un «Eh, aquí mando yo.
Así que lárgate». Miro a mi nuevo amigo, esperando que le diga cualquier cosa que defienda su orgullo; pero, en cambio, se gira hacia mí, se despide y se marcha.
Lo veo irse, dejándome sola con esta especie de reencarnación del mismísimo dios cuyo nombre lleva.
En cuanto clava los ojos en mí, me pongo de los nervios. Siento ese calor que siempre emana de mi interior cuando está cerca; llevo tantos días disfrutando con él en mi imaginación que me avergüenzo de tenerlo delante.
Por no hablar de su mujer, que está a escasos metros y se preguntará por qué estamos de pie, mirándonos, en medio de la cafetería.
Impaciente por saber qué pensará ella, miro de reojo y, por suerte, está concentrada en ser el centro de atención del grupo de hombres de negocios que hay a su alrededor.
—Vamos fuera —dice Zeus y no deja que me niegue o que acepte, solo me guía hasta la calle con un leve empujón en la espalda. Doblamos la esquina y entramos en un callejón. Lejos de las miradas del interior, se acerca más a mí—. Disculpa a...
—¿Tu mujer? —lo interrumpo—. No te preocupes, he topado con arpías peores.
—No es mi mujer. —Discrepo en eso, pero mejor me callo—. Y sí que me preocupo. Llevo días pensando en ti y ahora que nos encontramos, Crystal te trata así.
—Mira, Zeus, yo...
En cuanto digo su nombre, me doy cuenta del error, pero no deja que lo piense mucho y, con celeridad, pega sus labios a los míos, haciendo estragos en mí. Después de asolar mi boca, vuelve a su postura seria y recta de antes. ¿Es que este hombre está loco?
—Me dijiste que te mantendrías alejado —lo acuso alterada, pero no por estar enfadada precisamente.
—Y tú dijiste que no volverías a decir mi nombre para que esto no ocurriera. _Se cruza de brazos y sonríe satisfecho, como si hubiera ganado algo, pero él no sabe de qué tinta estoy hecha.
—¿A eso quieres jugar?
—Contigo quiero jugar a muchas cosas, si me dejas, honey .
Con el pulso a mil, me acerco tanto a él que mi cuerpo se pega al suyo y veo el desconcierto en sus ojos, y también el deseo. Acaricio su pecho hacia arriba, dejo mis manos en su cuello y él suspira, creyendo que voy a besarlo, pero lo dejo con las ganas, separándome de nuevo.
—No volveré a decir tu nombre hasta que se nos olvide lo que ha ocurrido entre nosotros.
La diversión vuelve a su rostro cuando algo cruza sus pensamientos. Se mueve hacia mí, lo suficiente para dejarnos a escasos centímetros, y susurra frente a mi boca, sin dejar de mirarla:
—Entonces será muy difícil comunicarnos en la cita que tendremos el sábado. —Me besa y parpadeo.
Espera, ¿qué? Para cuando me doy cuenta de sus palabras, ya está dándome un repaso que me provoca temblores. Se muerde el labio inferior, está esperando una respuesta, lo veo en su cara. ¿Cómo vamos a tener una cita? ¿Y su mujer? Pero luego pienso en lo que tiene mío y en que debo recuperarlo.
—Está bien, tendremos una cita. —Zeus baja los brazos despacio, no se esperaba tal respuesta—. Durará el tiempo suficiente para que me devuelvas mi collar.
Me quedo de pie, esperando a que diga algo, pero la rubia aparece y se me corta la respiración. Parece que justo está pasando lo que se intuía. Contengo el aire, pero ella no se da cuenta. Solo se acerca a nosotros y besa a Zeus con descaro, mientras él mantiene sus ojos fijos en los míos.
—Tengo que irme —informo y Zeus me observa.
Sin decir una palabra más, y con la respiración agitada por los celos que he empezado a sentir por un hombre comprometido, salgo disparada de allí, con el corazón martilleándome al pensar en lo que acaba de pasar.