Capítulo 19 #2
Su mano, grande y ágil, pasea por mi abdomen y lo agarra con firmeza para moverme un poco hacia arriba.
Quiero que vuelva a tomarme así, sus manos se han moldeado bien a mi cuerpo.
Pero cuando de verdad me excito, sintiendo una explosión de placer, es cuando sus dedos se cierran para agarrar uno de mis pezones y juguetear con él hasta dejarlo duro mientras clava sus ojos negros en los míos.
Me enloquecen sus labios entreabiertos por la respiración agitada, el ceño un poco fruncido por el calor del momento y su pelvis moviéndose contra mí. Observa mi jersey y luego me mira levantando las cejas. Al ver mi gesto de aprobación, no tarda en subirlo y se detiene a contemplar mis pechos.
Sin poder evitarlo se me encoge el estómago al ver que no hace ni dice nada. Me siento algo avergonzada por primera vez al estar en sujetador ante un hombre. ¿No le gustan mis tetas o qué? ¿Estará fijándose en mi tatuaje?
—Son preciosos —asegura, como si me leyera la mente.
Nos miramos un segundo hasta que frunce el ceño, confundido, y se pierde en ellos. Los muerde, los besa y los mueve todo el tiempo que se le antoja. Más tarde, lleva una mano al bajo de mi falda para meterla dentro y me mira al percatarse de que llevo medias.
—¿Qué? Hace frío, ¿vale? —Suelto una risita y él mueve sus labios en otra.
Sin mediar palabra y sin apartar la vista de mí, ejerce presión con los dedos y las rompe.
Abro la boca para quejarme, pero me lo impide con un beso salvaje.
Después se separa, abre más y más el agujero que ha hecho en la licra, hasta comprobar que su mano cabe, y la desliza hasta mi ropa interior.
Me encanta la cara que se le queda al tocar la fina tira de mi tanga.
Me mira a los ojos, luego a los labios y, sin besarlos, suspira de placer.
Juguetón, enreda su dedo en la tirilla y la suelta, consiguiendo que choque con mi piel y jadee. Parece gustarle.
Con tranquilidad, lleva la mano a mi boca, pasea su dedo pulgar por mis labios y me hace abrirlos.
Con sensualidad lo mete en mi boca, mirando la acción como si fuera lo más erótico que ha presenciado en su vida.
Saca el dedo y lo sustituye por el índice y el corazón, que chupo despacio, recreándome en ello.
Los cubro de saliva, excitada por imaginar dónde terminarán.
Luego los retira y, sin preámbulos, los desliza por la tela rota de mis medias, aparta el tanga y los hunde todo lo que puede entre mis pliegues húmedos.
El momento es intenso. Al principio los mueve con delicadeza y suavidad, pero enseguida cambia a unos movimientos más fuertes y rápidos, tocando las zonas más sensibles de mi humedad sin apartar los ojos de mi boca cuando gimo.
Por un momento pienso que voy a explotar de placer, pero entonces me sorprende con su dedo pulgar sobre mi clítoris.
Lo masajea de una forma tan majestuosa que estoy a punto de llegar a mi punto más álgido.
Necesitada de algo más grueso que sus dedos, arqueo la espalda y me clavo todo cuanto puedo en ellos, sorprendiendo al hombre que tengo delante.
Este muerde mi labio inferior con fuerza y me tienta, con sus gloriosos movimientos de dedos, a gritar.
Pero me doy cuenta de donde estoy y ahogo mi placentero jadeo en lo más profundo de mi garganta.
—Vamos, grita. Quiero que grites por mí —reclama en mis labios.
Lo pienso, sintiendo una necesidad incontrolable de decirle que sí a todo.
Sin saber por qué, mi cerebro decide hacerlo.
Asiento despacio y suelto un leve jadeo que llevaba tiempo conteniendo.
Él se tensa durante unos segundos mirándome confundido, pero hago caso omiso a su expresión y lo agarro de la nuca para atrapar sus labios.
Me dejo llevar, consumida por el deseo que siento desde que lo vi por primera vez.
Muevo mis caderas para que sepa cuánto disfruto lo que me está haciendo y, por supuesto, suelto un gritito en su oído para provocarlo.
Mi arranque desvela la pronta llegada del orgasmo y saca los dedos de mi interior con suavidad al darse cuenta.
Quiero quejarme, pero escucho a unas mujeres fuera hablar sobre sus vuelos y la hora que es.
Entonces me percato de que yo estoy esperando la salida del mío.
—Mierda —maldigo mientras me suelto de su agarre y me quedo de pie frente a él.
—¿Qué pasa?
Alzo la vista de mi ropa, ahora arreglada, hasta sus turbios ojos.
No sin antes detenerme en su abultada entrepierna y sentir un peligroso cosquilleo en mi vientre.
Su cuerpo vuelve a chocar con el mío, pegándome aún más a la puerta, y se agacha un poco para tocar mis mulos.
Subiendo poco a poco mi falda, al igual que mi temperatura.
Aunque no tengo tiempo, me muero por terminar lo que hemos empezado. Así que lo miro a él y al inodoro que está detrás.
—Solo tengo quince minutos, siéntate ahí y terminemos —ordeno, señalando a sus espaldas.
Se gira sobre sus talones, mira unos segundos hacia donde le digo y vuelve a mirarme con los labios apretados y las cejas arrugadas. Por su cara, apuesto a que ninguna mujer le ha pedido algo así nunca.
—No pienso hacer eso.
Bueno, quizá yo tampoco lo hubiera hecho si me lo hubieran pedido. Por eso no se lo repito. Aliso mi falda de nuevo, no puedo perder el tiempo. Aunque tengo que reconocer que me fastidia tener que irme así.
—Está bien, entonces me marcho.
Estoy a punto de abrir la puerta, cuando me agarra del brazo. Sonrío satisfecha antes de encararlo y volver a ponerme seria.
—¿Qué más da si me siento o te sostengo como antes? Si tienes quince minutos iré más rápido. —Acaricia mi mejilla con la misma mano que me ha tocado, después mis labios y por último se mete los dedos en la boca—. Sabes muy bien, honey .
Mi respiración se acelera y me quedo paralizada, como si me hubiera hechizado.
Se agacha un poco e introduce de nuevo sus dedos húmedos en mi interior.
Mis paredes se contraen en cuanto lo vuelvo a sentir y, como le encanta eso, gruñe y se muerde el labio.
Creo que es lo más lujurioso, y hermoso a la vez, que he visto en mi vida.
Caliente, se pega a mí, dejando su brazo entre nosotros y haciendo presión en mi interior, para decirme mil obscenidades que consiguen que pierda la razón.
Agarro su jersey con fuerza para sostenerme mientras noto cómo su mano libre masajea mis pechos.
Vuelvo a estar a punto de llegar a la cima, pero entonces caigo en la cuenta de que ha vuelto a seducirme.
—No, no, no —repito separándolo de mí. Me mira como si no creyese lo que acabo de hacer—. O te sientas ahí, o me largo y nos quedaremos con un calentón que ni con agua fría vamos a bajar.
Incrédulo por mi sinceridad, mira de soslayo el retrete y después a mí.
Espero unos segundos, jugueteando con mi labio, hasta que no puedo aguantar más y me acerco a él para desabrocharle los pantalones y bajárselos.
Su cara es de sorpresa absoluta y me tengo que aguantar una risita al verlo semidesnudo ante mí, con su erección apuntándome y los ojos abiertos como platos.
Puedo apostar, sin perder otra vez, a que ninguna otra mujer ha mandado así sobre él nunca.
Sé lo que le he pedido, pero en realidad es una burrada, así que lo pienso mejor.
No quiero contraer ninguna enfermedad mortal.
Para que no se desmaye por la petición, decido ceder.
Así que vuelvo los ojos, poniéndolos en blanco, y me acerco a él mientras me subo la falda hasta la cintura.
En cuanto tengo las piernas descubiertas, él se deshace de mis medias y mete las manos entre ellas. Después empieza a masturbarse.
Es una auténtica y loca tentación.
Sin perder tiempo, enredo los brazos en su cuello a la vez que abre un envoltorio plateado y cubre su miembro.
Al terminar, pasa un brazo por mis nalgas y ahogo un jadeo cuando rodeo su tronco con mis piernas.
La punta de su erección golpea ardiente mi entrada y, sin necesidad de retrasarnos más, me penetra.
—Joder. —Su voz ronca y cargada de placer se ancla en mí, haciéndome sentir cosas que no debería sentir con un desconocido. ¿Me estaré volviendo loca?
Nos mantenemos presionados hasta que empieza a moverse, estoy tan excitada que mis caderas se unen a sus vaivenes. Sé que lo vuelvo loco con cada balanceo de caderas porque gruñe, suelta palabras obscenas entre dientes y se muerde el labio; y yo me deleito con cada uno de sus gestos varoniles.
Me agarro a sus hombros con fuerza porque me creo gelatina al ver su cara de goce y confusión, algo que yo también siento.
Los movimientos lentos duran unos segundos, quizá un minuto, porque él se encarga de que así sea.
Sus fuertes y grandes manos se apoderan de mis caderas al entrar más duro en mí y me lleva al séptimo cielo.
Me mueve con tanta maestría y cuidado que no creo que pueda aguantar mucho más.
Me obligo a concentrarme en mi propio placer, no conozco de nada a este hombre y mi prioridad ahora mismo tengo que ser yo, pero me es imposible. Estoy tan nublada con lo que me transmite y me hace sentir, que solo quiero darle placer.
Mis pensamientos se ven interrumpidos cuando me pellizca la piel del costado y en su cara veo que quiere saber en qué pienso. Sin hablar, me acerco a su boca despacio, retándolo, y luego lo beso. Saboreo sus labios, dejo que devore mis gemidos y disfruto del mejor sexo que he tenido nunca.
—Eres una tentación. No puedo dejar de besarte —murmura sin apenas separarse.
Abro la boca para decir algo, pero entonces veo que frunce el ceño cuando me muevo sobre él y me confunde.
Me hace pensar que se ha arrepentido de lo que ha dicho y noto que se tensa.
Sus dedos se clavan en mis caderas con más fuerza que antes y estoy a punto de quejarme, pero vuelve a la normalidad y se centra en su placer.