Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

No sé por qué hemos ido en coche si solo hemos tardado apenas quince minutos en llegar; además, ha sido un infierno conducir.

Por cómo se ha quejado Daniel, imagino que tendrá chófer.

Así que tampoco sé por qué se ha puesto él al volante, supongo que para no asustarnos, o sabrá Dios...

En todo el camino no he dicho ni mu. La presencia de este hombre pegado a mi cuerpo es devastadora; por suerte, el parloteo de los que iban delante contándose cosas ha hecho ambiente en el viaje.

En cuanto Daniel aparca el BMW, salto fuera, necesito respirar.

—¿Me dirás tu nombre hoy?

Lo miro. Va a mi lado, pero, por alguna extraña razón, Daniel y Jess nos adelantan el paso y nos quedamos atrás.

Me he fijado en que hay gente que nos observa, pero lo entiendo teniendo en cuenta a estos dos hombres.

Vuelve a concentrarse en el frente, aunque me mira de vez en cuando.

No quiero decirle mi nombre, no quiero que piense que puede haber posibilidades de que vuelva a pasar lo del aeropuerto. ¡Por el amor de Dios, tiene novia!

Recordarlo me molesta, me habría encantado conocerlo en otras circunstancias. Si fuera soltero, quizá le daría una oportunidad. Como no pienso decir eso en voz alta, cambio de tema.

—¿Me devolverás mi collar?

Suelta una carcajada. Dios, acabo de enamorarme de un sonido.

Giro la cabeza con rapidez para poder observar su garganta moviéndose.

Creo que mi sesión de visitas a monumentos y cosas maravillosas acaba de empezar y terminar.

Se vuelve y se sube las gafas para que pueda darme cuenta de cómo me observa.

Para que me fije en cómo su mirada cambia.

Aún con una sonrisa, se lame el labio inferior antes de colocarse de nuevo las gafas y mirar de nuevo al frente.

—Quizá.

Agitada por su confesión, me planto delante de él cortándole el paso y lo fulmino con los ojos. Lo sabía.

—Lo sabía —repito en voz alta mientras le martilleo el pecho, duro y apetecible, con mi dedo índice—.

Bueno, al principio pensaba que debía haberlo perdido en el aeropuerto, pero entonces, la otra noche, cuando dijiste que me faltaba algo...

¿Por qué no me lo devuelves? ¿Qué quieres?

¿Dinero? —Algo cruza por mi cabeza cuando él sube las cejas, y me horrorizo—.

Oh, Dios mío. ¿Quieres que me acueste contigo a cambio de que me lo devuelvas?

La respiración se me acelera solo de imaginármelo. Intento pensar que es de pavor y no de excitación.

—Ahora que lo dices no sería mala idea. Estaría dispuesto a eso. —¿Qué? Abro los ojos asombrada por su descaro y él se acerca un poco más—. No te escandalices, no sería nuestra primera vez. —Se agacha un poco y sus ojos quedan a la altura de los míos—. Pero no, honey . Me conformo con una cita.

—¡Estás loco! —exclamo indignada. Al percatarme de mi subida de tono en la voz, lo siguiente lo digo casi en un susurro—. Tienes mujer.

—Para nada. Crystal es... es difícil, no mi mujer.

Su aliento choca de golpe con mis labios, que se entreabren para recibirlo.

Tengo tantas ganas de que me bese que me avergüenzo.

¿Cómo puedo desear tanto a un hombre, habiendo roto con Marcos hace apenas unos días?

Mi mente va a estallar de tanto pensar y dudar.

Tenerlo tan cerca —su perfume, su boca acercándose con lentitud a la mía...

— no puede ser. El pulso se me dispara, el cuerpo me hormiguea y mis labios piden a gritos los suyos.

—No... —comienzo a decir, poniendo las manos en su pecho.

—Sí… Me muero por volver a saborearte.

Se me corta la respiración. Literal, no respiro. Temo ponerme morada o algo. Entonces siento su boca sobre la mía, su mano en mi nuca, nuestros cuerpos chocando, y experimento una sensación que pensaba que no existía.

«Mierda, de aquí no salgo», me digo en silencio.

Cierro los ojos para sentir mejor el beso y el cuerpo me chisporrotea por todas partes; me tiembla, más bien.

Joder, hasta el corazón lo hace. Sus labios se mueven con tranquilidad, su lengua juguetea con la mía como si la conociera de toda la vida, y sus manos...

Una hace presión bajo mi pelo suelto y la otra me agarra con fuerza la cadera, con los dedos clavándose en ella.

Gruñe, lo hace suave y sobre mi boca. El beso dura unos segundos más hasta que un choque en mi espalda nos hace separarnos.

Nos miramos sin que nos importe lo más mínimo si la otra persona se ha detenido a disculparse o no.

Sus ojos viajan por mi rostro y veo su deseo, pero entonces, la imagen de la rubia me martillea el cerebro.

¿Qué he hecho? Sin embargo, es mi lado salvaje el que está muerto de deseo por repetirlo.

Tras suspirar, me lanzo con pasión y furor.

Me aferro a los pliegues de su abrigo y me sujeto con fuerza para no caerme, pegando mi cuerpo al suyo de nuevo, para averiguar cuánto me desea.

Su bulto en los pantalones me lo dice. Nada más notar el anhelo de algo que no sé descifrar bullendo en mi interior, me separo.

Voy a dar un paso atrás, pero él afianza nuestro agarre y me da un último beso.

—Esto no puede volver a pasar —afirmo, nada convencida.

Él mueve la cabeza de arriba abajo, uniendo sus cejas poco convincente.

—Estoy de acuerdo.

Vuelve a besarme.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Otro beso, y otro, y otro.

Acalorada y como en una nube, consigo separarme un poco.

—Oye...

—Zeus.

Lo miro, sin entender.

—¿Qué?

—Mi nombre es Zeus.

Vaya, tenía que llamarse como el mismísimo dios supremo, el dios de los dioses... cómo no, qué sorpresa. Espero que no piense que saber su nombre hará que le diga el mío. No me atrevo, no quiero que le ponga nombre a esta persona que soy al besarme con él, a pesar de saber que hay otra mujer.

—No me digas tu nombre si no quieres, ya tendrás tiempo de hacerlo. —Señala detrás de mí con la mano y veo a Daniel y Jess a lo lejos—. Vienen hacia aquí.

Apoya la frente en mi sien, aprovechando que me he girado un poco para mirar hacia donde dice.

Vuelvo la cara hacia la suya, sintiendo que se me encoge el estómago al ver cómo su sonrisa mueve la cicatriz.

Tengo que aclararle, antes de que lleguen nuestros amigos, que no puede volver a ocurrir nada entre nosotros.

Él tiene novia y yo… bueno, yo lo dejaré en el olvido.

Si no me acuerdo de alguien con quien he salido seis años, puedo no pensar en este hombre.

—Mira, Zeus...

Su expresión cambia veloz al escucharme, parece sorprendido y, ¿confuso?

—Repítelo.

—¿Qué? ¿El qué?

—Mi nombre —gruñe sobre mi boca. La respiración, que se me empezaba a apaciguar, se vuelve a agitar—. Vamos, honey .

Me muerdo el labio, consiguiendo así que él lo mire y suelte aire por la nariz.

—Zeus.

Su boca choca con la mía en un beso pasional, pero rápido. Me succiona la lengua y me mordisquea antes de separarse. Segundos después, me suelta y Jess se acerca a nosotros, sin dejarnos disfrutar de nuestro último beso. Porque es el último, lo tengo claro.

—Chicos, ¿qué hacéis?, ¿no venís?

Abro los ojos y Zeus hace un movimiento con la cabeza.

—Zeus me estaba explicando algo sobre ese edificio.

Ellos observan un bloque de pisos común y corriente, pero ninguno dice nada.

—Oh, ¿sí? Debe ser interesante, ¿no? —Daniel se dirige a su amigo, que ahora niega con la cabeza, como intentando hacerle callar.

Con la vergüenza ardiéndome en la cara, empiezo a caminar.

Adelanto a los tres y me separo unos metros de ellos, aunque no tengo ni idea de hacia dónde voy.

En cuanto se dan cuenta, Zeus camina por delante y yo aminoro el paso para estar con Jess.

Durante el trayecto, escuchamos lo que ellos nos cuentan y hacemos fotos a todo lo que nos llama la atención.

¡Incluso nos hacemos una con un carrito ambulante de comida rápida!

Por un momento, espero que nos miren como si estuviésemos chaladas, pero la mirada que me lanza Zeus solo consigue desconcertarme más.

Seguimos paseando hasta que decidimos descansar en la terraza de una cafetería muy cuqui.

Tiene una zona con mesas y estanterías llenas de libros, donde hay gente tomando café, leyendo o trabajando en sus ordenadores.

Daniel nos pide a Jessica y a mí unos chocolates calientes con nubecitas que están de muerte.

Ellos toman un café solo y no comen nada, mientras que nosotras nos zampamos dos buenos trozos de tarta.

—No queda mucho para que podamos ir a nuestra visita. —Zeus mira la hora en su reloj y se pone de pie—. Iré a pagar mientras acabáis.

—Me gustaría invitaros para agradeceros que paséis el día con nosotras haciéndonos de guías.

Voy a levantarme cuando la voz de Daniel me interrumpe.

—Tonterías, es todo un placer. Créeme.

—Gracias, pero me sentiré mejor si lo hago.

—Ava tiene razón, dejad que paguemos.

Conforme escucho mi nombre salir de entre los labios de Jessica, miro a Zeus. Maldita sea. Me observa desde su altura con las cejas levantadas y una sonrisa divertida. Pongo los ojos en blanco.

—Pero... —Daniel mira a su amigo, sorprendido—. ¿Zeus O’Donnell sonriendo? Si no lo veo, no lo creo. El famoso Zeus, riendo.

—¿Famoso? _pregunto extrañada.

—Así es, señoritas. —Daniel se deja caer en el respaldo de su silla y Zeus me contempla—. Aquí, ante vosotras, tenéis al joven...

—Ya basta, Dan.

Zeus entra en la cafetería y, sin entenderme, lo sigo.

—Oye, he dicho que pagaría yo.

No me presta atención. En medio del silencio, aprovecho que está mirando al frente para observarlo con detalle, aunque no sé si ha sido buena idea, porque todo lo que le veo me gusta.

Su pelo es tan negro como la noche; lo tiene perfectamente despeinado en sus ondulaciones.

Tiene la cara y la mandíbula cinceladas, como si fuese perfecto.

Miro su cuello ancho que se mueve en la zona de la garganta de una manera arrebatadora.

—¿Te gusta lo que miras?

—¿De qué hablas? —Finjo que no lo estaba mirando.