Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Hoy he decidido visitar a mis padres y contarles mi decisión.

Aunque ya me habían dado su veredicto, necesito hablar con ellos y escuchar otra vez sus opiniones con respecto a mi marcha.

No todo lo que me dicen lo hacen entre lágrimas, también se alegran muchísimo porque voy acompañada por Jess e intentaré por todos los medios conseguir ser una fotógrafa de éxito.

Como me voy en una semana, decido quedarme unos días en su casa para aprovechar estos últimos días a tope con ellos.

Lo pasamos muy bien, recordamos viejos tiempos, jugamos a juegos de mesa y todas las noches preparamos la cena en familia.

Ni qué decir tiene que Hugo, Jess e incluso Lucas, con quien he quedado un par de veces y he congeniado, nos acompañan en algún que otro momento.

En los días que paso con mis padres no le contesto a Marcos ni un solo mensaje, sé que no está bien, pero me duelen tanto sus falsas promesas que ya no me quedan fuerzas para responderle.

Eso sí, por muchas largas que le esté dando, tengo que hablar con él y decirle de una vez por todas que lo nuestro se ha acabado y que me marcho de España.

¿Por cuánto tiempo? No lo sé. ¿Volveré? ¿Vendré solo de visita? ¿Volverá Jessica? No tengo respuestas para ninguna de esas preguntas, pero pienso averiguarlo.

***

El viernes por la tarde, tras despedirme de mis padres, regreso a mi piso para preparar el equipaje. Jess y yo hemos decidido dormir juntas esta noche para irnos al aeropuerto por la mañana.

Ah, no, no tengo las maletas hechas. Pero eso no es nada nuevo, todo lo organizada que soy en el trabajo lo olvido en cuanto a mi vida personal respecta.

Por eso, cuando mi amiga deja las suyas en la puerta de mi casa y vamos a mi dormitorio, donde tengo las mías abiertas y vacías sobre la cama, suelto una carcajada al escucharla maldecir.

Sin necesidad de pedirle ayuda, abre mis armarios y saca toda la ropa.

—¿Qué piensas llevarte? Yo he cogido un poco de todo porque no sé si volveremos en poco tiempo o estaremos allí meses. También había pensado que Hugo podía ir llevándonos cosas cada vez que nos visite.

La observo mientras sigue cogiendo mis pertenencias sin saber qué responderle.

No sé si serán solo unas semanas porque todo nos venga muy grande o nos quedaremos para siempre.

Tampoco sé si Hugo podrá visitarnos tantas veces como nos gustaría y me apena muchísimo que mi amiga se haga falsas ilusiones creyendo esto.

Le doy vueltas al asunto a la vez que me encamino a la cocina, cojo una botella de vino, dos copas y vuelvo a mi habitación.

—No lo sé, Jess, estoy tan abrumada por la idea de marcharnos que lo que menos me importa ahora mismo es qué ropa llevarme.

Se gira para mirarme cuando escucha que descorcho la botella.

Sirvo una de las copas y se la entrego, brindamos mirando las maletas vacías y damos un buen sorbo a nuestra bebida.

En medio del silencio, dejo mi copa sobre la mesita de noche y cojo algunos vestidos nuevos que tengo en el armario.

Hago lo mismo con la ropa interior, dos pijamas bien calentitos, ropa de deporte y algún que otro conjunto para pasar los primeros días.

Estamos doblando la ropa cuando mi teléfono empieza a sonar.

Son mensajes de Marcos. Lleva toda la semana enviándomelos y llamándome sin parar, y aunque haya respondido a algunos, no consigo que me deje en paz.

Necesito planear la ruptura perfecta: con pocos lloros, el sufrimiento justo y mucha madurez.

Tengo la intención de dejar el teléfono sobre la cama para centrarme en la maleta, pero el sonido constante no me lo permite.

Al fin, acordándome de la madre de Marcos, leo el mensaje antes de responderle.

Marcos: Ava, cariño. ¿Estás bien? Hace días que no respondes a mis mensaje y llamadas. Contéstame, por favor.

Como soy consciente de que ha llegado la hora de ser sincera, decido explicarle que me gustaría hablar con él esta noche y que lo avisaré para que se pase por casa.

Su respuesta me resulta tan falsa que me pone de mal humor y acabo tirando el teléfono sobre la cama.

Consciente de que si lo hago contra la pared, me quedaré sin él.

Jess, que ha leído los mensajes porque si no lo hacía no se quedaba tranquila, decide callar. Le ha cogido mucha tirria a raíz de su comportamiento. Para dejar el tema a un lado, volvemos al que nos interesa de verdad: terminar las maletas.

Estamos vaciando los armarios del cuarto de baño cuando el telefonillo suena. Al abrir la puerta, Hugo aparece por el pasillo.

—Mi bomboncito —dice con una sonrisa acercándose a mí para abrazarnos.

En cuanto Jessica aparece se abalanza también.

Después, nos sentamos en el sofá, donde Jess se mete conmigo porque he hecho el equipaje a última hora y Hugo ríe a mandíbula suelta.

Para zanjar el temita maletas , las cojo y las dejo en el salón porque estoy segura de que, como sigan en la habitación, me voy sin ellas.

Por suerte, sobre las diez ya estamos cenando, hoy toca comida mexicana, solemos pedir a menudo porque nuestro Hugo es un obseso de los burritos. Digo «por suerte» porque la última vez que pedimos el repartidor se retrasó media hora y Jessica le montó tal circo que nos dejó la cena gratis.

—Este burrito está que te cagas —asegura Hugo como siempre que come uno. Tiene la boca llena e intenta hablar a la vez, casi se ahoga. Jess lo mira con los labios apretados y tengo que reír—. ¿Qué miras?

—Que estás masticando como una vaca —afirma ella muy seria.

—Madre mía como está la pijita, ha sido solo una vez.

Están en una de sus batallas de miradas, a punto de soltarse cualquier insulto que nos lleve a detener la cena durante al menos cinco minutos y no estoy dispuesta a desperdiciar el poquito tiempo que nos queda juntos en una absurda discusión.

—Dios, dejaos de tonterías y cenemos en paz. Es nuestra última noche juntos.

Mi frase nos afecta demasiado, pues nos miramos con tristeza y continuamos cenando en silencio. Pero dura poco, pues enseguida empezamos a charlar para cambiar el ambiente que se ha creado y no tardamos mucho tiempo en estar riendo por alguna ocurrencia de Jess.

Terminada la cena y recogida la mesa, pasamos un buen rato recordando anécdotas y cómo nos conocimos en el internado.

Alguna que otra lagrimilla se nos escapa y por eso decido sacar una botella de vodka y tres vasos de chupito que me traje del último bar donde salimos de fiesta.

Nada más llenar los vasitos y bebernos el líquido de una vez, empezamos con una ronda de juegos apropiados para la ocasión: yo nunca, verdad o reto —con el que nos reímos bastante cuando Jess acepta pedirle a un vecino un poco de lubricante— y terminamos con las cartas.

Dos horas después, Hugo se marcha porque por la mañana tiene que hacer algunos recados importantes. Entre lágrimas, achuchones, promesas y mucho dolor, Jessica y yo nos despedimos de una de las personas más importantes de nuestra vida.

Cuando la puerta se cierra, mi amiga, llorando a mares y borracha, se va a la cama y yo, que estoy casi igual, me quedo en el salón con el corazón encogido.

¿Estaré haciendo bien al marcharme?