Capítulo 30 #2
Zeus se gira en el taburete, quedando frente a mí con nuestras rodillas rozándose. Él las mira unos segundos; yo no, porque estoy atrapada en la oscuridad de sus iris.
—No sé por qué niegas lo evidente, honey .
Observo sus manos moverse hacia mis rodillas, haciendo que mis piernas tiemblen ante su contacto.
—¿De qué evidencia hablas?
Traza círculos con el dedo índice sobre uno de mis muslos, acercándose de manera sigilosa hacia mi cara, y puedo sentir su respiración sobre mi boca. No, otra vez no. En un momento de lucidez, me echo hacia atrás, rechazando lo que más deseo en este instante.
—No puede volver a ocurrir. No quiero romper una relación. Por favor, Zeus, deja de intentarlo.
—Es imposible no hacerlo si mi nombre suena tan jodidamente bien en tus labios. Necesito besarlos.
Abro los ojos al sentir mi respiración cortarse, este hombre provoca cosas en mí que me aterran. Seguimos cerca, muy cerca.
—Pues no volveré a decir tu nombre si con eso no me besas.
—Qué tontería, Ava.
Oh, mierda. Creo que ahora entiendo cómo se siente. Jamás me había gustado tanto escuchar mi nombre.
—Un último beso —hablo muy bajo, acercándome a él. No quiero que nadie nos escuche.
Me mira moviendo los ojos por mi rostro, como si estuviera reteniendo algún momento bonito, como si quisiera recordar cada parte de mí.
Desliza sus manos por el lateral de mis piernas, sin importarle dónde estamos o quién pueda vernos.
Llega a mis caderas y las aprieta con cuidado, acercándome a él para besarme.
Siento un cosquilleo que viaja por todo mi cuerpo, haciendo estragos por donde pasa.
Muevo la boca al ritmo de la suya, mi lengua se enreda con la de él y me muero de deseo al sentir su calidez.
Estoy disfrutando el beso más de lo que debería —más de lo que debería estar permitido, sabiendo que es un hombre prometido— cuando escucho un ruido tras la barra que me despierta de este bonito sueño y me hace volver a la realidad.
—Intentaré aguantarme las ganas de besarte cada vez que te vea —susurra en mi oído.
—Pues tendrás que hacerlo, Zeus. Somos adultos y sabemos lo que está bien y lo que no, y desde luego esto —nos señalo con el dedo, nerviosa por lo que estoy diciendo— no lo está.
—Desde que te conocí no he dejado de pensar en ti.
«Ni yo en ti», me digo, cerrando los ojos y pellizcándome el puente de la nariz. No debería haber llevado a cabo esta estúpida idea. «Pero a lo hecho, pecho», como siempre decía mi tía.
—Dejemos esto aquí, por favor.
Aparta sus manos de mí con gesto molesto, se incorpora en el asiento y apoya un codo sobre la barra.
—No volverá a ocurrir. Lo más seguro es que no nos volvamos a ver.
—Quizá eso sea lo mejor. Está claro que hay química entre nosotros, pero no puede ser. Así que, con tu permiso, voy a pagar y nos iremos a la visita que tienes programada. Y, después, cada uno por su lado.
—No hace falta —apostilla mientras se levanta del taburete y lo miro sin entender—. Está todo pagado, el local es mío.
Después de eso, sale a la calle. Me quedo de pie, mirando su figura a través del cristal de uno de los ventanales de la cafetería.
No quiero sentir nada por este hombre, acabo de romper con mi novio y no me apetece estar pensando en otro.
Además, no suelo encariñarme con demasiadas personas, así evito que me abandonen. No se va alguien que nunca ha estado.
Decidida, empiezo a caminar hacia la salida, dispuesta a enfrentarme a su presencia.
—Vámonos —casi ordeno, cogiendo mi bolso y encabezando de nuevo al grupo.
Todo el camino hasta el edificio que vamos a visitar, Zeus está pendiente de mí.
Intenta entablar conversación conmigo y me cuenta curiosidades sobre todo lo que llama mi atención.
Cuando llegamos a la entrada del Empire State, se coloca a mi lado y no me deja sola ni un segundo.
Me explica que el edificio es una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno, que fue designado Monumento Histórico Nacional en 1986 y que fue el edificio más alto del mundo durante cuarenta años; además, me entero de que su antena mide más de cuatrocientos metros.
Cuando llegamos a los ascensores, Zeus y Daniel se acercan a unos tipos que parecen de seguridad.
Tras hablar con ellos, nos señalan una zona donde otro hombre nos espera.
Este saluda a los chicos con un apretón de manos y empieza a andar, guiándonos.
En el ascensor, nos pregunta a qué mirador queremos ir.
—¿Tienes vértigo? —quiere saber Zeus acercándose a mi oído.
Está apoyado en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro serio, pero con la cabeza inclinada para poder hablarme tan cerca.
—No, al menos que yo sepa.
Asiente con la cabeza y percibo cómo su rostro se relaja mientras se incorpora. No entiendo por qué quiere saber si temo a las alturas.
—Al de la ciento dos.
El hombre asiente y pulsa el botón de la planta.
Ahora que entiendo su pregunta, tengo que decir que no estoy muy segura de mi respuesta.
La planta más alta a la que he subido ha sido un sexto…
a excepción del avión. Con calores por todo el cuerpo, agarro la manga del abrigo de Zeus cuando el ascensor empieza a subir.
Él arruga el ceño y se separara de la pared para acercarse a mí.
—¿Estás bien, honey ?
Asiento varias veces, muy nerviosa, y mi amiga, que nos ha visto y escuchado, se acerca un poco.
—Lo más alto que hemos subido ha sido al sexto de Hugo y ahora al avión para venir aquí.
Maldita, ¿por qué me conoce tan bien? Zeus asiente sin dejar de mirarme, me acaricia la espalda y me pasa un brazo por los hombros, arrimándome a él. No me aparto, a pesar de que Daniel y Jessica nos miran, y es un alivio que ninguno de los dos diga nada.
—¿Quién es Hugo? —Alzo la cabeza lo justo para mirarlo, y entonces él mueve los ojos hacia mí, observándome con el ceño un tanto fruncido.
—Un amigo. —No voy a darle explicaciones sobre mi vida privada.
—¿Yo también soy un amigo?
Asiento.
—Y, ¿ese tal Hugo es igual de amigo que yo?
¿A qué vienen estas preguntas? Me remuevo incómoda por su intromisión; estábamos muy bien hasta que ha abierto la bocaza. Al entender que quiero apartarme, refuerza su agarre y me coloca mejor bajo su brazo.
—Está bien, lo siento. No es de mi incumbencia. —El calor de su aliento choca en mi oreja cuando habla y tengo que aguantar la respiración para no suspirar de placer.
Me da un leve beso en la oreja que me deja muda hasta que llegamos a nuestro destino. ¿No dijo que no volvería a acercarse? Después de que todos salgan del ascensor, nos vamos nosotros, ya separados, pero cerca el uno del otro. El guía sigue hablando del edificio y lo escucho con atención.
Cuando entramos en el mirador, me quedo sin habla.
Había imaginado cómo sería este lugar, pero estar en él supera cualquier expectativa.
Las vistas que tenemos desde aquí de Manhattan son una auténtica locura, es como si no fuese real.
A paso lento, me acerco a las ventanitas y me sobresalto al sentir una mano en la espalda.
Con los músculos como un flan, miro hacia arriba, encontrándome la mirada de Zeus fija sobre mí.
No sé cuál de las vistas me gusta más.
—Es hermoso —murmuro, sin poder apartar los ojos de los suyos.
—Hay vistas mucho más impresionantes —me responde, observándome.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro. Tras un silencio, pues ninguno somos capaz de decir algo sobre lo que acaba de suceder, vuelve la cabeza y mira al frente. No aparta la mano de mi espalda y me descubro disfrutándolo.
Mirando también hacia Manhattan, con el calor ardiente en la zona donde me está tocando, pienso que vamos a desearnos más de lo debido, más de lo que podemos permitirnos, y eso nos hará quemarnos con fuego.