Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Con ganas de pasarlo muy bien, me acerco a la barra en forma de U, que está repleta de camareros atendiendo a todo el mundo.

Es normal, el local está a rebosar. Es una auténtica locura.

Al principio, como tenemos la euforia de vida nueva, local nuevo, ambiente nuevo y todo ese tema que pasa cuando cambias totalmente tu vida, no nos importa que pasen tres leches de nosotras.

Pero claro, tenemos nuestro límite, y sé que la cosa se va a desmadrar cuando a mi amiga se le empieza a hinchar la vena del cuello.

No sé cómo cabe tanta mala leche en un cuerpo tan menudo.

Siempre he oído eso de «salvado por la campana», pero nunca lo había vivido en primera persona hasta que Jess ha apoyado medio cuerpo en la barra, ha agarrado a un camarero de la camisa tirando de él para cantarle las cuarentas, y una voz ronca se ha abierto paso entre las dos, disipando a la bestia de mi amiga y, claro, salvando al chico.

—¿Qué desean, preciosidades? —pregunta quien sea el tipo elegante, alto, fuerte y guapo que tenemos delante.

Le doy un repaso. Por cómo va vestido tiene toda la pinta de ser alguien importante en el local y, además, rico. Pantalón de traje, camisa negra, chaleco, pelo negro engominado y un reloj tan grande que si lo llevara yo, el hombro ya se me habría dislocado.

Aunque nos ha hecho una pregunta, sus iris azules se centran en Jessica y, bueno...

eso solo significa una cosa. Pongo los ojos en blanco, divertida, al ver la mirada de coqueteo de la enamoradiza de mi amiga.

Me permito observar un poco más al hombre que tenemos delante y me molesta descubrir que no me llama tanto la atención como el desconocido del aeropuerto.

Como ninguna le responde, yo por estar sumida en mis tediosos pensamientos y mi amiga porque parece hechizada, el tipo se acerca un poco más a nosotras y dice por encima de la música:

—Disculpad la mala atención de esta noche, estamos desbordados. No os preocupéis que yo mismo os atiendo y hablaré con mis empleados. —Ya decía yo que tenía pinta de mandar—. Ahora os traigo las bebidas que estabais pidiendo, invita la casa.

Cuando sabe lo que queremos beber, se da la vuelta para entrar en la barra, Jess se gira hacia mí y pega su frente a la mía.

—¡Está buenísimo! —grita por lo bajo.

Bueno, sí, es bastante guapo, pero no tanto como...

—Sí, es guapo —asiento y vuelvo a pensar en el tipo del aeropuerto.

—¿Guapo? Ese hombre está de toma pan y moja.

Me río con complicidad. Después, se gira dándome la espalda, así que me pongo a mirar a mi alrededor para despejar un poco la mente.

La gente no se cansa, saltan y bailan sin parar, bebiendo y charlando entre ellos.

Sigo contemplándolo todo, intentando dejarme llevar, consiguiendo que mi cuerpo se suelte y empiece a moverse al ritmo de la música.

Solo soy capaz de bailar este ritmo con soltura cuando he bebido un poco de más. O bastante.

Mis caderas se mueven con ganas de unirse a la gran fiesta que hay montada, pero se congelan cuando sigo girando hasta quedar frente a la entrada del local. De repente, la música desaparece, solo estamos la persona que está allí y yo. Sin saber por qué, mi corazón se vuelve loco.

Descompuesta, busco a mi amiga, la cual no deja de mirar al hombre que nos ha atendido hace unos minutos.

Está embobada, apoyada en la barra y meneando el culo al ritmo de la música.

Le toco el hombro, tratando de llamar su atención, pero nada.

Está en una nube. Insisto, pero recibo un movimiento de manos para que la deje tranquila.

Maldigo volviendo a mirar hacia la puerta, pero ya no está.

Me muevo con disimulo y lo encuentro en la barra con la rubia del aeropuerto.

No he sido consciente de las ganas que tenía de volver a verlo —pensaba que sería imposible— hasta que lo he tenido a escasos metros.

¿Cuáles son las posibilidades de que esto ocurra?

Agitada por lo que está pasando, tengo intención de darle la espalda para contárselo a Jess, pero me doy de bruces con el dueño del local.

—Aquí tenéis. Espero que disfrutéis de la noche. —Nos entrega los chupitos de tequila y un par de copas y, aunque intenta hablar para las dos, solo mira a Jessica—. Mi nombre es Daniel, pero podéis llamarme Dan —dice guiñándole un ojo.

—Gracias, Dan —comento, intentando disimular lo que siento.

Jessica sigue sonriendo como una pánfila, así que le doy un empujoncito con mis caderas haciéndola volver a la Tierra.

—Yo soy Jessica, pero puedes llamarme Jess. Y también cuando quieras.

Le doy un trago bien largo a la copa al oírla, tratando de hacerme la loca y no soltar una carcajada de las mías. Daniel se acerca con seguridad a ella y le susurra algo en el oído que la hace sonreír. ¡Por favor!

—Qué tonto eres, Dan.

Mi amiga suelta una risa floja. Él, que se ha debido percatar por fin de que yo también estoy aquí, me mira un momento y decide separarse de mi amiga un poco antes de que termine dándole un mordisco, o varios.

—¿De dónde sois, chicas?

—De Madrid —contesta Jess.

Daniel se acaricia el labio inferior con el pulgar y nos mira curioso.

—¿Viaje de amigas? Me encantan ese tipo de viajes.

Directo al grano.

Alzo las cejas. Por un momento vuelvo a buscar con la mirada a la persona que he visto antes y lo encuentro bebiendo un líquido color ámbar de un vaso ancho.

Puedo ver sus labios atrapar el vidrio de una manera exquisita.

Su garganta se mueve al tragar, me parece una delicia.

Por desgracia, la rubia rompe toda la magia y mis estupendas vistas cuando se acerca a besarlo.

Aunque, en realidad, todo se va a la mierda cuando el tipo del aeropuerto fija sus ojos negros sobre mí unos instantes para luego elevarlos unos centímetros por encima de mi cabeza.

Me giro de forma brusca, avergonzada porque me haya pillado mirándolo de nuevo. Con el corazón a mil, me percato de que Daniel está mirando detrás de mí y tengo un mal presentimiento.

—Ahora que lo pienso, qué mal educada eres —dice Jess señalándome con la barbilla—. Lo siento, Dan, esta es...

No dejo que termine y la arrastro hasta el centro de la pista, importándome un bledo todo.

No pienso permitir que le diga mi nombre, no después de que el tal Daniel haya estado mirando al tío del aeropuerto durante tantos segundos descubriéndome que deben conocerse. No quiero que ese hombre sepa nada mí.

—¿Qué te pasa? —Mi amiga gruñe y me siento mal por haberle cortado el rollo.

—Está aquí. —No me entiende, lo veo en su cara arrugada, así que me acerco un poco más. Por nuestra posición, yo estoy de espaldas a él y Jess lo tiene justo enfrente, así que me muevo un poco para mirarlo de reojo—. El del aeropuerto está aquí.

Le cambia la cara, se le abren los ojos y la boca se le curva en una sonrisa picarona mientras busca por el local. De repente, la veo subir la mano y saludar con efusividad.

No puede ser verdad.

—No quieras desaparecer —me dice, haciendo señas en esa dirección—. Ese hombre te ha descubierto y no te quita ojo.

Curiosa, me vuelvo y lo veo. Está con Daniel ahora.

Recorro en la distancia su cara afeitada, seria y cincelada a la perfección.

Deseo volver a besar sus labios... son tan suaves y, a la vez, tan fieros.

Bajo la mirada por su cuerpo, deteniéndome en su ancho cuello y sus brazos musculosos; recordar cómo me ha tocado con esas manos tan varoniles me hace apretar las piernas.

Aunque quiera, no puedo apartar la vista.

La seguridad y sensualidad que irradia me atrapan, como si estuviera bajo el influjo de un poderoso hechizo.

Sin poder remediarlo, mis ojos descienden a su entrepierna, y una necesidad voraz se enciende en mí.

Con cuidado, subo de nuevo mis ojos, recorriendo su cuerpo de nuevo, oculto en un conjunto de pantalón claro y camisa oscura.

Por último, me detengo en sus labios otra vez, los cuales están estirados en una fina línea.

La seriedad que desprenden me atrae como un imán.

Entonces, se curvan haciendo que lo mire a los ojos y me dé cuenta de que me ha pillado.

Parpadeo, definitivamente me he vuelto loca de remate.

Para intentar tranquilizar mis nervios, me llevo la mano al cuello, pues en muy pocos días he cogido la costumbre de tocar el collar para relajarme; por desgracia, ya no lo tengo.

Me siento una tonta por babear por ese tipo, quien es el único culpable de que haya perdido el regalo de mi tía.

Si no hubiera sucumbido a sus elegantes y atrayentes encantos, nada habría pasado.

Aunque quizá lo perdí antes de ir al aseo del aeropuerto...

Dejando a mi amiga con la palabra en la boca, me encamino furiosa hacia los servicios, que descubro detrás de la cortina roja que antes me había llamado la atención.

Una vez dentro, me miro al espejo aguantando las ganas de llorar que tengo por la rabia que estoy conteniendo.

Al ver entrar a un par de chicas, me meto en uno de los cubículos y cierro con llave.

Necesito estar sola unos segundos, pero no es buena idea.

El recuerdo del collar me martillea el subconsciente y el de mi tía me parte el alma.

Varias lágrimas mojan mis mejillas terminando en mis labios, mezclándose con mi saliva.

Estoy tan sumida en mis penas que tardo en darme cuenta del silencio que se ha creado fuera.

Ya no escucho a las mujeres reír y hablar, lo que me extraña tanto que decido salir para ver qué ha ocurrido.

Con la suerte que tengo, tal vez han evacuado el local y me han dejado aquí.

Enfadada conmigo misma, abro de malos modos y salgo, encontrándome con la última persona que deseo ver.

O, al menos, intento convencerme de ello.

El muy condenado, con su poderoso andar, se acerca a mí y me coge la cara. ¿Cómo puede ser tan guapo?

— Honey , ¿estás bien?

Su pelo, sus ojos, su tacto, su... ¡Argg! ¡Basta, Ava!

Aparto la cara con fuerza, sus manos caen, y entonces lo fulmino con la mirada.

¿Quién se cree que es para tocarme sin mi permiso?

Me acerco al lavabo y me miro de nuevo en el espejo, tengo los ojos rojos por el llanto.

Voy a echarme un poco de agua cuando lo veo posicionarse detrás de mí.

Su imagen es lo más hermoso y oscuro que he visto jamás, me transmite mil cosas diferentes y me revoluciona en décimas de segundos.

Sus anchos hombros sobresalen de los míos, su cabeza está por encima de la mía y sus manos reposan sobre mis brazos.

Sus mirada se desliza por mi cuerpo, deteniéndose con descaro en mis pechos, después en mis labios y, por último, en mis ojos.

Los míos están puestos en los suyos, justo en su cicatriz.

No puedo moverme, estoy paralizada ante su presencia y cercanía, y no deseo más que besarlo.

Pero estas ganas desaparecen cuando sus pupilas se posan en mi cuello desnudo y percibo algo en su expresión.

—¿Te falta algo? —pregunta, helándome el cuerpo.

—¿Qué?

Su semblante cambia tan de repente que me hace sospechar que lo tiene él.

Me quito de su lado, molesta por lo que se me pasa por la cabeza.

Parece no importarle mi malestar, ya que se acerca de nuevo a mí.

Su rostro es serio, pero en sus ojos veo el mismo deseo que en el aeropuerto.

El mismo deseo que debe ver él en los míos.

Tras unos eternos segundos en silencio, voy a responderle cuando vuelve a hablarme, esta vez en español.

—Sé que me has entendido, honey .

Su sonrisa irónica y su acento de guiri me derriten. Es imposible estar enfadada con alguien que te está seduciendo con solo respirar. Es una tortura. Estoy entre darle una bofetada de las mías o comérmelo a besos.

—Deja de llamarme así y devuélveme mi collar, sé que lo tienes tú.

Mmm, su rostro se arruga un poco y me aclara los pensamientos.

—Acepta una cita conmigo. —Levanta una mano, señalando mi cuello, y se sienta en el borde del lavabo.

Que cambie de tema, me cabrea. Que intente tener una cita conmigo, me cabrea. Él me cabrea.

—Escúchame bien, pedazo de imbécil —lo amenazo en español, pues la rabia que tengo en todo lo alto no me permite expresarme todo lo bien que quiero en otro idioma.

Me mira atónito aunque me parece también ver algo de diversión en su rostro—.

Podrás traer a todas de calle con tu chulería, pero a mí no.

O me devuelves mi collar, ya encontrarás mi dirección como todos los ricos lo hacéis cuando queréis algo, o te denuncio por acoso y robo.

Mi respiración me agita el pecho de forma brutal, el corazón me palpita a mil por hora. Pero todo se incrementa cuando va a hablar y a tocarme. No puedo ni quiero dejar que lo haga, cuando me toca siento algo muy extraño, algo que no debería sentir con un simple desconocido.

Cuando me toca, siento paz.

Le doy una bofetada en toda la cara, me doy media vuelta y salgo de allí, dejándolo solo y, seguramente, confuso y furioso —yo lo estaría al recibir semejante bofetón—, pero no me importa.

Entre la gente, busco a Jess que, por casualidad, está con Daniel.

Cuando llego hasta ellos, este me mira extrañado y, tras fruncir el ceño, empieza a caminar en la misma dirección de la que yo he venido.

Cuando me giro un poco, lo veo hablar con el imbécil pretencioso del aeropuerto.

Al percatarme cómo ambos hombres se fijan en mí, agarro a Jessica para arrastrarla a la calle.

—¿Qué ocurre? —pregunta atónita.

No la miro, no la escucho, solo la llevo rápidamente hasta nuestro apartamento. Allí me derrumbo, le cuento lo que ha pasado y me dejo abrazar y consolar por ella, sin dejar de pensar en el maldito culpable de que yo esté así.