Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Nos pasamos varias horas visitando locales y haciendo fotos con los teléfonos para luego enviárselas a nuestros familiares.

Nos hemos sentado en una cafetería para tomar algo y hemos aprovechado la parada para hablar con los nuestros.

Les contamos que tal nos está yendo, pero no alargamos mucho la llamada por la diferencia horaria.

Aun así, quedamos en llamarnos al día siguiente.

Por último, hemos hablado con Hugo y con Lucas. A pesar de que solo tuve tiempo de presentarles una tarde, este se ha ido acomodando a la perfección al grupo, incluso forma parte de «Los canallas». También ha congeniado mucho con Hugo, con el que comparte la afición por el deporte.

Cuando llega el momento de despedirnos, no puedo contener las lágrimas. Me apena decirles adiós, saber que no los volveré a ver en persona hasta que alguno de nosotros pueda coger un vuelo, me mata.

Un rato después, Jess se levanta para pagar y me anima a divertirnos.

Es nuestra primera noche en la Gran Manzana y tenemos que aprovecharla.

En cuanto mi amiga divisa un restaurante mexicano, solo tiene que mirarme para saber lo que quiere.

Al entrar en el establecimiento, cierro la boca.

El restaurante es un paraíso mexicano, nada que ver con el que tiene montado Pepito al final de la calle donde yo vivía en Madrid.

Los tonos llamativos en la decoración, los dibujos en las paredes y los manteles atraen nuestra atención.

Hay fotografías antiguas por todas partes, sillas y mesas de colores...

Cualquier lugar al que mires te transporta a su cultura.

Incluso dos chicas que hay detrás de la barra tienen la cara maquillada y están vestidas de Catrina. ¡Una pasada!

Un camarero nos guía hasta una mesa para dos desde donde puedo ver de frente la barra y la cocina. A la derecha, hay un grupo de mariachis cantándole a una familia, en concreto a uno de los dos niños que están con ellos, y le llevan una tarta con bengalas.

—¿Qué desean tomar? —nos pregunta un camarero al que no he visto acercarse.

Leo la carta que nos entrega cuando nos apunta las bebidas y me centro en los postres, que me encantan.

Tras varias ojeadas, me decanto por unas quesadillas con verduras y un taco.

No quiero llenarme mucho porque siempre que como demasiado y luego bebo alcohol, me sienta mal.

Jessica decide lo suyo y también pedimos unos nachos con varias salsas para compartir.

Unos minutos después, cuando nos sirven la cena, se me hace la boca agua. El olor me llena los pulmones y el sabor se me queda en las papilas gustativas de una manera maravillosa.

—Este burrito está buenísimo, si Hugo los probase, no volvería a comer los de Pepito.

Sonrío al escuchar a Jess e imagino la cara de Hugo cenando aquí. Estoy convencida de que le encantaría.

—Esta quesadilla también lo está. Aunque sabes que soy más de pasta.

Es verdad. La comida mexicana la probé por Hugo, me gustó, sí, pero prefiero un buen plato de macarrones a la boloñesa.

***

Después de disfrutar de una maravillosa cena llena de color y sabor, acompañada de dos postres de dulce de leche para chuparse los dedos, decidimos pedir la cuenta y volver a salir a la calle. Tenemos que exprimir al máximo las minivacaciones que nos quedan.

—Ava, no me digas que no es una pasada.

Miro hacia donde me señala mi amiga mientras me agita el cuerpo al agarrar mi brazo y zarandearlo.

Qué brutita es. Tengo que elevar mucho los ojos para conseguir divisar un poco el final del edificio que me señala.

Es negro por completo, más aún de noche, y está repleto de ventanas que tienen, cada una, una bombilla de color que las ilumina.

Una ventana tiene luz rosa, otra verde, otra azul...

Como no me he cogido la cámara de fotos, intento hacer una buena instantánea con el móvil.

Un edificio así de imponente y llamativo no se ve todos los días.

—Esta irá a mi página de Facebook —digo orgullosa.

—Seguro que todo el mundo querrá que lo fotografíes.

En cuanto vean algunos de tus trabajos, se rendirán a tus pies.

—Le dedico una mirada cómplice y seguimos nuestro paseo.

Jessica siempre me está animando, eso me ayuda mucho a no decaer cuando las cosas se ponen duras—.

Te digo una cosa... —Jess se detiene entre la gente y me agarra los brazos, como si fuera a contarme algo muy importante, lo que me empieza a inquietar—.

Tenemos que visitar el toro ese que hay en Wall Street.

He leído que si lo tocas antes de emprender un negocio, te da suerte.

Con una sonrisa, sin dejar que le responda, vuelve a cogerme de la mano y tira de mí para continuar.

Segundos después, estoy riendo con ella.

Como era de esperar, aunque pensaba que la vería algunos días más tarde, acabamos frente al edificio donde está la gigante bola tan famosa de Times Square.

Me muero por ver cómo baja en Año Nuevo.

Siempre que lo he visto en las noticias me quedo con ganas de estar presente y, bueno, espero poder presenciarlo este año.

Llegamos a una zona con locales, tiendas exóticas y mucha gente de un lado para otro, bastante animada.

Me detengo delante de una tienda de ropa de cowboy para mujeres, sensual y atrevida, que llama mucho mi atención.

La lencería oscura de encaje que muestran los maniquíes, combinada con las botas de piel que llevan puestas, me parece una de las cosas más raras, pero a la vez más sexis, que he visto en mucho tiempo.

—¡Oye! —Escucho que dice mi amiga y me giro hacia ella con tranquilidad. Está mirando hacia un club que hay algunos metros más adelante—. Entremos ahí y tomémonos algo.

La fachada es de color madera, imitando duelas con efecto quemado, y un cartel gigante de neón, como si fueran llamas, donde se lee Pure Fire, lo cual me deja claro el diseño del local por fuera.

—Puro fuego somos nosotras —bromea Jess mirándome atrevida.

Ni a reírme me da tiempo porque la loca de mi amiga ya ha tirado de mí y me ha arrastrado hasta la entrada.

Allí están dos hombres grandes y altos, con cara de no tener ganas de dejar vivir a nadie.

Van vestidos de negro, tienen un dispositivo en el cinturón y un cable hasta la oreja.

Nos miran de arriba abajo durante unos eternos segundos, estudiándonos, casi escaneándonos y calibrando si podemos pasar o no.

—Pasad. —Se echa uno de ellos a un lado y nos abre la puerta.

Bajamos unas pequeñas escaleras de madera que nos conducen hacia una entradita con guardarropa, donde dejamos nuestros abrigos y bolsos. Los móviles nos los guardamos en el pantalón.

Al entrar, la música que me llega a los oídos no me gusta. Si no me equivoco, es música house . Con la cara arrugada, sigo a mi amiga hasta una puerta de cristal que se abre bajo un sensor cuando nos acercamos. La música retumba a mi alrededor.

—No soy muy fanática de esta música, Jess.

Intento acercarme para repetírselo, pero, por cómo mi amiga se mueve y sonríe, no creo que le importe en absoluto si me gusta o no.

Llegamos hasta la barra con bastante dificultad, ya que el local está abarrotado de gente, sobre todo en el centro, donde dan saltos y bailan como locos.

No tardo en fijarme en un cartel plastificado y pegado sobre la madera —me da que es cara por el tacto— que indica que es la semana house .

Entre la gente, intento ver los detalles del local y me quedo fascinada al descubrir que todo el techo es de espejos y, además, en el suelo aparecen, en algunos momentos, como llamas avivadas.

Las paredes están forradas en duelas de madera en tonos muy claros, que tienen grabado a fuego el nombre del local.

Al fondo, hay un escenario donde está la mesa del DJ, pegada a un par de altavoces enormes, y justo encima, un balcón interior desde el que se pueden ver algunas mesas.

Dirijo mis ojos por toda la barandilla, de madera también, hasta que los detengo sobre una escalera por la que se debe subir para ir a la zona vip del local.

Al inicio de los escalones han colocado una cuerda roja y gruesa que va de lado a lado y un tipo de brazos cruzados que está observando todo lo que ocurre abajo.

También veo en la parte izquierda una cortina ancha por la que entra y sale la gente, una repentina curiosidad por saber qué es se asoma en mí. Pero tendré que esperar a descubrirlo porque Jess acapara toda mi atención colocando su cara delante de la mía.

—¿Qué quieres beber?

—¿Tequila? —Mi amiga sonríe, levanta los brazos y da un saltito para darse la vuelta.

¡Que empiece la fiesta!