Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Con tranquilidad, paseamos por la avenida hasta que llegamos a una calle donde vemos una enorme tienda con un gran cartel blanco y letras de color marrón claro.

El diseño de las letras imita la textura de la madera.

Sin tiempo que perder, puesto que quiero tener el piso listo cuanto antes, entramos y empezamos a mirar todo el mobiliario expuesto.

Hay infinidad de estilos, tantos que es imposible decidirse.

Estamos tan ilusionadas, caminando de un lado a otro en busca de los muebles perfectos, que ninguna de las dos se percata de que ya son casi las cuatro de la tarde.

Por suerte, nos explican que pueden llevarnos todo hoy mismo —pues no son tantas cosas— a la dirección que le indiquemos y que incluso podrían dejarlo todo montado.

Me dispongo a abonar todo cuando Jess se ofrece a pagar la mitad, pero no la dejo.

Discutimos como dos niñas pequeñas hasta que logro hacerla entrar en razón y, ante la cara de incredulidad de la dependienta y de algunos clientes, paso la tarjeta por el dispositivo y realizo el pago.

Cinco minutos después, salimos del comercio y entramos en otro, donde compramos mil accesorios para decorar el apartamento.

Al final, tengo que acceder a que mi amiga pague esa compra.

Cuando observo con detenimiento todas las bolsas que tenemos que llevar, me giro hacia la dependienta y le pido que nos lo lleven a casa a partir de mañana.

Salimos de la tienda y nos mezclamos con la gente.

Son todos tan diferentes que me abrumo. Vemos personas con ropa muy colorida, otras vestidas de negro, algunas muy maquilladas o con el pelo de mil colores o incluso rapado, algunos punkis con prendas rotas, bolsos y tacones caros, maletines, trajes de chaqueta... Es todo muy impresionante.

Me recreo en las vistas de camino a casa. Los edificios me encantan, los coches que veo también, hasta las flores que decoran las calles llaman mi atención. Me obligo a tranquilizarme, pues estoy demasiado afectada.

***

Al entrar en el apartamento, el olor a desinfectante —acompañado de la ausencia visual de suciedad— nos invade y me entran ganas de llorar de la emoción.

Está tan limpio que parece otro lugar distinto por completo. Respiro hondo, satisfecha con lo que veo. Saco de nuevo mi teléfono del bolso y realizo el segundo pago a la empresa de limpieza porque cuando he requerido sus servicios me han pedido la mitad del total y el resto al terminar el trabajo.

—Está perfecto. Es una pena que se vaya a ensuciar cuando los de la empresa de muebles lleguen —comenta Jess mirando alrededor. De pronto, suena el timbre—. Aquí están —dice emocionada dando un saltito.

La puerta se abre lo suficiente y cinco hombres —entre ellos, un guapo pelirrojo de más o menos nuestra edad— se colocan en el centro del salón.

El más alto, de pelo canoso, que se presenta como el encargado, nos explica cómo se organizarán para tardar lo menos posible y que todo quede en unas condiciones inmejorables.

Mientras él habla, asiento, mirando de reojo al pelirrojo.

Cruzamos miradas y aparto la mía cuando sus labios se curvan en una bonita sonrisa.

Tengo las hormonas descontroladas, joder.

Me vuelvo a centrar en la conversación y, una vez que todo queda aclarado, comienzan a subir herramientas y muebles. Mientras ellos trabajan, nosotras decidimos hacerle una visita a Marga, así les damos espacio.

La anciana, en cuanto nos ve, nos planta dos besos en las mejillas y nos deja pasar a su casa, la cual es muy acogedora y la decoración antigua pero muy bonita.

Charlamos con ella y debo reconocer que es una mujer encantadora a la que todo el mundo debe querer muchísimo.

Me apena que esté sola en casa, necesita compañía y yo estoy dispuesta a dársela encantada.

—Quiero que sepas que me he encargado personalmente de que el piso de tu tía tenga al día todas las revisiones pertinentes de agua y luz para poder vivir en él.

—Muchas gracias, estamos deseando darnos una ducha —decimos casi a la vez.

En una de las ocasiones en que Marga se levanta, curioseo algunas fotos que tiene sobre una mesa auxiliar.

En una, hay una joven dándole un beso en la mejilla a mi tía mientras ella sonríe; en otra, se ve a varias mujeres —una de ellas embarazada— que se pasan los brazos por los hombros, mostrando todas una mueca de felicidad.

Me detengo en la chica embarazada que me resulta un tanto familiar, tiene algo en los ojos que llama mi atención y su sonrisa... juraría haber visto una parecida en algún sitio. Estoy tan centrada en la fotografía que, cuando Marga me pone una mano en el brazo, me asusto.

—Qué buenos recuerdos me trae esa foto —comenta sonriendo y, al momento, se entristece—. Es una pena que todo se torciera años después.

Oír eso me afecta, aunque no entiendo a qué se refiere.

Empatizo mucho con las personas y sentir la pena en la voz de Marga me encoge el corazón.

Me giro hacia ella, le cojo las manos y se las aprieto con cariño, con la intención de preguntarle qué ha querido decir, pero me coge la barbilla y me la acaricia, dedicándome una sonrisa antes de volver a sentarse y dejarme con las palabras en la punta de la lengua.

Sin más, tomo asiento también y merendamos.

Enseguida, nos adentramos en una profunda conversación en la que nos reímos mucho, pues nos cuenta algunas cosas de cuando mi tía era joven y también me habla de Teodoro.

Una hora y media después, Jess y yo nos despedimos de nuestra vecina, cogemos nuestro equipaje y volvemos a casa. Queremos salir temprano para poder pasear un poco antes de ir cenar.

Cuando abro la puerta, todo está por el medio. Hay herramientas por todas partes, los hombres van de un lado a otro cargando cosas y han colocado el sofá a un lado después de cubrirlo con un plástico. Mis ojos recorren la estancia hasta que, sin ser consciente, se detienen en el pelirrojo.

Lo observo con atención. Tiene las manos grandes y el cabello corto, lo suficiente para peinarlo un poco.

Su piel blanca contrasta de maravilla con el tono de su pelo.

Lo recorro con la mirada —es digno de hacerlo— y, justo entonces, se gira y me mira.

Me deleito en el verde de sus ojos, tan intensos como dos piedras preciosas, y en las pecas que salpican su nariz y parte de las mejillas.

De repente, mi corazón bombea con rapidez.

Incluso podría decir que es casi tan guapo como el hombre del aeropuerto, aunque no tienen nada que ver el uno con el otro.

Mientras este parece un angelito caído del cielo, el otro parece un tentador, atrayente y sexy demonio.

El chico vuelve a sonreírme y lo sigo con la mirada hasta que desaparece por el pasillo.

Parpadeo, consciente de mi atrevimiento, y me giro hacia Jess por si se ha dado cuenta, pero está en su mundo.

Me dirijo a mi habitación con una de mis maletas para abrirla allí, pero el encargado del equipo me detiene en el pasillo.

—Perdone, este cuarto de baño está terminado. En cuatro horas podrán usar la nueva ducha.

Miro al hombre canoso que tengo delante antes de hablar. Es serio, demasiado para mi gusto, pero también parece profesional y educado, y eso para mí es algo muy importante en una persona.

—Guau, eso son muchas horas —comento, pensando en las ganas que tenía de darme una buena ducha—. Pero no lo usaremos hasta entonces.

Dicho esto, entro en la habitación, que por suerte está vacía, y abro mi maleta.

Saco un pantalón ajustado vaquero, un jersey de cuello alto negro y, de otra maleta, unas botas de media caña y tacón de color morado.

Mientras me cambio de ropa, pienso en todas las personas que he dejado en Madrid y en cuánto los voy a echar de menos.

Aunque hable con ellos a diario, acabaré necesitando su cercanía.

A veces pienso que querer a las personas es demasiado doloroso y que mantener las distancias sería lo mejor para no sufrir cuando no estén.

Pero, si nunca tenemos una relación lo bastante estrecha con alguien como para que nos duela su ausencia, ¿qué nos queda?

Por mucho dolor que me haya causado Marcos, no me arrepiento de haberlo querido.

No lamento cada muestra de afecto que le ofrecí, porque fueron sinceras, con el corazón.

Ni siquiera odio del todo a mi madre biológica, porque, gracias a su ausencia, soy la persona fuerte que todos conocen.

He aprendido a crecer sin ella, sin su calor, apoyo, consejos ni ayuda.

Siempre he pensado que el amor está sobrevalorado.

Crecí escuchando eso de «Como una madre quiere a un hijo, no lo hace nadie», y entonces yo pensaba: «¿Y por qué la mía no me quiere a mí?

¿No merezco su amor?». En aquel entonces no lo entendía, ahora sí.

Tengo a Sonia desde que soy una niña y sé que mi madre sí me ama.

Lo único que me faltaba era saber a quién debía atribuirle el nombre de mamá .

Saboreo mis lágrimas y gruño de frustración, odio que el tema de mi madre me afecte.

Quiero pensar que lo he superado, que no la necesito, pero, siendo sincera, creo que eso nunca se curará.

La incertidumbre de por qué no fui suficiente para ella siempre estará clavada en lo más profundo de mi corazón.

Pero tengo que continuar, la vida sigue, el tiempo pasa y no espera a nadie.

Después, me recojo el pelo en una cola de caballo bien alta y me cambio los pendientes que llevo puestos por unas perlitas que quedan geniales con los tres piercings que tengo en la oreja derecha y que me hice hace más una década.

Unos años después, en la oreja izquierda, encima del pendiente, desde el lóbulo hasta la mitad del cartílago, me tatué la palabra storm .

Todos en el internado me llamaban tormenta por el color gris de mis ojos, y bueno... me lo tatué.

Antes de ponerme rímel, miro mi cuello donde falta el collar de mi tía y me regaño mentalmente. Después de las pestañas, me pinto los labios de un color natural y me miro en el espejo satisfecha con la imagen que me devuelve.

Cuando salgo del aseo y me dispongo a cruzar el salón, todos me miran. Un poco nerviosa por tanta atención, sigo mi camino implorando no torcerme el tobillo delante de todo el mundo. Cuando creo que voy a dejar de ser el centro de las miradas, oigo a mi mejor amiga.

—¡Menudo pibonazo! —exclama en inglés y viene hasta mí—. Estás muy guapa. Hacía mucho que no te veía tan arreglada.

Aunque me da un poco de vergüenza, sonrío al escuchar sus halagos.

—Gracias. También hace mucho que no salimos. —Me acerco a su oído y le susurro—: Estaría aún mejor si hubiera podido darme una ducha en condiciones.

—Cierto —asiente con la cabeza y sonríe—. Pues ahora es mi turno —comenta desapareciendo por el pasillo en dirección al aseo.

—Tu amiga tiene razón. Estás guapísima.

Me giro despacio hasta el lugar del que proviene la voz masculina y me sorprendo al descubrir que es el empleado pelirrojo.

Madre mía, me arden las mejillas. Desde cerca es mucho más guapo.

Intento hablar, pero decido no hacerlo porque podría tartamudear como el mismísimo cerdito de los Looney Tunes.

Mi única reacción es una sonrisa de labios cerrados.

—Me llamo Jayden.

«Vamos, Ava, ni que fuera el primer hombre al que ves», me digo en silencio.

No puedo olvidar que me tiré a un desconocido hace unas horas, así que no debería ponerme nerviosa con este.

Pero no puedo evitarlo. Aunque no es tan guapo como el morenazo del aeropuerto, tiene algo que te atrapa y cautiva.

—Yo, Ava.

Con el carácter español que llevo en la sangre, decido mandar a la mierda la timidez.

Si ni siquiera sabía que la tenía, pues suelo ser muy echada para adelante.

Le doy dos besos, a lo que él asiente sonriente, escaneándome con detenimiento.

Percibo que va a decir algo, pero Jess lo interrumpe con uno de sus gritos.

—¡Avuchi!, ¡crisis existencial!

Miro hacia el pasillo, como si pudiera verla a través de las paredes, y luego vuelvo la vista hacia Jayden, que me está observando con un gesto divertido en la cara. Voy a excusarme, pero entonces otro grito de Jess nos interrumpe.

—¡Solucionada!

Jayden suelta una risa que me encanta. En un par de minutos descubro que es mayor que yo, que es hijo del dueño de la empresa y que el encargado serio es su tío, quien nos interrumpe llamando mi atención.

—Disculpe, señorita, la habitación del fondo está terminada.

—Oh, genial. Iré a verla ahora mismo. Muchas gracias.

El tío de Jayden se marcha y nosotros nos miramos unos segundos hasta que él dice algo que me pilla por sorpresa.

—Si quieres te acompaño, la cama parece muy cómoda. —Me quedo sin habla—. Quería decir que... Si quieres te la enseño. —Se rasca la nuca, algo incómodo por cómo están sonando sus palabras—. Mejor voy a ver si necesitan mi ayuda. Encantado de conocerte, Ava.

Sin más, se gira y se marcha a la habitación que será de Jessica.

Me hubiera gustado decirle algo, como «hasta la próxima», y no solo un estúpido silencio.

Antes de pensar qué voy a hacer a continuación, aparece de nuevo el encargado para informarme de que ya han terminado con la instalación y el montaje.

Muy contenta, le doy las gracias a todos y salen por la puerta.

El último en marcharse es el pelirrojo, que me dirige una mirada que no sé bien cómo definir, pero he sentido como un cosquilleo que me hace sonreír.

Solo puedo decir: ¿a quién no le gusta que le miren así?

Tras suspirar y ver cómo cierra la puerta, me dirijo a mi habitación en busca de mi amiga.

En el camino me suena el teléfono y veo que es un mensaje de Marcos reprochándome que me haya marchado de forma definitiva.

Lo ignoro, no pienso dedicarle ni un minuto más de mi tiempo mientras siga siendo tan imbécil.

—Ya estoy lista —avisa Jess.

Levanto la vista y sonrío. Está preciosa.

—Ese jersey azul queda genial con tus ojos.

Cuando estamos listas, salimos a la calle de nuevo. El cielo ya está oscuro, vemos los edificios altos e iluminados a nuestro alrededor y Times Square está abarrotada. Sonriente, miro a mi amiga.

—Comienza nuestra nueva vida.