Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Hecha una furia, me abro paso entre la gente y consigo entrar en los aseos públicos que, por suerte, están vacíos.

Cierro la puerta y me apoyo unos segundos en ella intentando tranquilizarme.

No sé qué me pasa, estoy atacada y tengo unas ganas irrefrenables de volver a la tienda solo para poder mirar de nuevo esos ojos negros.

Bueno... a él. Tengo que admitir que nunca he visto a un hombre tan impertinente y, a su vez, tan atractivo.

Es alto y con la piel clara, lo que acentúa su pelo y ojos negros.

Llevaba un abrigo, pero he podido apreciar a la perfección el ancho de sus hombros y de sus brazos, aunque me gustaría poder apreciarlo sin la ropa...

Estoy fatal, tanto que hasta fantaseo con un hombre que he visto menos de cinco minutos.

Pongo los ojos en blanco y me acerco a los lavabos, donde me quito el jersey y la camiseta que tengo debajo.

Dejo el primero sobre el mármol del lavabo y meto bajo el agua la parte de la camiseta manchada de café.

La restriego hasta que parece quitarse un poco.

Después cojo papel húmedo que hay en una cajita atornillada a la pared y restriego la mancha del jersey.

Aclaro que me quedo tan pancha en sujetador porque pensaba que era un cuarto de baño de mujeres. Pero, al parecer, no.

—Vaya...

Como si fuera a cámara lenta, me giro hacia la puerta y me encuentro con el idiota de antes qué, por cierto, me está mirando las tetas.

Rápidamente, cojo el jersey y me lo pongo.

No me puedo creer que haya entrado aquí a pesar de ser un baño de mujeres.

Sacando la cabeza por el cuello del jersey lo miro con furia y este levanta sus ojos hasta mí.

Temblando como un flan, me apoyo con las manos al lavabo y me miro en el espejo; al menos no estoy despeinada, aunque qué más da ya si me ha visto en sujetador.

—¿Qué haces aquí? ¿No sabes que esto es solo para mujeres?

—Solo venía a disculparme, antes he sido un...

—¿Engreído? ¿Idiota? ¿Maleducado? —Mejor me callo porque si no, no termino.

Él sigue cerca de la puerta, mirándome con detenimiento y sin inmutarse por lo que le digo.

—Puede que sea un poco de todo eso, pero aun así quiero disculparme por cómo te he hablado. Aunque sigo pensando que el choque ha sido por tu culpa, honey .

Uy, qué cosquilleo me acaba de entrar por el cuerpo al escuchar cómo me llama.

Sus labios se curvan en una exquisita sonrisa ladina y entonces soy consciente de la nube en la que me he montado.

Ni qué decir tiene que él sabe lo que provoca en las mujeres y sabe usar sus armas.

Aunque esta vez no ha fijado bien su objetivo, porque pienso cantarle las cuarentas.

Su sonrisa dura el tiempo que yo tardo en acercarme a él y quedar a tan solo unos centímetros, es decir, escasos segundos.

Cuando me tiene delante, su rostro vuelve a tornarse serio y la mandíbula se le tensa en un intento fallido de causarme impresión porque no pienso permitírselo.

Respiro con fuerza, le reto con la mirada y entra en mi juego.

Nos miramos con intensidad, frunzo el ceño y él me imita, no sé por qué eso me hace gracia, pero alejo todos mis pensamientos amistosos de esta situación ya que mi intención es dejarle muy clarito que conmigo se ha equivocado.

De hecho, estoy a punto de repetirle lo imbécil que es si no fuera porque acorta aún más nuestra distancia, quedando tan juntos que él tiene que bajar la cabeza y yo inclinarla para poder volver a mirarnos a los ojos.

Y cuando lo hacemos, toda la furia que sentía hace solo unos segundos desaparece y pasa a convertirse en deseo.

Tanto que podría cometer una locura aquí mismo. Se podría decir que o cometo la locura o estoy a punto de hacerlo. Estamos tan cerca que su perfume inunda mis fosas nasales y me desboca el corazón. Huele tan bien, es tan guapo y desprende tanta seguridad que me siento un poco aturdida.

Con detenimiento, observa cada parte de mi cara como si estuviera buscando alguna respuesta en mi rostro.

¿De qué pregunta? No lo sé. Aprovechando su postura, me detengo a admirar sus ojos.

Sus iris son tan negros y penetrantes que me transportan a una oscuridad donde solo nos veo a los dos.

Uno frente al otro, retándonos, devorándonos con la mirada.

Y por una milésima de segundo quiero estar ahí, para siempre.

«Pero ¿qué mierdas pienso? Lo acabo de conocer», me digo devolviéndome a la realidad. Rompo el contacto visual mirando por encima de su hombro y fijo mi mirada en la puerta de salida.

—No me llames así, no sabes con quién hablas —sentencio, aparentando firmeza, pero él sonríe y yo me descontrolo—. Y ahora márchate para que pueda seguir limpiando lo que has derramado en mi jersey.

Una sonrisa ladeada y otro acercamiento más por su parte.

—No voy a ir a ningún sitio, estos son unos baños mixtos. —¿¡Qué!? Retuerzo mis dedos, nerviosa—. Límpiatelo, no me voy a ir a ningún sitio, honey .

Me estremezco al escucharlo y ver cómo sus labios se mueven con sensualidad. Me fijo en ellos durante tanto tiempo que, cuando los mueve en una seductora sonrisa, me avergüenzo. Me ha pillado.

Juego con mi labio inferior observando aún los suyos y decido mirarlo de nuevo a los ojos, no voy a dejar que piense que me intimida. Entonces todo pasa tan rápido, que solo soy consciente de que se ha movido cuando noto cómo sus labios aprietan los míos.

Abro los ojos asustada por lo que este hombre, al que no conozco de nada, se ha atrevido a hacer.

Bueno, por eso y por cómo reacciona mi cuerpo.

Una corriente eléctrica recorre mi columna vertebral y me encoge el estómago.

No sé cómo gestionar lo que está pasando, tampoco por qué demonios estoy sintiendo este remolino en mi interior, lo único que sé es que no quiero detenerme.

Lo más probable es que me arrepienta, pero joder, estoy segura de que me lamentaré mucho más si le pido que se detenga.

Excitada, rodeo su cuello con mis brazos para sostenerme, me está dejando sin aliento y temo caerme si no me agarro. Casi pierdo la cordura cuando, con un gruñido y fuerza, pasa un brazo por debajo de mis nalgas y me levanta en el aire para que rodee su cintura con mis piernas.

Mmm, lo que noto cuando me enredo es pura tentación.

Sin dejar de besarme, da varios pasos y con la espalda abre la puerta de uno de los cubículos de los aseos, la cierra de un puntapié y me apoya en ella con urgencia.

El frío de la puerta cala por la lana de mi jersey y me despierta de este sueño que estoy teniendo despierta.

De repente, separo mis labios de los suyos, coloco una mano en su pecho para que se detenga, buscando en mi interior la poca fuerza de voluntad que me queda para poder rechazarlo mientras siento su erección.

—Lo siento, yo... Esto no debería haber pasado.

Me mira a los ojos, tiene la respiración acelerada y las pupilas muy dilatadas.

—¿Por qué? —pregunta tan tranquilo, antes de acercarse despacio a mi cuello.

Cierro los ojos al sentir sus cálidos labios sobre mi piel sensible y suelto un suspiro al notar cómo se me eriza.

—No... te conozco de nada —digo al fin, aturdida, por todo lo que mi cuerpo está experimentando con este desconocido. ¿De dónde ha salido?

No presta atención a lo que le digo, solo pasea su lengua por mi cuello y mi mandíbula hasta que juguetea con el lóbulo de mi oreja para después morderlo.

Tengo el corazón tan acelerado que temo por él. Su aliento choca con mi oreja y escucho:

—No pienses en eso, honey . —Me humedezco—. Solo en que voy a darte uno de los mejores orgasmos de tu vida.

No tengo ni puñetera idea de dónde me estoy metiendo, pero sí que tengo el presentimiento de que esto me va a acarrear consecuencias.

Aun así, mis dudas no me detienen a la hora de visualizar con hambre sus hombros, cuello y mandíbula, la cual se mueve arriba y abajo cada vez que besa o lame mi cuello.

Dios, voy a morir de placer.

Tengo la mirada fija en su cuello, tentada de hacer con él todo lo que se me antoja y, en un arrebato de lujuria, lo hago.

Lo muerdo con cuidado, él suelta un gruñido acompañado de un movimiento de caderas y ahogo un gemido cuando su erección choca conmigo.

Está muy excitado, demasiado, y eso solo puede significar dos cosas: la primera de mis teorías es que lleva tanto tiempo sin tener sexo que necesita un polvo y no le importa que sea con una desconocida en el baño de un aeropuerto.

Y la segunda es que ha sentido la misma extraña sensación que yo cuando en la tienda nos hemos mirado a los ojos por primera vez.

Una atracción casi hipnotizante que nos obliga a estar muy cerca el uno del otro.

Lo sé, suena a gilipollez, pero es lo que he sentido.

Estoy perdida en mi mar de dudas cuando apoya una mano en la pared, con la otra aprieta mis nalgas para estrecharnos más y sube sus labios por mi mandíbula hasta mi boca. La cual abro encantada, dejando que la explore cuanto desee.

Mira, he tomado una decisión: soy una mujer madura, fuerte y, sobre todo, libre, que puede tener sexo con quien le plazca y donde se le antoje, así que ¿por qué no con este increíble hombre y en este mismo momento?

Se toma su tiempo a la hora de saborear mis labios y mi lengua, la cual succiona una y otra vez como si nunca tuviera suficiente.

No puedo evitar rozarme contra él, sin importarme lo que pueda pensar.

Ahora mismo solo me importo yo y mi placer.

Eso parece gustarle porque gruñe en mi boca antes de meter una mano bajo mi jersey.

Nos separamos lo necesario para respirar y después volvemos a comernos con deseo.