Capítulo 28
«No puede ser verdad», pienso mientras nos vamos acercando y el rostro de Daniel se vuelve cada vez más real.
Los dedos de los pies se me encogen. Sin saber por qué, por un momento ansío que la otra puerta se abra y aparezca el tipo del aeropuerto; pero, por otro lado, me aterra que justo sea eso lo que ocurra.
—Estáis preciosas.
Daniel se acerca a nosotras, pero sus atenciones son solo para mi amiga. La mira embobado. Nos hemos quedados sin hablar ni hacer nada frente al coche y me siento incómoda porque sé que estorbo. ¿Debería fingir que estoy mala para que se queden a solas? Vuelvo a mirarlos y lo tengo decidido.
—Oye... —Ambos me miran, rompiendo el hilo mágico que unía sus miradas—. ¿Por qué no vas con él, Jess? Ya iremos juntas otro día a ver el puente.
Jessica se acerca a mí y me coge del brazo.
—¿Qué dices? ¡¿Estás loca?! —exclama en español.
Muestro una sonrisa nerviosa a Daniel, que nos mira sin entendernos, lo que llama mi atención. ¿No sabe hablar nuestro idioma? Jugando con eso a nuestro favor, hablo alto y claro.
—No, no estoy loca. Os gustáis, disfruta de esta salida con él, ya iremos nosotras otro día. —Viendo que no está conforme con lo que digo, le acaricio la mejilla—. Hazme caso, quizás acabes teniendo un sexo casi tan bueno como el que tuve yo en el aeropuerto.
Jessica sonríe. Esa es mi chica.
—Bueno, siendo sincera... —Le da un repaso al de los ojos azules y luego vuelve a mirarme—. Un buen meneíto tiene.
Ambas soltamos una carcajada que hace que él nos mire. En dos pasos se acerca y susurra:
—Está muy feo eso de hablar en vuestro idioma delante de alguien que no lo entiende.
Nosotras nos miramos cómplices y mi amiga, poniéndole una mano en el hombro, le guiña un ojo.
—Vamos, churri, ya te contaré qué hemos hablado. Ahora vámonos a ver esta ciudad.
Cuando Jess empieza a caminar, Daniel no se mueve, pero me señala.
—¿Churri? —Me mira sorprendido y entonces algo se le cruza por la mente y se le cambia el gesto—. ¿Tú no venías también? —Alterna los ojos entre Jess y yo, esperando una respuesta.
—Bueno... Eh... Yo es que tengo otros planes.
—Pero ven con nosotros. Lo pasaremos bien y os enseñaré varios lugares.
—No, de verdad, Dan. En otra ocasión.
Estoy a punto de volverme para caminar hacia la zona de las tiendas pensando que, con suerte, encontraré a Carl en su puesto —al fin y al cabo es la única persona que conozco aquí aparte de Jess, Dan, Jayden y, bueno, el insufrible e insoportable hombre del aeropuerto—, cuando Daniel me coge por el codo.
—Vamos, no te vayas.
Ante su extraño comportamiento, deja de parecerme tan mono y empieza a incomodarme.
Me aparto de un movimiento brusco y lo miro con firmeza, apretando el bolso de la cámara de fotos entre las manos; si tengo que utilizarlo para defenderme, lo haré.
Él parece darse cuenta de algo porque me observa con los ojos bien abiertos.
—Lo siento, no penséis mal de mí. No quiero haceros nada.
Lo miro como se puede mirar a un posible secuestrador y, con el bolso en la mano, preparado para defenderme, echo la cadera a un lado.
—¿Y por qué insistes tanto? ¿No he dicho ya que no quiero ir?
Daniel resopla, visiblemente angustiado por lo que está sucediendo.
Está dispuesto a dar un paso hacia nosotras y yo lo estoy para defendernos si vuelve a tocarnos.
Estoy acalorada, enfurecida, pero no se me pasa desapercibido el gesto en sus ojos.
Nos pide disculpas y parece sincero. De verdad que lo parece. Pero ¿entonces por qué actúa tan raro?
Lo estoy observando mientras analizo su expresión, cuando veo, a lo lejos, que la otra puerta del coche se abre y aparece él.
En toda su altura, con unas gafas de sol que le quedan de muerte y el pelo peinado de forma salvaje.
Aunque sus ojos están cubiertos por el cristal oscuro, sé que me está mirando igual que yo a él.
Nos observamos sin disimulo alguno hasta que siento que me abraso y decido apartar la mirada. Entonces escucho su voz:
—¿Qué pasa?
—Nada, Jessica será la única que nos acompañe.
Levanto la mirada como si pudiera escuchar que me llama en silencio, que reclama mi atención. Se quita las gafas de sol y nuestros ojos conectan de nuevo.
—¿Y eso a qué se debe? —pregunta dirigiéndose a mí. Mierda, no sé qué decir. De repente, quiero ir con ellos; en cuanto lo he visto, mi cuerpo ansía tenerlo cerca—. Vaya, entonces tendrás que perderte la visita al Empire State.
Rabiosa por cómo ha jugado sus cartas, miro a los demás, que están a la espera de que diga algo. El tipo del aeropuerto no me quita los ojos de encima y siento su interés sobre mí. Resoplo.
—Está bien, iré con vosotros.
Molesta, paso por delante de Jess, que me mira con mofa, y me acerco al vehículo. Me detengo y suspiro, pero no me siento frustrada, al contrario, estoy deseosa de esto.
—¿Dónde me siento?
—¿Sobre mí? —apunta él cerca de mí y en español. Supongo que para que su amigo no nos entienda. ¿Cuándo se ha colocado detrás? Me giro para mirarlo y noto mi cara arder.
—¿Qué... qué? —balbuceo sin apenas conocerme. ¿Desde cuándo me quedo sin palabras ante un hombre?
—He dicho que por aquí. —Se lame el labio inferior en un movimiento rápido y sensual que me deja hipnotizada.
Esta vez habla en su idioma. Está de pie, delante de la puerta y con el brazo extendido hacia el interior del coche. Observo de reojo cómo Daniel se monta en la parte del conductor y Jess a su lado. Mierda, mierda y mierda. No me muevo, no al comprender lo que hacen.
—Venga, vamos.
Al oírlo, ahogo un grito, o un jadeo, todavía no sé qué ha sido exactamente. Por su sonrisa de medio lado, sé lo que quiere, lo que desea. Y, para ser sincera, yo también lo deseo.
Con el corazón a mil, por sus palabras y cercanía, paso entre él y la puerta del vehículo, sintiendo un leve roce entre su pecho y mi hombro izquierdo.
Me muevo hasta quedar sentada detrás de Daniel y, de reojo, veo cómo él se sienta detrás de Jess.
Cuando tengo intención de ponerme el cinturón de seguridad, el hombre que está a mi lado me detiene cogiéndome por la cintura y arrastrándome a su lado.
Pendiente de que mi amiga siga hablando y de que el conductor no mire por el espejo retrovisor, me abrocha el cinturón, ajustándolo con las manos en la parte del pecho, y me mira al finalizar.
—Pasémoslo bien, honey .
Su aliento choca con mi mejilla; está cerca, muy cerca, y mi cuerpo palpita de deseo por él. Parpadeo, trago saliva y aprieto las piernas. Toda la cordura que creía tener se va al garete cuando lo veo observarlas y sonreír hambriento.