Capítulo 21
El viaje desde el aeropuerto hasta el apartamento ha durado justo dos horas.
Nos hemos comido una caravana de coches que no se la deseo ni a mi peor enemigo, además de las palabrotas de la conductora a todo el que intentaba colarse.
El trayecto se me ha hecho bastante largo y, para colmo, no he dejado de pensar ni un segundo en el collar. Me siento fatal por haberlo perdido.
Cuando la taxista nos ha explicado que quedaba muy poco para llegar al edificio, Jess y yo nos hemos animado mucho y hemos olvidado el mal rato pasado en el vehículo.
La emoción se ha intensificado al visualizar los edificios altos, la gente, el tráfico, los colores...
Todo un sueño. No he tardado nada en encontrar buenos planos para hacer fotos.
Pero todo subidón tiene su bajón y el nuestro ha ocurrido cuando la conductora ha detenido el vehículo frente a un callejón de mala muerte y nos ha indicado que hemos llegado.
Si no es porque estoy sentada, me hubiera caído de espaldas.
He deseado con todas mis fuerzas que fuese una confusión, que de todos los lugares maravillosos en los que tener un apartamento en Times Square no fuera este el nuestro. Pero, para nuestro desagrado, sí lo es.
Sin decir una palabra, le pago a la mujer que nos observa girada en su sillón, me bajo a la misma vez que Jessica y abro el maletero para coger el equipaje.
Dejamos las maletas en la acera y, haciendo un leve derrape, el taxi desaparece entre el tráfico dejándonos a nuestra suerte en semejante lugar.
Observo el callejón con detenimiento. Cuanto más lo hago, peor me siento.
Es horrible. El suelo está sucio, hay varios contenedores llenos de basura, la fachada del edificio está en pésimas condiciones y, para colmo, la puerta de entrada está en la zona que menos luz tiene.
Esto más que una aventura, parece un chiste.
Me agobio, me agobio demasiado. Por un momento pienso que hemos cometido un error, que no deberíamos haber dejado nuestro hogar nunca y, sobre todo, no tendría que haber traído conmigo a Jess.
Quién, seguramente, esté acordándose de todos mis antepasados.
La conozco, sé que ella no es muy flexible a la hora de hacer cambios en su vida y odia la suciedad.
Por suerte estoy yo, que siempre intento mantenerme tranquila y buscar el lado bueno de las cosas.
Como, por ejemplo, que sea un callejón de película de terror no quiere decir que el apartamento sea igual. Decidida a terminar el día de buen humor, cojo mis maletas y miro a mi amiga con una sonrisa.
—Venga, vamos a ver nuestro piso. Seguro que es precioso.
Camino hasta la puerta de entrada, sin esperarla, cuando la escucho quejarse:
—Si es que se le puede llamar así. Viendo donde está ubicado, me imagino un piso hecho un asco y con un colchón en medio del salón.
Pongo los ojos en blanco y sigo mi camino, no quiero que me contagie su negatividad.
Con la mano que me queda libre, abro la puerta —que chirría de manera insoportable—, doy un paso adelante y al fondo del pequeño y oscuro vestíbulo me encuentro con una recepción vacía.
Avanzo sin mirar a mi amiga, prefiero no ver su gesto de te lo dije , y llego hasta un ascensor, justo al lado de unas escaleras.
—Oh, qué moderno, pero si tiene ascensor y todo. —Me mata su ironía.
Sigo ignorándola, pulso el botón y espero a que el ascensor se abra.
Cuando lo hace, sus puertas también chirrían, me da más miedo subir aquí que al avión del que acabo de bajarme.
En silencio, llegamos hasta la segunda planta.
Se me cae el alma a los pies cuando las puertas se abren dejando a la vista un corto y estrecho pasillo que da paso a un rellano con dos puertas.
No dejo que me afecte, al menos no demasiado. Cojo mis cosas y voy hacia la puerta número dos. Jessica se detiene a mi lado y, antes de abrir, miro a mi amiga. Ambas asentimos despacio, suspirando. Meto la llave en la cerradura, la giro y... a la mierda la positividad.
—¡Ay, mi madre! —exclama Jessica casi hiperventilando—. ¿Dónde nos ha mandado tu tía? Esto es... es horrible. Vamos a tener que regresar a España y yo voy a tener que volver a aguantar un porrón de horas de vuelo con la posibilidad de que nos estrellemos.
No sé qué decir, lo poco que se ve desde la puerta me deja en shock . Solo puedo mirar a mi amiga y escucharla, pero entonces deja de hablar, coge su maleta y entra. Cuando creo que todo el drama se ha acabado, grita:
—Pero ¿¡qué mierda es esta!?
Sin pensarlo, entro en el apartamento y ahogo un chillido.
No me creo lo que estoy viendo, está todo hecho un asco y para nada es un lugar habitable.
Frustrada, grito hasta que me desahogo un poco bajo la atónita mirada de Jess.
Ver todo en tan malas condiciones me enfurece, tendría que haber pensado mejor las cosas.
Miro a mi alrededor, a pesar de que no hay apenas luz.
Diviso algunos muebles viejos, mucho espacio vacío y dos ventanas, a las que me acerco para subir las persianas.
Como son las doce de la mañana, entra bastante luz natural y eso deja ver que el espacio parece más sucio, pero también más grande.
Y para qué engañarnos, es perfecto para las dos.
Hace más de cuarenta años que el piso está abandonado, pero, aun así, parece tener suministro eléctrico.
Me giro sobre los talones para observar bien toda la estancia: es un espacio abierto, con una puerta al fondo del salón que da a un aseo compuesto por un váter y un lavabo.
La cocina, ubicada junto está a la entrada, tiene una pequeña barra perfecta para desayunar, justo frente a la encimera.
En el amplio salón también hay una puerta de madera. La abro y descubro un estrecho pasillo compuesto por varias puertas. Conforme voy avanzando, abro una por una: un cuarto de baño a la derecha, una habitación a la izquierda y otra al final del pasillo.
Cuando empujo del todo la puerta del fondo, sonrío al imaginar lo bonita que tuvo que ser esta habitación y no puedo evitar preguntarme si sería la de mi tía.
Hay una cama de matrimonio pegada a la pared, una vieja cómoda de madera junto a una gran ventana a la derecha y un ropero antiguo al otro lado.
En mi mente la decoro en tonos violetas y blancos, y no puedo reprimir una sonrisa.
—Ya has elegido habitación, ¿verdad? —dice Jess aburrida mientras me estruja contra el marco de la puerta.
—Sí, quiero pensar que esta fue alguna vez la habitación de mi tía.
Mi amiga me da un beso en la mejilla, me alegro de verla más tranquila. Se marcha al salón, yo me quedo un rato más y después me reúno con ella.
—¿Qué haces? —pregunto al ver que está sentada sobre una maleta con el teléfono en las manos.
Me acerco hasta ella, me siento en otra a su lado y miro la pantalla—.
Oh, qué buena idea. —Veo que busca una empresa de limpieza y cojo mi móvil—.
A ver si encuentro alguna tienda de muebles por aquí cerca.
Indagamos un rato hasta que encontramos lo que queríamos.
Hago un par de llamadas y en una de ellas me aseguran que un equipo de limpieza estará aquí en menos de veinte minutos, por lo que mi amiga y yo cogemos nuestro equipaje para ir en busca de la tienda de muebles.
Ni loca dejamos todas nuestras pertenencias, lo que faltaba es que nos robaran.
Con todo listo para salir, abro la puerta y una mujer se interpone en nuestro camino. Es baja, regordita, lleva gafas de culo de botella y su pelo gris recogido en un moño. Nos escanea lentamente, se acerca un poco para examinarnos mejor y, luego, suelta una risotada.
—¡Bendito sea el Señor! Al fin estás aquí. Ya me dijo tu tía que no tardarías mucho en venir en cuanto ella falleciera. —Por unos instantes la tristeza asoma en sus ojos, pero enseguida se recompone—. ¡Bienvenidas! Y tú eres... —dice mirando a quien sale conmigo por la puerta.
—Es Jessica, mi mejor amiga. No podía dejarla en España sin mi compañía —comento guiñándole un ojo.
—Encantada —saluda Jess.
La mujer, muy simpática, nos coge los mofletes a ambas y nos los pellizca mientras enseña su blanca dentadura. Nos acaricia los brazos y después cruza los suyos.
—Qué alegría más grande tener gente joven en mi edificio. No sabéis las ganas que tenía de conoceros.
La miro con intención, en parte porque es la dueña del edificio y también porque me parece una persona muy simpática y enérgica. Por fin nos pasa algo bueno. Voy a decirle mi nombre cuando me coge las manos y me mira con ternura.
—Siento mucho lo que le ha ocurrido a tu tía. La quería tanto... Os querré a vosotras igual o más, mis niñas.
Miro a mi amiga, que ríe encantada y yo lo hago también. Al fin algo le gusta.
—Soy A... —intento de nuevo decirle a la señora cómo me llamo, pero me vuelve a interrumpir.
—Lo sé, eres Ava. ¡Ay, ay, ay! ¡Cómo tengo la cabeza! Mi nombre es Margarita. Pero llamadme Marga, parece más juvenil.
La señora ríe a mandíbula suelta contagiándonos su buena vibra. Enseguida nos acercamos para abrazarla y presentarnos de una vez por todas. Nos propone tomar algo, para así ponernos al día, pero le explicamos que tenemos que ir a comprar algunas cosas y quedamos en hacerlo otro día.
Nos cuenta por encima que vive sola y que es dueña de este edificio desde hace unos cincuenta y cinco años, donde tiene pisos disponibles para alquilar o comprar, y reitera que está muy contenta por nuestra llegada.
Entre risas, conseguimos salir del apartamento y llevar a Marga hasta su piso, donde dejaremos nuestras maletas mientras estamos fuera.
Antes de despedirnos, le comentamos que vamos a comprar unos cuantos muebles y que en unos minutos vendrán a limpiarnos nuestro nuevo hogar.