Capítulo 13
—Este viaje os vendrá bien. Mi hija quiere volver a Madrid y tú la llevarás, para eso eres su pareja. Mantenla feliz o te las verás conmigo.
Escaneo con rabia a Donald, que no deja de dar vueltas por el salón de mi casa.
Se ha presentado sin avisar, sabiendo que su hija está en el hospital hasta tarde y que puede chantajearme con libertad.
Ojalá pudiera mandar todo a la mierda, pero la necesidad de que sea mío va por delante de cualquier deseo.
El Vitality Memorial ha sido de mi familia durante cuarenta y cinco años, hasta que mi padre quiso compartirlo con Donald, y por eso necesito que sea de mi propiedad, yo no quiero compartirlo con nadie.
Quiero que vaya en mi herencia familiar, que cuando yo muera lo tenga un heredero mío y que este se lo deje a alguno de los suyos.
Mi hermana no quiere nada al respecto, así que esto es cosa mía.
Pero me tienen atrapado y solo me queda casarme con Crystal bajo un contrato donde acepte darme el Vitality por una generosa cantidad de dinero.
Sé cuánto le gusta todo lo referente a esto.
—¿Me estás escuchando?
Lo fulmino con la mirada. Se ha dejado caer en la isla de mi cocina y está jugueteando con un reloj de bolsillo que lleva en una cadena. Espera una respuesta complaciente, claro está, y yo solo quiero partirle la cara. Suspiro, necesito que se marche de una maldita vez.
—¿Qué quieres que te diga exactamente, Donald? —Me froto la frente intentando no perder los papeles—. No tengo otra opción, no hasta que me case con tu hija y te pierda de vista. Entonces, te la verás conmigo.
—Eso y que me des un nieto. De algo tiene que servir los tres años que estaréis casados, imagino que tendrás a mi hija contenta, ¿verdad?
Se acerca amenazante, lo que me faltaba por ver.
Se pone muy cerca de mí y me golpea el hombro con fuerza.
Esto no me ayuda nada a mantener mi furia guardada.
Aprieto la mandíbula, conociéndome, conociendo mis impulsos, y dejo que me dé en el hombro de nuevo y grite gilipolleces.
Por mucho que esté acatando órdenes ahora, solo obedeceré respecto a Crystal, de lo demás no pienso dejar que piense que tiene el mando.
En cuanto parece más calmado, me retiro unos pasos y suelto con asco:
— Te estás librando porque mi padre me ha educado para no usar la violencia si no es estrictamente necesaria y porque, aunque seas un capullo de cuidado, eres su amigo.
Pero que no te ponga una mano encima no significa que no pueda hacerte la vida imposible, por lo que, si no vas a hablarme de tu niña consentida, no tienes nada que hacer en mi casa.
— Mantengo la calma, camino hacia la puerta y la abro.
Alargo el brazo señalando el ascensor que está enfrente—.
Vete de una puta vez y no vuelvas a venir sin avisar. No eres bienvenido.
Donald aprieta los puños, coge sus cosas y sale de mi casa sin mediar palabra.
Cierro de un portazo y me dirijo al despacho, donde enciendo el ordenador y repaso mi correo.
Abro algunos de la agencia de viajes que nos ha organizado la semana en Madrid, se los envío a mi chófer y a Salma, mi asistenta, para que sepan que estaré ausente y puedan descansar.
Mi teléfono vibra, la pantalla se enciende y descubro un mensaje de mi mejor amigo.
Dan: Tío, voy a tu casa con cervezas.
No entro en el mensaje, no hace falta que le responda. Puede venir siempre que lo desee. Apago el ordenador y me pongo a preparar algo de cenar.