Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Llevo toda la maldita noche soñando con él.

No nos conocemos y ya me está volviendo loca.

Me he despertado varias veces empapada en sudor por las imágenes que se repetían sin parar en mi cabeza: sus manos deslizándose por mi cuerpo, sus labios explorando mis zonas más íntimas...

Una de las ocasiones en las que me desvelo, al ver que son las siete de la mañana, decido levantarme.

Me niego a volver a cerrar los ojos porque, en cuanto lo hago, los suyos regresan.

Más oscuros. Más penetrantes. Más seductores.

Salgo del dormitorio sin hacer ruido para no despertar a Jess.

En el pasillo miro su puerta y un leve ronquido me hace reír por lo bajo.

Continúo hasta la cocina, donde pongo la cafetera y espero junto a la ventana a que se haga el café.

Desde aquí no tengo unas vistas maravillosas, pero si me inclino un poco hacia adelante, puedo ver el inicio de la avenida a la que, por suerte, da mi habitación.

Mientras observo el cielo nublado, no puedo evitar pensar en mi familia, allí ya son las doce de la mañana, así que estarán trabajando. Esperaré unas horas más para llamarlos. La cafetera me avisa de que ha terminado y me lleno una buena taza de café.

Después, regreso a la ventana y vuelvo a divagar sobre mis amigos y mi familia.

Aún no soy consciente de que estoy aquí, mi vida ha cambiado tanto en un mes...

Estoy triste por la pérdida de mi tía, por el collar y por tener lejos a mis seres queridos.

Pero debo reconocer que la emoción por esta nueva etapa está siempre presente.

Además, presiento que mi vida va a cambiar más de lo que ya lo ha hecho y todo saldrá bien en esta ciudad.

La piel se me eriza al pensar en él de nuevo.

Maldita sea. Doy media vuelta, necesito distraerme. Río al pensar en algo que sé que a Jess le gustará.

Como todavía es temprano, entro en mi habitación, me pongo ropa de deporte, me hago una coleta alta y, tras ponerme los auriculares, me voy a la calle con intención de hacer ejercicio.

Al salir del ascensor y llegar al vestíbulo, me doy un susto de muerte cuando encuentro a una joven con el pelo rubio y mechas rojas en el mostrador de la recepción.

—¡Joder! —exclamo colocándome una mano en el pecho—. Casi se me sale el corazón por la boca.

La chica, algunos años menor que yo, está observándome con detenimiento. Ella debe ser Maddison, al menos ese nombre es el que estaba escrito en el soporte metálico que ayer había sobre la recepción.

—¿Quién eres tú? —pregunta alzando una ceja, la derecha, exactamente. Me quedo mirando su expresión, estoy a punto de presentarme cuando me suelta—: Te he hecho una pregunta —insiste mascando chicle.

Molesta por su forma de hablarme, frunzo el ceño.

—Sabrías quien soy si hubieses estado ayer en tu puesto de trabajo.

La chica me mira confundida, pero doy media vuelta y me marcho.

En cuanto estoy en la calle, me siento mal, nunca le hablo así a nadie, pero tengo los nervios a flor de piel.

Estiro un poco las piernas y empiezo a trotar mientras escucho música.

Sin saber dónde estoy, me adentro en un parque y, a medida que voy cruzándolo, me maravillo con la cantidad de olmos y arces que hay.

Cierro los ojos y disfruto tanto del frío como del olor a naturaleza que se cuela por mis fosas nasales. Qué maravilla para mis sentidos.

Sobre las nueve regreso al edificio con el cuerpo molido y palpitante por la falta de costumbre, pero con más energía que nunca.

Antes de montarme en el ascensor, le echo una miradita a Madison que, cuando me ve entrar, hace una pompa con el chicle que tiene en la boca y la estalla sin dejar de mirarme y, como no quiero ser tan maleducada, la saludo con un leve movimiento de cabeza.

—Buenos días —dice Jess bostezando, me mira con un ojo todavía medio cerrado y se acerca a la cafetera—. ¿Vienes de correr? Estás como una cabra, amiga, hace un frío de muerte.

—Correr me ha dado energía. Además, me he despertado temprano y no me he podido volver a dormir, así que he decidido hacer ejercicio.

Me siento en uno de los taburetes nuevos y apoyo los brazos en la encimera. Suelto una carcajada cuando la veo rascarse una nalga de manera brusca haciendo que el pantalón de su pijama baile con el movimiento.

—¿De qué te ríes? —Con la taza en las manos, sopla por encima y se moja los labios.

—De tus pintas. —Sonrío y me levanto—. Voy a darme una ducha, vamos a salir.

Mi amiga abre los ojos como platos, deja la taza a un lado, se tapa con su bata y me mira con interés.

—¿Dónde vamos, lagartona? —Mueve las cejas de arriba abajo.

—Quiero ver el puente de Brooklyn.

—Pensé que te habías mudado solo para trabajar.

—Es uno de los motivos, pero he pensado que no será el único. —Al percatarme de que va a seguir hablando empiezo a caminar hacia mi habitación—. Voy a la ducha. ¡Desayuna de una vez!

Tras coger la ropa interior, un vestido de lana de cuello alto que llega hasta la mitad de los muslos y se ajusta a mi cuerpo, unas medias negras y unas botas de tacón, me meto en el cuarto de baño y entro en la ducha.

Sin poder evitarlo, sonrío al enjabonarme cuando miro el tatuaje entre mis pechos.

A algunas personas les parecerá malsonante o feo; a mí, me encanta.

Sin darme cuenta, presiono uno de los mil botones de la columna de hidromasaje que instalaron ayer.

Intento detener los chorros, pero uno me da en el muslo derecho y otro en el pecho.

Me quedo helada cuando la imagen del hombre del aeropuerto aparece en mi mente, acariciando mi cuerpo a su antojo.

Un escalofrío me recorre de arriba abajo y, por primera vez en mucho tiempo —incluso estando con Marcos—, deseo a un hombre con todas mis fuerzas.

De repente, necesito que la puerta del cuarto de baño se abra y que aparezca él.

Necesito que se desvista, entre conmigo en la ducha y me haga suya hasta que nuestros cuerpos no puedan más.

Me acuerdo de lo que hicimos en el aeropuerto y noto cómo mis pezones endurecen, cómo todo mi cuerpo empieza a temblar.

Al recordar cada lugar que me tocó aquella mañana, siento la ausencia de sus caricias.

Cierro los ojos y veo los suyos. Me estudian, me recorren con lascivia y deseo.

Sin previo aviso, se acerca a mí, sube sus manos con lentitud desde mis tobillos hasta las rodillas, luego por los muslos y se detiene sobre mi monte de Venus.

Creo que va a besarlo, pero entonces sigue su camino a la vez que empieza a levantarse despacio, sin dejar de mirarme.

Sus pupilas están cada vez más dilatadas, desvelando la pasión y el desenfreno que siente.

El estómago se me encoge con fuerza cuando su dedo índice presiona mis pezones, los pellizca, los estira y se los lleva a la boca.

Estoy tan excitada que mi cuerpo casi se desploma hacia atrás, por lo que tengo que apoyarme en la pared de la ducha.

Sus dientes se clavan en mis clavículas y en mi labio inferior.

Estoy muerta de deseo, mi sexo palpita y se contrae con fuerza, necesitado de tenerlo dentro.

Mierda, creo que jamás he estado tan mojada.

Cierro los ojos, dejando que mis manos recreen todo lo que deseo que hicieran las suyas, como si fueran su boca abriéndose paso, lamiendo mi clítoris con deseo.

Imagino que son sus dedos, y no los míos, los que me penetran con urgencia y tengo que ahogar varios gritos de placer al reparar que Jessica está deambulando por la casa. Unos segundos después, el cuerpo se me contrae, mi sexo me aprieta los dedos y un orgasmo brutal me estalla por todo el cuerpo.

En cuanto abro los ojos, él desaparece por completo, dejándome sola en la ducha, con la mano entre mis piernas, el corazón a mil por hora y la mente nublada. Pero ¿qué coño ha pasado? ¿Acabo de tocarme pensando en ese hombre?

Aturdida, termino de ducharme. Después, me visto en mi habitación, me maquillo y recojo la ropa sucia antes de salir al salón, donde veo que la puerta del cuarto de baño está cerrada e intuyo que Jessica se ha metido en cuanto he salido yo.

Mientras la espero, busco la dirección del puente, veo algunas imágenes y me acuerdo de mi cámara de fotos.

Entro de nuevo en mi cuarto y cojo el estuche de flores donde la guardo.

Cuando regreso al salón, escucho sonar mi teléfono y una sonrisa se me forma en los labios al pensar en mi familia, pero todo se desvanece cuando el nombre de Marcos aparece en la pantalla y barajo si cogerlo o no.

Por una parte, no quiero escucharlo, siempre que discutíamos me regalaba los oídos hasta que conseguía tenerme en sus manos de nuevo.

Era odioso. Quiero rechazar la llamada, pero...

—Dime.

Lo sé, soy tonta del culo.

—Cariño, qué ganas tenía de escuchar tu voz.

—Marcos, no soy tu cariño, deja el cuento para otra que no te conozca.

Pongo los ojos en blanco, no debería haber cogido la llamada.

—Me encanta cuanto te pones terca, estás tan guapa...

Empezamos.

—Mira, Marcos, me pillas saliendo de casa y no puedo hablar contigo ahora mismo. Así que tengo que col...

—¿Salir? ¿A dónde vas? ¿Con quién? No irás sola, ¿verdad? Bueno espero que tampoco vayas con nadie más que no sea Jessica. Como me entere que has conocido a alguien, me planto allí en el primer vuelo.

La sangre me hierve al escucharlo. Ojalá estuviera a mi lado para darle un buen puñetazo en los dientes. ¿Cómo puede siquiera pensar que puede mandar sobre mí? Abriendo los orificios de mi nariz, preparo mi garganta.

—Escúchame, ni se te ocurra volver a hablarme así ni a preguntarme nada acerca de mi vida. Te he cogido la llamada por cortesía, pero me estoy dando cuenta de que ya ni eso mereces. Y como te atrevas a presentarte aquí para buscarme, no vas a tener ciudad suficiente para correr. Pedazo de idiota.

Con la respiración acelerada por la furia, cuelgo.

—¿Qué han sido esos gritos? —Miro a Jess con fuego en los ojos, cabreada y molesta—. ¿Era Marcos?

Asiento en silencio; como hable, soy capaz de pagarla con ella. Mi amiga, que me conoce bien, va a su habitación y coge sus cosas para que nos vayamos. Sin cruzar ninguna palabra, pues necesito mi tiempo, bajamos al vestíbulo.

Maddison, que está haciendo otra vez pompas con un chicle, nos mira moviendo la cabeza a modo de saludo y pulsa un botón que abre la puerta.

La analizo y, al notar que se queda blanca cuando ve mi cara, empiezo a tranquilizarme, pues no quiero cabrearme con todo el mundo.

Antes de salir, la saludo como ella ha hecho momentos antes.

Ahora que empiezo a dejar el enfado a un lado, reparo en los movimientos nerviosos de mi amiga y en los gestos de su cara.

Está inquieta y no sé por qué. Me mira de reojo mientras avanzamos por el callejón; de hecho, lo hace varias veces.

Acelero un poco los pasos para estar a su altura y preguntarle qué le pasa, pero entonces veo estacionado un BMW Serie 7 negro con las lunas tintadas.

No me resulta del todo entraño hasta que Jess empieza a estrujarse los dedos y la puerta del conductor se abre.

Ay, mi madre.