Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Este tipo de cosas son parte del trabajo de Maddison, pero hoy tenía cosas que hacer y me ha pedido el día libre —explica con cara de circunstancias—. Pero podéis iros tranquilas, yo misma puedo encargarme de abrirles la puerta, así aprovecháis el día.

Sin pararnos a preguntar quién es la tal Maddison —para no entretenernos más—, salimos a la calle.

El viento suave me da en la cara mientras caminamos y me sorprendo de las vistas que antes no había percibido.

Fuera es todo diferente por completo, parece incluso imposible.

Es como oscuridad y luz. El callejón es siniestro y las vistas que tengo delante son innovadoras, llamativas, luminosas, preciosas.

La emoción recorre mi cuerpo y siento un cosquilleo en el estómago.

—¡Qué ilusióóóón! —exclamo nerviosa y encantada a la vez.

—Síííí, no me lo puedo creer, tía. Estamos aquí. Lo hemos hecho. Oh, joder, estamos locas.

Nos abrazamos emocionadas. La estrecho mucho contra mí, estoy muy contenta de que me esté acompañando en este viaje. Cuando nos soltamos y volvemos a mirar al frente, un aire helado choca con nosotras.

—¡Dios! Pero, qué frío.

Doy saltitos en mi sitio maldiciendo por no llevar medias y, de inmediato, recuerdo lo que ha pasado en el aeropuerto.

Queriendo evitar lo que mi cuerpo comienza a provocarme con el caluroso recuerdo, me centro en lo que más debería importarme en este instante: ponerme otra ropa si no quiero coger un buen resfriado.

Jessica se abraza así misma intentando no tiritar.

—Necesitamos comprar ropa, la que llevo puesta no me sirve —comento señalando una tienda que diviso a lo lejos.

Como unos cohetes, nos dirigimos hacia allí.

Nos paramos en la puerta antes de entrar y sonrío, por el cristal observo lo bien ordenada que está.

La pared exterior es rosa chillón y la puerta de color blanco.

Escucho una campanita, veo a mi amiga entrar sin esperarme y suelto un gruñido antes de acceder también al interior.

Casi me descongelo al notar la calefacción.

El olor a perfume caro se cuela por mis fosas nasales maravillándome aún más cuando miro a mi alrededor.

Hasta los empleados son dignos de admiración.

Sus uniformes, peinados, maquillajes, semblantes... Todo parece perfecto.

—Buenas tardes, señoritas. ¿Necesitan ayuda?

Miro a mi izquierda, cosa que también hace mi amiga, para mirar al dependiente que está a nuestro lado.

No es muy alto, pero sus ojos verdes y su piel demasiado lisa me llaman mucho la atención.

Tiene el pelo oscuro, rizado y engominado.

Muy guapo. Veo a mi amiga reír como una tonta y le doy un codazo en las costillas que la devuelve a la Tierra.

—No, gracias. Si necesitamos algo te lo haremos saber —explico por las dos y él me sonríe con amabilidad.

—Por supuesto, no lo dude, señorita. Mi nombre es Carl.

Asiento, sonrío y Carl se da la vuelta para atender a otra persona.

La tienda no es muy grande, pero tiene tanta ropa, accesorios y cosas colgando de todos los huecos posibles que no sabes a dónde ir.

Mientras Jess bichea en todos los rincones, yo inspecciono las perchas y estanterías hasta que una llama mi atención.

Sin mirar nada más, cojo unos pantalones pitillos de color negro y un jersey de cuello alto de color gris con margaritas bordadas.

Me cambio en el probador, mi cuerpo se estremece al sentir la ropa en mis piernas desnudas.

Por suerte, mis botas altas de poco tacón quedan genial con el conjunto, así que salgo satisfecha del probador.

Busco a Carl, a quien le explico que nos llevaremos la ropa puesta.

No me pone ningún problema, al parecer, es algo bastante habitual.

Mientras Jess se prueba cosas sin descanso, él me hace compañía el tiempo que nadie lo requiere.

Cuanto más hablo con él, más me agrada; es muy gracioso.

Me recuerda a Lucas, que también es muy divertido, y al que estoy deseando llamar para contarle cómo es todo esto. Tampoco me olvido de Hugo.

Un rato después, noto cómo Carl empieza a tirarme la caña y, aunque no es mi tipo, me siento halagada.

Sabe regalarle los oídos a una mujer. Me pasa su número y quedamos en tomar café algún día justo cuando mi amiga sale del probador.

Nos dirigimos al mostrador para pagar nuestra ropa, a la que le hemos añadido un par de unas bufandas.

Satisfechas con nuestras adquisiciones, estamos a punto de salir cuando Carl nos detiene.

—Ava, toma.

Lo miro unos segundos mientras tiene el brazo extendido, ofreciéndome una cajita. Voy a negarme, pero él parece notarlo y me la pone en las manos; después, me da un apretoncito en ellas y sonríe.

—Cuando los he visto, he pensado que combinan con el color de tus ojos. —Me hace un guiño y se marcha para atender a una clienta.

Ya en la puerta, miro la cajita de color azul y no puedo evitar sonreír.

Qué detallista. La abro con cuidado, bajo la atenta mirada de mi mejor amiga, y me enamoro de lo que contiene: un par de guantes de lana en la palma y de cuero en la parte superior, de color gris y con unos rayos bordados.

Me los pongo y los acaricio emocionada por el gesto que ha tenido conmigo un desconocido.

Guardo la caja en mi bolso, saco mi teléfono móvil y busco en el mapa la ubicación de la tienda de muebles.