Capítulo 16
Puta resaca.
La cabeza me duele horrores, los ojos me escuecen del llanto y tengo la espalda molida por un peso muerto que no me deja moverme.
Intento escapar de lo que me oprime y, al no conseguirlo, doy un salto para darme la vuelta y salir de debajo del cuerpo de Jessica.
¿Cómo puede una persona moverse tanto mientras duerme?
—Vamos, Jess, es hora de arreglarnos —susurro en su oído para no ser brusca.
Como lo único que recibo de ella es un leve ronquido, decido meterme en la ducha y volver a intentar despertarla cuando termine.
Al salir del baño descubro que sigue dormida profundamente y, como no se levante, vamos a llegar tarde.
Solo me deja una opción. Camino hacia la cocina, cojo una olla y la lleno de agua.
—¡Tíaaaaa! —grita dando un salto de la cama cuando se la echo en la cabeza.
Empapada, pero despierta.
Suelto una carcajada por sus pelos pegados a la cara y por cómo tirita de frío.
Estamos en febrero y una olla llena de agua no es buena opción.
Cojo una camiseta básica para ponérmela debajo del jersey morado que tengo sobre la cama, después me pongo unas medias y una falda vaquera.
De nuevo en el cuarto de baño, decido recogerme el pelo en un moño suelto.
Me fijo en el collar de mi cuello, lo toco con cariño y una sonrisa me asoma en los labios.
Cuando termino, veo a Jess coger sus cosas para meterse en la ducha.
No me dirige la palabra y eso me hace gracia.
Salgo al salón y decido pedir un taxi para que nos lleve al aeropuerto.
Meto las cosas en mi bolso, revisando varias veces que no se me olvida nada, cuando me suena un mensaje de mi madre.
Mamá: No sé cómo eres tan cabezota y no nos dejas ir a recogeros. Nos vemos en el aeropuerto. ¡No lleguéis tarde!
Escucho cómo el agua de la ducha se corta, eso significa que Jessica ya ha terminado. Al final, tenemos tiempo de sobra, pero aun así le meto prisa. Me gusta escucharla.
—¡Jess! Mueve ese culo que tienes o llegaremos tarde.
—Pasa de mí, ¡bruja!
Suelto una carcajada al escucharla maldecir.
A los pocos minutos recibo una notificación que me avisa de que el taxista ya ha llegado y miro la puerta del baño; está claro que me como yo solita cargar el equipaje.
Salgo de mi piso y coloco una maleta en la puerta del ascensor para que no se cierre.
Cuando ya está todo dentro, me siento sobre una de ellas y espero a que el ascensor llegue abajo.
Por suerte, el taxista tiene compasión y al verme cargada como una mula se acerca para ayudarme. Al terminar, le pido que espere unos minutos y subo a por Jess.
—¿Se puede saber qué te queda? —pregunto entrando en mi habitación.
Abro la boca cuando veo que todavía se tiene que vestir y que se está secando el pelo. Tiene el rostro serio, lo más probable es que aún esté cabreada y, como no puedo estar más de dos minutos enfadada con ella, me coloco una mano en la cadera y la echo hacia un lado de un empujoncito.
—Has estado bastante tiempo en remojo, no te habrás arrugado, ¿verdad?
Ella me fulmina con la mirada, pero sé que quiere reírse.
—Eres idiota.
—Pero me adoras.
—Por suerte para ti.
Entre risas salimos de mi casa. Miro por última vez mi hogar y cierro la puerta con llave. En cuanto subimos al taxi, este se pone en marcha cuando le decimos la dirección a la que tiene que llevarnos.
En el trayecto hasta el aeropuerto estoy todo el tiempo mirando la carretera y admirando, como si fuera la última vez, las carreteras de mi ciudad, el tráfico, el cielo y los árboles.
Odio esta sensación de tristeza que se me acopla siempre que tengo que despedirme, en el fondo soy muy ñoña.
De reojo veo al taxista centrado en la carretera y a Jess pegada a la pantalla de su móvil.
—¡Madre mía!, no me digas que esto no es una chulada —grita emocionada mostrándome unas imágenes del lugar al que nos mudamos. Sonrío, sí que lo es—. Tenemos que visitar miles de sitios, hacer fotos y enseñárselas a Hugo. —Se calla y me mira achinando los ojos—. Conocer hombres…
Desde luego eso último no entra en mis planes ahora mismo. ¡Acabo de romper con mi novio!
—No, no y no. No nos mudamos a otro país solo para ver cosas y pasarlo bien, también para encontrar trabajo. Debemos centrarnos en nuestros objetivos y después, quizá, si tenemos tiempo, pues...
—Aburrida —dice sin dejarme terminar.
La miro de soslayo, centrando mi vista en lo que hay al otro lado de la ventana.
Entrar en esta discusión con Jessica es absurdo cuando estamos a casi diez horas del lugar en el que viviremos.
Dejo que siga emocionándose y mostrándome imágenes, las cuales observo gustosa porque, como ella dice, son una chulada.
Al cabo de un rato, me lleva hasta su terreno y fantaseamos con la nueva vida que nos espera.
No sé cuándo me he cambiado de posición, pero vuelvo a mirar la ventana cuando escucho que habla.
—¿En qué piensas? —me pregunta dejando a un lado su teléfono.
—En nada —miento.
Miento porque si le digo lo que pasó anoche con Marcos, probablemente me eche un sermón por no habérselo contado antes.
Aunque en mi defensa tengo que admitir que tenía vodka hasta en la sangre.
Nunca le he ocultado nada a mis amigos, lo sabemos todo sobre nuestras vidas, pero anoche me quedé tan confusa y dolida que me avergüenzo solo de pensar en la cara de Hugo y Jess al escucharme.
—Eres mi hermana —dice cogiéndome la mano—. Sé hasta cuando te da un apretón, ¿seguro que quieres ocultarme qué te ocurre?
Jessica 1 – Ava 0 patatero.
—Marcos estuvo en casa anoche.
Abre los ojos como platos y la boca todo lo que puede; si algo le gusta a esta chica, es el drama. Con gracia, se lleva una mano a la barbilla y simula cerrársela.
—No me lo creo. Después de todo el tiempo que ha estado sin dar señales de vida, se presenta en tu casa. Está claro que busca que lo encuentre y le patee las bolas.
Hace un gesto de puñetazo mordiéndose el labio inferior y desencaja los ojos consiguiendo que el conductor nos observe por el espejo retrovisor. Le doy un tirón de pelo y me mira ofendida.
—¿Qué haces? —pregunta boxeándose la mano.
—Si sigues así el taxista nos tirará por la ventana. Relájate, ya sé que le darías una paliza a cualquiera por mí. Ahora cállate y deja que te cuente.
Cuando escucha lo que ocurrió anoche en el sofá, me tacha de loca. Me regaña por haber caído en ese juego después de que haya pasado de mí durante tanto tiempo. Se pone como loca, y eso que no le he contado todavía cómo acaba el encuentro.
Después de tomar aire, suelto de carrerilla todo lo que me dijo y cómo se fue de mi casa.
Está en silencio durante unos segundos, demasiado largos, hasta que empieza a soltar improperios por la boca.
De la ira pasa al sentimentalismo y me dice cosas muy bonitas como cuánto me quiere, cuánto valgo y lo orgullosa que está de mí.
Al final, con tantas palabritas bonitas, se nos escapan unas lagrimillas a las dos.
—Ya hemos llegado —nos interrumpe el conductor antes de bajarse.
Entre los tres descargamos el equipaje, después le pago por el viaje y nos desea un buen vuelo.
Con Jessica a mi lado, entro en el aeropuerto y dejamos las maletas próximas a unos asientos desde donde tenemos cerca una tienda y la pantalla donde aparecerá la información de la salida del vuelo.
Cuando termino de echar un vistazo al lugar, veo a mis padres acercarse hasta nosotras.
Ambos nos abrazan, nos besan y no puedo evitar sentir tristeza ante la cara de felicidad de mi amiga. Sé que le habría gustado que los suyos estuvieran aquí, despidiéndose de ella, pero están en Málaga en un viaje de negocios. Aunque hablaron ayer por videollamada.
—Tened mucho cuidado, tesoros. No salgáis hasta muy tarde, que no conocéis la zona. Abrigaos bien, no comáis mucha comida rápida. —Nos acaricia la mejilla a ambas y después empieza a llorar—. Dejaos de sexo y más sexo y centraos en el trabajo.
—¡Mamá! —le reprendo sin reconocerla.
Jess ríe como una loca mientras mi padre se torna serio y pone los ojos en blanco antes de abrazarla. A su vez, yo me despido de mi madre.
—Chicas, por favor, tened muchísimo cuidado. No os fieis de nadie si no os da buena espina. No olvidéis llamarnos y contarnos qué tal os va.
Se me antoja asegurarle que no me olvidaré de ellos y, sobre todo, pedirles perdón por abandonarlos, pero la voz de mi tía me recuerda que no lo estoy haciendo. Así que lo único que hago es sonreír como una niña pequeña y echarme a sus brazos.
Minutos después, mis padres se marchan y Jessica y yo nos quedamos junto a nuestras maletas. Estamos ansiosas, nerviosas y emocionadas por lo que nos espera.