Capítulo 15
Unos toquecitos en la puerta llaman mi atención. No creo que sea Hugo porque no veo nada suyo por el salón y barajo si abrir o no, no tengo mirilla y podría ser cualquiera; pero entonces mi teléfono suena y leo un mensaje de Marcos donde me pide que abra.
Cierro los ojos con fuerza, me he olvidado de él por completo. Abro la puerta y observo al hombre alto que tengo delante. Él solo me mira de arriba abajo un par de veces hasta que entra en mi piso, cierra la puerta y, tras coger mi cara entre sus manos, me besa con posesión.
Oh, no. No puede estar haciendo esto después de haberme atiborrado a vodka. No, porque una no es de piedra y hombre... aunque quiera romper con él, Marcos es mucho Marcos.
A pesar de estar saboreando su beso, sé que esto no está bien, puedo estar creándole falsas esperanzas y entre nosotros ya no hay nada. Me cuesta horrores despegarme porque, al parecer, mi cuerpo tiene ganas de jaleo. Aun así, lo consigo y sus ojos marrones se clavan en los míos.
—¿Qué coño crees que haces? —pregunto muy digna después de haber respondido a su beso—. Suéltame.
Me mira sin entender, tampoco yo lo hago, y no se mueve ni un centímetro cuando se dirige a mí.
—Ava, lo siento. Siento haber desaparecido, estaba hecho un lío y necesitaba tiempo.
—¿Tiempo? ¿Que necesitabas tiempo? —pregunto alzando la voz más de lo que debo—. ¿Para qué coño necesitabas tiempo?
En silencio veo cómo camina hacia el sofá y se desploma en él para luego mirarme de nuevo.
—Para aclarar mis sentimientos —susurra metiendo la cara entre sus manos.
—¿Tus sentimientos? —Resoplo, sintiéndome demasiado mareada como para afrontar esta estupidez—. No me quieres, Marcos, y no es algo nuevo.
Me mira con el ceño fruncido, niega con la cabeza, demasiado seguro de que me estoy equivocando.
Suelto una bocanada de aire, me siento a su lado y le cojo una mano mirándolo a los ojos.
Si algo tengo claro es que sus sentimientos hacia mí han cambiado, y mucho.
He llorado por eso mismo demasiadas veces.
Cuando he necesitado su cariño, no ha estado.
Me ha dejado plantada en varias ocasiones y he notado cómo su interés se ha ido desvaneciendo poco a poco, doliéndome cada vez más.
Me ha costado bastante admitir que nuestro amor ya no existe, al menos no como pareja.
Esconde la cara entre sus manos de nuevo y lo observo.
Me detengo a hacerlo porque siempre había pensado que nuestra relación era perfecta, que nada podría romperla y que jamás nos separaríamos.
Que nuestro amor era el mejor del mundo y que nunca encontraría a nadie como él.
Y ahora que lo tengo delante, sentado en el sofá de mi casa, lo único que quiero es justo eso, no encontrar a alguien como él.
—Tenemos que dejarlo —suelto.
—¿Qué? —pregunta casi en un jadeo. Se mueve en su sitio y se pone frente a mí—. No quiero que rompamos.
—Lo que no quieres dejar es la monotonía que tenemos y lo bien que nos llevamos después de seis años. Pero tanto tú como yo sabemos que aquí ya no hay amor. Yo... —Mierda, justo ahora que me estaba quedando bien tengo que ahogarme con mi saliva. Maldito vodka—. Yo no te intereso.
Frunce el ceño y parpadea, como si hubiera recibido un golpe de realidad. Después se acerca más y coge mi cara.
—No digas eso, por favor. Claro que me interesas, te quiero, Ava. Estoy enamorado de ti.
—No lo pongas más difícil de lo que ya es. Hemos vivido muchos momentos, buenos y malos, y esto es muy duro, pero es lo mejor para ambos.
—Vamos, dame otra oportunidad —pide acariciándome los hombros hasta llegar a mi cuello—. Solo una, por favor.
Me quedo pasmada cuando se coloca delante de mí y se arrodilla, encajando su tronco entre mis piernas.
—No me dejes. Te quiero, yo... no puedo perderte.
Qué difícil todo. No puedo tenerlo delante de mí, suplicando por mi amor y olvidarme de nuestro pasado, nuestra relación y lo enamorada que creía que estaba hace tan solo unas semanas. Me deslizo por el sofá y me siento en el suelo, quedando muy cerca de él.
—Marcos, sabes que nada cambiará si decido darte una oportunidad. Al principio parecerá maravilloso, pero volverás a desaparecer.
Le rodeo el cuello con los brazos, no quiero verlo tan mal.
Había planeado una ruptura sin llantos y estoy a puntito de soltar una lagrimilla.
Cuando abro la boca para coger aire, Marcos clava sus ojos en ella y la atrapa con sus labios.
Ahogo un grito ante la sorpresa. Ni muerta pienso responder a su beso porque lo que quiero es romper con él, no besarlo, pero mi cuerpo tiene otros planes.
Mis hormonas se han vuelto locas al sentir cómo aprieta mis caderas y automáticamente me han obligado a mover los labios y la lengua.
Estoy un poco excitada, para qué mentirme.
Entre besos, empieza a levantarse, me coge para dejarme sobre el sofá y se echa sobre mí, clavando su dureza en mi intimidad.
Está claro que quiere y necesita lo mismo que yo: sexo.
Dejo que sus manos vuelen por mi cuerpo, apretando mis pechos por encima de la ropa, enviando pequeñas descargas a mi interior.
Me deshago de su ropa, poco después él hace lo mismo con la mía y me deja un camino de besos por todo el cuerpo hasta llegar a mi zona más sensible.
Su forma de mover la lengua ahí abajo ya no me parece tan extraordinaria como tiempo atrás.
Lo golpea con la punta de la lengua, lo succiona y, para mi gusto, lo babosea.
¿Pero qué está haciendo?
Suspiro alguna que otra vez y, cansada de tener que aguantar cómo casi le da una paliza a mi pobre clítoris, le cojo la cabeza y lo obligo a subir.
—Me encantas, nunca me cansaré de ti.
Casi me creo lo que dice. Sonriendo, lo aparto de encima y me coloco sobre él.
Mi cuerpo me pide algo y tengo que dárselo.
Me rozo contra él, sintiendo cómo su carne se mueve debajo.
Sus dedos se clavan en mis nalgas, haciendo presión en la fricción, y con una mano me empuja hacia él, pegando mis pechos al suyo.
La poca excitación que siento hasta ahora se está incrementando, y con ella mi urgencia de satisfacerme.
Así que cojo su miembro, duro y húmedo, y lo paso entre mis labios inferiores una y otra vez, provocando que Marcos cierre los ojos y dibuje un gesto de satisfacción.
Por un momento, casi veo al Marcos salvaje del que me enamoré; pero entonces me levanta con poca delicadeza y me empuja hacia abajo, arrancándome un grito más de dolor que de placer.
Me cabreo en milésimas de segundo, hasta que empieza a levantar y bajar su pelvis y el dolor desaparece, creando un cosquilleo muy curioso en mi vientre y eso me lleva a dejarme ir. Me muevo, lo hago al compás de sus movimientos, dejando que me pellizque las caderas y me apriete hacia abajo.
El cuerpo de Marcos se empieza a relajar, deja caer su cabeza sobre el respaldo del sofá, echando un poco hacia atrás su desordenado pelo.
Me mira con los ojos medio cerrados y abriendo los labios lo necesario para poder respirar acelerado.
Si no quisiera romper con él, dejaría que mi juicio se nublase, más de lo que ya está, con solo la imagen que me está ofreciendo.
Suelta mis caderas para asaltar mis pechos.
Los masajea, pellizca mis pezones y se echa hacia adelante para pasar la lengua sobre ellos.
Subo y bajo con celeridad, sintiendo como, poco a poco, mi cuerpo empieza a sentir el grandioso placer.
Al parecer, Marcos también lo nota porque muerde uno de mis pezones con ganas, sube la pelvis con fuerza y con sus manos aplasta mis nalgas contra sus mulos.
Después gruñe y hunde la cara en mi hombro. Se ha corrido.
Eso no me detiene, sigo buscando mi placer, pero, de repente, algo hace clic en mi mente y el poco atisbo de orgasmo desaparece por completo de mi cuerpo. No siento nada en absoluto y me cabreo. Oh, sí, me cabreo y de lo lindo.
¿Quién se cree este para venir a mi casa, no dejar que rompa con él y encima llevarse un orgasmo de regalo? Mierda y mucha más mierda.
Me levanto de un salto y me coloco delante, poniendo un brazo sobre mis pechos para taparlos. Aunque a buenas horas, pues lleva comiéndoselos un buen rato.
—Vete de aquí —ordeno mientras cojo su ropa y se la tiro encima.
—¿Pero qué dices?
Su cara me demuestra lo confuso que está, pero me da igual. Solo quiero que se marche de una vez.
—¿Qué ha ocurrido? ¿No estábamos pasándolo bien?
Oh, sí. Sobre todo yo. No es capaz ni de darse cuenta de que no estaba disfrutando. ¿Se podría decir que lo que me ha pasado ha sido un gatillazo? ¿Y si me queda trauma y no consigo volver a tener otros orgasmos? Me entran sudores solo de pensarlo.
—Vete, Marcos. Es lo que tendrías que haber hecho cuando te he dicho que quería romper.
Esto ha sido un error. No sé qué me ha pasado y me he dejado llevar, pero es un error.
_Camina hacia mí, con los pantalones desabrochados y la camiseta sin poner.
Va a decir algo, pero no quiero escucharlo_. Además, me mudo a Nueva York.
—¿Qué cojones...? ¿De qué hablas? —Se pasa las manos por el pelo y la cara, se está cabreando.
—Lo que has escuchado, y ahora vete.
Se coloca la camiseta con brusquedad, se abrocha los pantalones y da una zancada hacia mí para agarrarme por los brazos. Su respiración se agita, sus ojos se oscurecen y por primera vez me asusto de un hombre. Sus dedos se empiezan a clavar tanto que me duelen e intento zafarme.
—No puedes irte y abandonarme —masculla, sabiendo cuánto me afecta ese tema—. No pienso dejar que lo hagas. Ni loco lo haría.
—Yo tampoco quería que pasaras de mí y, sin embargo, míranos. Asúmelo, me has perdido.
Aprieta los dientes, la mandíbula parece que se le va a desencajar, da un fuerte apretón en mis brazos de nuevo y después me suelta con un empujón que me hace darme contra la puerta. Lo miro asustada, con la respiración y el corazón desbocados.
—Lo estás empeorando. Pero ¿qué te pasa? ¿Por qué te comportas así?
Pero no me escucha, va al sofá a por sus llaves y antes de marcharse, acerca su cara a la mía y escupe:
—Eres una... ¡Joder! Abandóname si es lo que quieres, al fin y al cabo, te viene de familia.
Atónita, veo cómo se va dando un portazo que me hace encogerme. No soy del todo consciente del daño de sus palabras hasta que miro a mi alrededor y me siento sola por completo, con los ojos llenos de lágrimas, el corazón roto y el pecho encogido.
Me aseo antes de ir a mi habitación, donde me pongo un pijama casi sin ser dueña de mis movimientos y me meto en la cama.
Observo a Jess, dormida a mi lado. Me siento afortunada de tener conmigo a gente que me quiere, aunque a veces siga preguntándome por qué no fui suficiente para mi madre.
Al sentir que la respiración se me descontrola, sé que voy a empezar a llorar y no voy a poder parar, por eso hundo la cara en la almohada y lo hago hasta quedarme dormida.