Capítulo 20
En cuanto su mirada se cruza con la mía, me giro de forma brusca para que no vea la sorpresa en mi rostro. Estoy muy nerviosa, no puedo dejar de retorcer mis dedos, pero tengo que controlarme. Ni siquiera debe importarme que ese hombre esté comiéndose la boca con un pibonazo de melena rubia.
Mientras mi mente me vuelve loca con preguntas y mil dudas, Jessica me da la espalda, muy concentrada en la mujer que está recogiendo los billetes de los pasajeros. De vez en cuando, se gira para regalarme una sonrisa tensa y vuelve a centrarse en lo que tiene delante.
Sé que está intranquila, mucho, de hecho.
—Jess, no estés nerviosa. Estamos juntas.
Intento relajarla con un apretoncito en el hombro, pero ella solo asiente sin mirarme.
Como la conozco muy bien, sé que necesita espacio y que no la agobie más de lo que ya lo está, por eso me coloco mis auriculares y dejo que Maroon 5 se cuele por mis oídos con una de sus increíbles canciones.
Adoro este grupo, además me vuelvo loca escuchando la melodiosa voz de Adam Levine, me transporta a otra galaxia.
Canturreando para mis adentros el estribillo de una de sus canciones, tengo la impresión de ser observada.
Me esfuerzo en ignorar la sensación, a pesar de que noto el calor en mi nuca y la incomodidad propia de cuando alguien clava sus ojos en ti, pero la curiosidad mató al gato.
Con disimulo, me giro mientras observo a la gente ir de un sitio a otro e intento dar con el foco de mi incomodidad.
Sigo girando hasta ver la tienda donde entré antes y no encuentro a nadie sospechoso.
Quizá sean cosas mías. Termino de girarme por completo, ahora le doy la espalda a Jessica y miro hacia el final de la cola.
A unos cinco metros me topo con el causante de esta sensación.
Un escalofrío me recorre el cuerpo al reconocer al hombre de antes, que presta la mínima atención a la rubia que le habla a su lado. Me coge tan de sorpresa lo que descubro que me vuelvo casi de un salto y termino chocando con mi amiga.
—Mierda, Jess, ¡¿qué haces tan cerca?! —exclamo mientras me toco la frente.
—Tíaaa, menudo trancazo me has dado —gruñe llevándose la mano a su frente también—. ¿Qué buscabas? —No me deja responder, algo ha hecho clic en su cabeza y abre los ojos como platos—. ¿A quién buscas, lagarta?
Quiero soltar una carcajada, pero la contengo.
—A nadie, ¿a quién voy a buscar aquí?
Dejo de mirarla y me vuelvo a poner el auricular que me quité al golpearnos.
Si sigue haciéndome preguntas, tendré que decirle lo que he descubierto, y si de algo carece mi mejor amiga es de disimulo.
Probablemente se enteraría medio aeropuerto de lo que hablamos.
Y, aunque intento ignorarla, ella no se da por vencida y me arranca el dispositivo de la oreja. Alzo una ceja y tuerzo los labios.
—A mí no me engañas. Dime dónde está el tiarrón del cuarto de baño, quiero ver cómo es.
Pongo los ojos en blanco, consciente de que he perdido una batalla, y me acerco más a ella para que nadie nos escuche.
—Está detrás de nosotras. Nos separan unas diez personas. —Jessica mira por encima de mi hombro—. Tiene una cicatriz en un ojo, va de negro y...
—Madre del amor hermoso... —susurra embobada—. Ese hombre está para mojar pan y debe pensar que tú también, porque no veas el repaso que te está dando el muy descarado.
Mi corazón se acelera de manera inexplicable.
—¿Todavía me está mirando?
—Ya lo creo que sí, y ni siquiera le importa que yo lo esté mirando a él. Estoy segura de que, si esa rubia no estuviera pegada a su brazo como una chupona, se acercaría. —Mi amiga me da un leve codazo en un brazo y me guiña el ojo—. Ese se ha quedado con ganas de más.
Por primera vez noto cómo mis mejillas arden. Pero ¿qué me pasa? Lo que me hace sentir ese hombre me confunde, nunca me ha pasado nada igual, ni siquiera con Marcos.
—Deja que la rubia lo manosee. Yo no tengo nada que ver con ese hombre, ha sido un sexo exquisito, pero no se repetirá.
Dicho eso, me coloco mis auriculares para dejarle claro a mi amiga que la conversación ha finalizado.
No sé por qué, pero un sentimiento de decepción se instala en mí, me hubiera encantado haberlo conocido en otras circunstancias y quizá disfrutar de momentos tan fogosos como el que hemos vivido hace un momento, pero tengo que ser consciente de la realidad y dejar de fantasear.
***
Un rato después puedo sentir los nervios que emanan del cuerpo de mi amiga, le tiemblan las manos cuando entrega los billetes y se tropieza al subir al avión. En el último escalón se vuelve hacia mí y hace un pucherito con los labios.
—Estoy muy nerviosa.
La miro y me giro lo suficiente para mirar de reojo a toda la gente que está detrás esperando para entrar. Después, me acerco a su cara para que nadie más nos escuche.
—Tranquilízate, sigue mi respiración. —Expiro e inspiro para que me imite y sonrío cuando la veo más tranquila—. Ahora vamos a subir, a sentarnos, cerraremos los ojos y cuando los abramos estaremos en Nueva York.
—Perdona, algunos tenemos prisa.
En cuanto escucho una voz detrás de mí, me vuelvo de forma brusca y fulmino al hombre que tengo enfrente.
—¿No ves que está nerviosa? No llevas esperando ni dos minutos, pero ¿qué te pasa? ¿No tienes empatía?
Conforme rujo eso, mi vista se clava varias personas más atrás donde el desconocido está mirándome. Ignorando el revuelo que noto en mi estómago, fulmino de nuevo al individuo que se ha quejado.
—¿Y si nos quedamos aquí? Me estoy arrepintiendo un poco de todo esto.
Ahora a quién le entra el pánico es a mí.
No quiero quedarme, ya me he hecho a la idea de mudarme y, sinceramente, tengo mucha ilusión.
Jessica mira detrás de mí y en su cara veo que se está agobiando, además, que la azafata salga a decirnos que estamos interrumpiendo y que el imbécil de antes vuelva a quejarse no ayuda.
Me pongo colérica y estoy a punto de tirarme sobre el hombre, cuando otra persona me agarra del codo y me mueve para ponerme frente a él.
—No merece la pena.
Esa voz. La piel se me eriza y subo despacio mis ojos por el imponente cuerpo que se ha puesto delante de mí. Ahogo un jadeo al mirarlo a los ojos.
—¿Qué quieres? —pregunto a la defensiva por lo que me hace sentir.
Me mira con detenimiento e intensidad, hasta que mueve sus ojos hacia Jessica.
—He venido a ayudar a tu amiga. Estoy capacitado para cualquier emergencia. —Este dato me sorprende, no sé por qué.
Después de esa breve explicación, sin mediar más palabras, me echa a un lado con suavidad, dejando que todos pasen y centrándose en mi amiga.
—Hola, no tengas miedo, soy médico. Quiero ayudarte, así que voy a darte una serie de pautas para que las sigas y podrás subir al avión en menos de tres minutos.
Lo miro ensimismada, su voz es tan varonil y segura que deseo estar en el lugar de mi amiga. Al instante, agarra las manos de Jess y empieza a masajearlas, dándole las indicaciones de respiración adecuadas y hablándole con tranquilidad y amabilidad.
Como él ha dicho, no tarda más de tres minutos en acabar y Jessica parece encontrarse bien. La miro.
—¿Estás mejor?
—Sí. —Sonríe—. Este hombre parece ser un portento en todo, chica.
«¿¡Qué acaba de decir!?».
Me giro deprisa y el desconocido torna su rostro serio en cuanto me ve la cara.
Me muero de vergüenza, no puede estar pasando esto.
Con los ojos como platos y sin aliento, cojo a Jess de la muñeca y la arrastro hasta nuestros asientos, importándome más bien poco no haberle agradecido al tipo su gesto al ayudarla.
Pero la cosa no se queda ahí, me quedo petrificada cuando el desconocido toma asiento no muy lejos de nosotras, clavándome su oscura mirada. Se le ve serio; sin embargo, en su mirada puedo ver una chispa de diversión.
Podría estar horas mirándolo y no me cansaría.
Indignada por las chorradas que pasan por mi cabeza, pongo los ojos en blanco y me vuelvo hacia mi amiga cuando la veo saludarlo.
—¿Qué se supone que haces? —susurro y ella sigue sonriendo—. Deja de comportarte como una niña, tienes casi treinta años ya.
Gira su cara hacia mí, odia que insinúe que está envejeciendo. Al momento, une sus cejas y se lleva una mano al pecho.
—He cumplido veintiocho años, ni arrugas tengo. Soy una cría todavía.
Entre risas, se estira la piel para alisarla y yo le señalo puntos de su cara para enfadarla.
Seguimos con nuestras tonterías hasta que empezamos a despegar y se pone blanca.
Con el paso de los minutos, ya un poco más tranquila, coge uno de mis libros de sopa de letras —lo que me sorprende, pues es la primera vez que la veo con uno en las manos— y empieza a buscar palabras.
Mientras se entretiene, apoyo la cabeza en el asiento, intentando poner en orden mi mente, que está hecha un caos.
Por una parte, Marcos no me deja en paz; no entiende que hemos roto y me está acribillando a llamadas y mensajes.
Por otra parte, está el tema de mi nueva vida, el traslado a otro país y la separación de mi familia.
También debería añadir el encontronazo con ese hombre en el aeropuerto.
Es la primera vez que me dejo llevar así, jamás me hubiera planteado vivir semejante escenita calenturienta con un tipo al que no había visto antes.
Cierro los ojos con fuerza, tratando de aliviar la presión en la cabeza, cuando me siento observada otra vez.
¿Será él de nuevo? Intento ignorar esa extraña sensación —quizá solo sean imaginaciones mías—, pero algo en mí me impulsa a buscar su origen, y lo encuentro mirándome.
Me excito. No sé por qué, pero que me mire así, con esa intensidad y esa expresión que parece gritar deseo, me hace palpitar.