Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

Jessica tarda dos segundos en soltar una carcajada. A mí, desde luego, no me hace ni pizca de gracia el asunto. Tuerzo el gesto, molesta, para que sepa que tiene que callarse.

—Es obvio que ese hombre tiene novia —dice, luchando por no reírse—, solo tienes que verlo. Si un tío así, guapo y buenorro, no tiene novia, es una raya en el agua. Aunque tengo que reconocer que, por muy bueno que esté, a mí me viene con esa cara de estar oliendo mierda y no le doy ni la hora.

Cierro los ojos, conteniéndome para no soltar una risotada, pues como me ría, ya no paramos. Pero de verdad que me ha molestado, me he sentido humillada. He sido muy tonta al haber hecho tal cosa con ese desconocido. Necesito borrarlo de mi memoria ¡ya!

Sin embargo, continuo:

—No lo parecía cuando estábamos en el aeropuerto.

Jessica le da un mordisco a una pieza de fruta y me ofrece, pero, si soy sincera, se me ha cerrado hasta el estómago. Niego con la cabeza para rechazar la comida.

—Estará pasando por un mal momento y te ha cogido a ti. Eres un daño colateral.

Mierda, no lo había pensado así. Y eso me jode más. No quiero ser el daño colateral de nadie.

—Está mal, muy mal. No debería engañar a su pareja, la pobre seguro que no cabe ni por la puerta de los cuernos que tiene. Es muy simple: deja a tu pareja y después me echas semejante polvazo como el de antes.

Mi amiga vuelve a reír.

—Qué lagarta eres.

«Si supieras lo que esconde bajo la ropa... me entenderías». Por supuesto, no lo digo en voz alta. Jess suspira y la miro con las cejas levantadas.

—Lo que daría yo porque un hombre alto, fuerte y con el culito prieto me cogiera, me metiera en el baño y me hiciera suya.

No puedo contener una carcajada tras lo que acabo de escuchar. Sin embargo, la risa se me corta cuando, de reojo, veo que él me observa. De un rápido movimiento le vuelvo a dar la espalda. ¡Qué nerviosa me pone!

Una hora después, no quepo en el asiento. Necesito irme de aquí ya. Como solo puedo salir si me tiro por la puerta, decido cerrar los ojos, no sin antes obligar a Jess a que también lo haga, y consigo echar una cabezadita. Me conformo con veinte minutitos, el cuerpo me lo pide.

***

Cuando vuelvo a abrir los ojos, me encuentro de maravilla. Joder, tanto que hasta el brazo se me ha quedado dormido. Satisfecha por la siesta exprés, miro la hora y no me creo lo que veo. He dormido horas, ¡horas! Tantas, que estamos a punto de aterrizar.

Enseguida, veo que Jessica también duerme y me escandalizo. Imploro para que no haya roncado, de verdad que ronca altísimo.

—Jessica... Jess. —La zarandeo de forma suave, pero nada.

No quiero asustarla, pero cuando esta mujer duerme no hay quien la despierte. Por eso uso el último recurso que me queda, teniendo en cuenta que faltan menos de cinco minutos para aterrizar.

—¡Dios santo! —exclamo sin elevar la voz en exceso, no quiero montar un numerito—. Nos estrellamos.

Mi amiga abre los ojos tan rápido que temo que le haya dolido.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —grita exaltada.

—Cálmate. No nos estrellamos, es solo que no te despertabas.

Ella maldice varias veces y, colocándose bien el pelo, susurra:

—No voy a llegar viva a Nueva York y va a ser por tu culpa.

Río por lo bajo.

—¡Ya estamos en Nueva York!

—¿Qué?

Vuelvo a sonreír, pero la sonrisa se borra de mi rostro en cuanto me llevo una mano al cuello y lo noto vacío.

Como una loca busco en el asiento, el suelo, el cuarto de baño y no la encuentro.

Me entra el pánico. Vaya numerito monto en un momento, me mira todo el mundo, y cuando digo todo el mundo ¡él está incluido!

—Jess, dime que el collar está en mi cuello. Que no lo noto porque tengo la mano dormida.

Mi amiga arruga su cara y me creo morir.

—Cariño, que no cunda el pánico. No está ahí, pero quizá se haya caído en algún sitio.

No, no, no. No puede estar pasando. Colapsada, siento mis ojos arder. No está en ningún sitio, lo he buscado como la que busca un tesoro y no lo he visto. En cuanto puedo, salgo del avión seguida por mi amiga y me choco con varias personas.

Fuera, el viento me da en la cara y seca las lágrimas en mis mejillas. Continúo caminando entre la gente, hasta que alguien me agarra del codo. Cuando me giro, me encuentro con el tipo de antes. ¡Otra vez! Tira de mí un poco para acercarme hasta él, a este le importa una mierda su novia.

Lo miro confusa e incómoda porque me esté viendo llorar e intento zafarme, molesta por sentir una extraña tranquilidad ante su contacto.

Pero él, con su gesto serio, no me suelta.

A lo lejos, Jess nos mira sin entender nada, aunque se mantiene al margen.

Asustada por poder meterme en un lío, busco a la rubia, pero no la encuentro.

Con el terreno escaneado, vuelvo mis ojos grises hacia los suyos.

—¿Qué te sucede, honey ?

¡Ay, lo que me entra por el cuerpo cuando lo escucho! Pero no puedo dejar que me nuble el juicio un pretencioso como este. Así que, para que le quede claro que de mí no se ríe ni el más pintado, digo en un perfecto inglés:

—Vete a la mierda.