Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Me muerdo el labio de manera inconsciente, es un reflejo que tengo cuando algo me incomoda o inquieta.

Él levanta una ceja al ver mi movimiento.

Sus ojos ahora están sobre mis labios y, de pronto, quiero que me bese.

Entonces sonríe un poco y apoya la cabeza en el respaldo del sillón, con un gesto que me parece ridículamente masculino.

Un par de segundos más tarde intenta girar la cabeza de nuevo hacia mí, pero la rubia lo interrumpe y ya no vuelve a mirarme.

Excitada y acalorada le doy la espalda al hombre que, por cierto, viene acompañado de dos mujeres.

—Desafortunado —canturrea Jess al encontrar la primera palabra desde que cogió el libro.

Con un gesto, le pido que lo coloque entre las dos y, juntas, buscamos algunas palabras. Son tantas las páginas que hacemos que, al final, hasta yo acabo embotada.

—Estoy muy aburrida.

Me quejo como una niña pequeña, pero en mi defensa diré que soy demasiado nerviosa para estar sentada tantísimas horas.

—Y que lo digas. Voy a pedir algo de comer. ¡Me muero de hambre!

Con un gesto discreto, mi amiga llama a la simpática azafata y le pide comida como si estuviera en el mismísimo McDonald’s.

En cuanto la chica aparece con la bandeja, me quiero morir de la vergüenza.

Miro a mi alrededor, comprobando que no nos esté observando demasiada gente, y justo lo está haciendo la única persona capaz de ponerme aún más nerviosa.

—Joder. —Me levanto y miro a mi amiga—. Voy al baño.

Necesito refrescarme la cara, la tengo ardiendo. Cuando llego a la puerta del aseo, abro y me meto en lo que parece un ataúd vertical. Es tan pequeño que me agobia un poco. Me lavo la cara, la seco con papel y apoyo mis manos en el lavabo.

—¿Qué coño te pasa? —susurro mirándome en el espejo al notarme como un flan.

Cierro los ojos un instante antes de volverme hacia la puerta y abrirla. Salgo tan rápido que me choco con algo bastante duro.

—Hola, honey.

El corazón me aletea. No puedo responder, solo dejar que mis ojos paseen por su increíble cuerpo.

Me detengo en su cuello, ancho y masculino, ideal para ser besado.

Cuando llego a su cara, su sonrisa resulta una mezcla peligrosa de ternura y deseo, sus labios semicurvados, sus ojos, su cicatriz...

Ay, Dios mío. ¿Hay algo en este hombre que no me deje sin aliento?

Como me percato de que espera alguna palabra de mi parte, como siempre, digo lo primero que se me ocurre.

—No quiero creer que la próxima vez que nos encontremos sea en otro cuarto de baño.

Suelta una carcajada y quiero esconderme por la vergüenza.

Ni siquiera sé por qué pienso que volveremos a vernos.

Aunque lo desee, sé que no es posible. A saber dónde acabarán él y la rubia.

Estamos en silencio el suficiente tiempo para que a mí me parezcan horas; al parecer, ninguno sabe qué decir.

Quién lo diría, a la primera de cambio mantenemos sexo y ahora no sabemos de qué hablar.

Pero entonces, él se rasca la barbilla, me mira de arriba abajo y da un paso hacia mí.

Un paso tentador. Lo tengo a escasos milímetros, sus labios casi rozan los míos, su aliento choca con mi boca de una manera deliciosa y no puedo evitar soltar un leve jadeo.

Parece gustarle, lo veo en sus ojos, también escucho un leve ruido en su garganta. ¿Es normal que eso casi me provoque un orgasmo? Se acerca un poco más, está a punto de ocurrir, pero entonces...

—Amor, ¿por qué tardas tanto? —pregunta la rubia con voz melosa.

Él se separa de mí con rapidez en cuanto la escucha y deja de mirarme para fijar la vista en ella, que no tarda ni dos segundos en tirársele al cuello y comerle la boca. ¡Santo Dios! ¿Dónde ha dejado esta mujer los modales?

Incómoda, clavo la vista en cualquier sitio menos en ellos hasta que la rubia por fin se separa y ambos me observan.

Creo que él se da cuenta de mi incomodidad, incluso me arriesgaría a decir que también lo está.

Pero eso desaparece en cuanto vuelve a centrarse en ella, le acaricia la mejilla y le dice en inglés: «Esta mujer estaba encerrada en el baño y la he ayudado a abrir la puerta.

Creo que no está bien de la cabeza». En el acto, hace un gesto que entiendo perfectamente, ¿acaba de insinuar que me falta un tornillo?

Para mi suerte —o quizás no—, capto el mensaje sin dificultad.

¡Será cabronazo! De repente, necesito darle un guantazo en toda la cara.

Al ver que mi gesto cambia, resultado de haber entendido lo que ha dicho, une sus cejas en una expresión casi incrédula.

Avergonzada, miro por última vez a la pareja y, tras asentir a modo de despedida, añado:

—Tengo que irme.

Sin mirarlos, me largo a mi asiento. Me tiembla hasta el pelo.

—Qué mala cara, parece que has visto un fantasma —comenta Jess.

Resoplo de frustración y me coloco de lado como antes.

—Si hubiera visto uno, no me habría sorprendido tanto como lo que he presenciado.

—Jess me mira sin entender y yo prosigo—: El tío que te ha salvado la vida tiene novia.

Y, en realidad, no sé por qué me sorprendo.

Me he topado con él al salir del aseo y ha estado a punto de besarme segundos antes de que apareciera su...

ella. Después, se ha atrevido a insultarme en su idioma.