Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

—Bueeeeno, a esperar se ha dicho —susurro mirando a mi alrededor.

—Sí, eso parece, pero yo no aguanto aquí sentada sin hacer nada —asegura levantándose y señalando detrás de ella—. Voy a la tienda esa, ¿quieres algo?

—Una sopa de letras.

Jessica me mira con horror y reprimo una risita.

—¿Una sopa de letras? —Asiento con la cabeza—. ¿A las nueve y media de la mañana y con resaca?

—Sí, ¿qué pasa?

No me contesta, solo levanta los brazos al cielo como si no me entendiera. Riendo, la veo entrar en el establecimiento y, varios minutos después sale cargada con una bolsa, dos cafés y varias revistas.

—¿Dónde vas con todo esto? —le pregunto divertida cuando la tengo cerca.

Ella deja la bolsa sobre un asiento que hay libre a su lado, coge un paquete de donuts, lo abre, y le da un mordisco a uno.

—Me he puesto nerviosa al pensar en el avión y en lo alto que estaremos —declara con la boca llena—. ¿Y si nos estrellamos?

—Pues de la impresión de la caída moriremos de un infarto.

No levanto la vista de la sopa de letras, pero no me hace falta, sé exactamente cuál es su cara.

—¡Ava! ¿Quieres matarme de un infarto? ¿No has tenido suficiente con empaparme esta mañana?

Río por lo que dice y refunfuña. Al cabo de unos minutos se levanta y no me dice dónde va.

Cuando regresa, me informa de que ha ido al hall de facturación.

No queda mucho para que nuestro vuelo salga, aunque va con retraso y ya me he aburrido de buscar palabras.

Y, por lo que veo, mi amiga también se ha cansado de leer sobre el amor de los famosos.

Así que decido ir a por un par de cafés más, pues hace frío y eso nos vendrá bien.

—Voy a la tienda, ¿quieres un capuchino? —pregunto dejando caer mi cabeza en su hombro. Está inquieta y sus piernas moviéndose me lo confirman—. No estés nerviosa, no es para tanto.

—Grrr, lo sé. Es que... me pone enferma esperar tanto. Nuestro vuelo sale en media hora, ¡media hora! —Me coge por los hombros y me zarandea.

—Relájate, cuando te quieras dar cuenta, estaremos ya allí. —Me levanto y cojo mi bolso—. ¿Quieres el capuchino o no?

Asiente y, antes de que me dé tiempo a dar dos pasos, me dice que va a hablar con alguien de seguridad para obtener información acerca de los vuelos.

La miro perpleja, pues ha dejado las maletas solas.

La observo unos instantes, viendo cómo mueve las manos expresándose y el hombre que tiene delante no sabe dónde meterse.

Pobrecillo. En uno de sus locos movimientos, me mira y le señalo las maletas, ella me hace un gesto de despreocupación y obliga al hombre a moverse un poco más cerca de mí.

—Yo las vigilo.

La miro por última vez antes de entrar en la tienda. Cuando lo hago, un hilo de aire helado recorre mi cuerpo y me eriza la piel. Miro hacia arriba, tengo un aire acondicionado sobre la cabeza. Hay que estar locos para encender esto en el mes en el que estamos.

Rumiando palabras muy feas, me dirijo a la máquina de cafés que hay al fondo.

En realidad el local no es muy grande, se compone de algunas cámaras con bebidas frías, chocolatinas, libros de bolsillo, revistas y algún que otro detalle para comprar como regalo.

Frente a la máquina inserto el dinero necesario para pedir la bebida.

Cuando termino, camino mirando mis manos, pues mi objetivo es no derramar los vasos por el camino. Me giro para salir de la tienda cuando siento que choco con algo duro y la bebida cae sobre mi pecho y en el suelo.

—Mierda, mierda, mierda.

Me agarro el jersey y la camiseta, me los separo de la piel y empiezo a soplarme el escote, hasta que me doy cuenta de que hay alguien delante de mí, sin quitarme los ojos de encima. No tardo ni una milésima de segundo en convertirlo en el culpable.

—¿Es mucho pedir una disculpa? —pregunto observando sus ojos negros.

—Yo no he tenido la culpa, de hecho, has sido tú quien no ha mirado por donde iba —explica tranquilo, haciéndome saber, por su acento, que no es español.

Aunque lo habla bastante bien—. Quizá me disculpe porque estés quemándote...

—Se toca la barbilla y, por un momento, deseo hacerlo yo.

Después, vuelve a mirarme a los ojos y me descontrolo—. Aunque eso también es por tu culpa.

Arrugo las cejas y atisbo una sonrisa ladeada por su parte.

¡Está cañón! Las cosas como son. Pero ese no es el caso, me ha tirado dos cafés hirviendo encima —bueno quizá hirviendo no, pero sí muy calientes— y ¿se atreve a decir que es mi culpa? ¡De eso nada!

Muy segura y desafiante, suelto mi ropa y doy dos pasos para plantarle cara.

Lo miro a los ojos, segura de todo lo que pienso decirle, pero entonces...

me quedo sin habla, paralizada, hipnotizada.

Este hombre es tan guapo que me ha cortado la respiración.

De pronto, siento algo en el estómago que es casi desconocido para mí, hacía mucho que no sentía algo así. ¿Me estoy poniendo nerviosa?

Observo su cara y su pelo, más largo por arriba que por los lados.

Sus labios están tan perfectamente perfilados que me llaman a gritos.

Miro su mandíbula, que parece dura y peligrosa, igual que su bonita boca, y luego me fijo en sus ojos: son negros como la noche, tanto que casi no se distingue la pupila.

De repente, quiero perderme en ellos. Enseguida vislumbro una cicatriz que va justo desde la ceja izquierda hasta el pómulo.

Quiero saber cómo se la ha hecho, tocarla, acariciarla...

—¿Qué miras? —pregunta cortante y me avergüenzo por haber sido tan cotilla y mirarlo así. Es obvio que le ha molestado.

Levanta una ceja y siento cómo me arde la cara. Doy un pasito hacia atrás para poder verle mejor. Cuando puedo volver a observar su atrayente y perfecto rostro, levanto el mentón y suelto:

—Lo idiota que eres. De hecho, lo eres tanto que hasta en la cara se te nota.

Sin más y dejándolo con el entrecejo arrugado y los labios en una línea demasiado tensa, me doy la vuelta y salgo de la tienda con el corazón a mil por hora.