Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Nos indican que podemos pasar y entramos en una pequeña habitación donde hay varias estanterías repletas de ficheros y libros bastante gruesos que observo con detenimiento.

Cuando mis ojos llegan al centro de la estancia, veo un escritorio de madera con dos torres de folios, un ordenador y a un hombre canoso, que ojea algunos papeles sentado en una silla giratoria de cuero negro.

—Oh, vaya. Buenos días —dice en cuanto nos ve.

Por la confianza con la que saluda a mis padres, me queda claro que se conocen de antes.

No pasa mucho tiempo cuando me entero de que se llama José y que, efectivamente, es amigo de mi padre.

Mientras esperamos al abogado de mi familia, los cuatro tomamos asiento y charlamos con naturalidad, aunque estoy muy tensa.

Estar aquí y el motivo que me ha traído me incomoda hasta querer largarme.

Estoy mirando con atención la sala, ignorando lo que ellos hablan cuando la puerta se abre y entra el abogado; debo decir que no es lo que esperaba.

«¡Bendito abogado!», exclamo en silencio.

Menudo rubiales se acaba de presentar en la notaría para alegrarme las vistas, la mañana y el día.

Por lo que me cuenta mi padre, su antiguo abogado se jubiló hace unos meses y por eso ha venido Lucas.

Sin poder quitarle ojo, observo cómo se mueve con seguridad hasta José, se presenta y luego toma asiento.

Desde el mío, lo sigo mirando hasta que sus ojos se posan sobre mí y bueno... me pilla.

Una sonrisilla muy mona mueve sus labios —también muy monos— cuando me tiende una mano que yo estrecho gustosa.

Después de quedarme sin aliento al ver sus bonitos iris marrones, decido que ya lo he mirado demasiado y giro un poco la cabeza.

Por un momento, pienso en Jess y en cuál sería su cara al ver a Lucas y tengo que reprimir una sonrisa.

Segundos más tarde, él empieza su trabajo.

—Procedamos a la lectura del testamento de doña María González Suárez.

El ruido de los elásticos que mantienen cerrada la carpeta marrón donde están los folios resuena en la pequeña habitación cuando dan un latigazo en el cartón de esta.

Tengo la sensación de que el proceso es demasiado lento, necesito que todo vaya más rápido y poder dejar este drama a un lado.

Aunque en realidad no sé qué es lo que me inquieta más: si la incertidumbre de qué habrá ahí plasmado o la posibilidad de que Sandra y Ana aparezcan de un momento a otro por la puerta.

Por suerte, pasa media hora en la que escuchamos con atención lo que el notario nos lee y lo que el abogadito guaperas nos explica.

Por ahora, lo que escucho no me sorprende.

A mis padres les deja un coche antiguo que guardaba con mucho cariño para que lo arreglen y lo cuiden.

A Sandra, un baúl con pertenencias de cuando era joven; y a Aurora, su vecina, sus clavellinas, rosas y hortensias.

Como ya he dicho no me sorprende nada y como le dije a mis amigos, no hay nada para mí porque lo más seguro es que el coche que mi padre va a arreglar pasará a ser mío, aunque yo ya tenga uno. Estoy a puntito de levantarme, cuando escucho que José vuelve a hablar.

—Por último, pide que Ava Ferrer Novoa, su sobrina, aquí presente, pase a ser la propietaria de su apartamento de Times Square, en Nueva York. También apunta que dejó en manos de Jorge Ferrer Gutiérrez una carta y un sobre para que se lo entregara al finalizar este cometido.

Me río. Me río porque me sale de lo más profundo. ¿He oído bien? Hay dos posibilidades para lo que acaba de decir: la primera, que mi tía, a saber por qué, tenía una casa en otro país; y la segunda, que en Madrid hay una calle que se llama Times Square y yo no lo sabía.

—¿Desde cuándo hay una calle en Madrid que se llame Times Square?

Lucas se ríe y para disimular se lleva el puño a los labios.

Lo miro de manera fugaz para recriminarle su pésima profesionalidad en estos momentos, pero quedo maravillada cuando su pelo le roza la frente al mover la cabeza hacia abajo.

Casi puedo ver que los mechones le brillan con el sol que entra por la única ventana que hay en la sala.

Mientras yo analizo la postura de Lucas, este aprovecha para enderezarse y vuelve a su papel de abogado serio.

Para desviar mi atención y volver a centrarla en el motivo por el que estamos aquí, hago un gesto de impaciencia y José, que tiene un folio en la mano, se dispone a hablar.

—No hay ninguna calle aquí con ese nombre. Lo que ha escuchado usted es que pasará a ser la propietaria de un inmueble en Times Square, Nueva York. Vamos, Estados Unidos, si así se ubica mejor.

Solo le ha faltado decirme con voz de gorila: «Vamos, en EE. UU.».

Vale, ahora sí que lo estoy flipando, ¡y en colores! Un apartamento en Times Square, en el mismo sitio donde baja la bola tan famosa en Año Nuevo. No me lo puedo creer. Cuando se lo cuente a los chicos van a alucinar, además de que Jessica me soltará su «Te lo dije» y con cuánta razón.

Estoy tan confusa que no soy consciente de mi grito y lo que eso provoca.

—¿¡Cómo dice!?

De inmediato, una mano cálida se posa en mi pierna derecha.

—Ava, cielo, cálmate —dice mi madre entre dientes mirando a todos.

Mis ojos miran los rostros de la habitación y siento vergüenza por haberme dejado llevar por la emoción, aunque tengo que reír cuando veo a Lucas hacerlo. Vaya con el pibonazo, tiene una sonrisa tremenda.

—Lo siento, no he podido contenerme —consigo decir, mirando de reojo a Lucas que me sube el pulgar divertido. Pongo los ojos en blanco y suspiro—. Lo siento de veras.

—No te preocupes, aquí he visto de todo. —José mueve sus labios en una sonrisa debajo de su barba blanca y empieza a guardar el papeleo en una carpeta; después, se detiene para mirarnos a los cuatro—. Ya hemos terminado, si no tienen nada más que aclarar, tengo otra reunión.

Los cuatro, que estamos de pie en la sala nos miramos un momento y después salimos en silencio del edificio. En cuanto pongo un pie sobre la acera me detengo frente a mis padres y me vuelvo loca.

—¿Un piso en otro país? ¿Mi tía tiene un apartamento, y probablemente una vida secreta, en Nueva York y no me lo habéis dicho? Oh, joder...

—Ava, esa boca.

Miro a mi madre con los ojos entrecerrados, odio que me regañe como si fuera una cría.

—Mierda.

—¡Ava, no te lo repito!

¡Arggg! O grito para mis adentros o reviento tímpanos.

¡No soy una maldita cría! Que ahora me esté comportando como una...

¡vale!, pero no lo soy y estoy cansada de que me oculten cosas o me traten como tal.

Me masajeo las sienes con los dedos, necesito relajarme y hablar sobre el asunto porque no le encuentro ni pies ni cabeza.

Me agarro el inicio de la cremallera de mi abrigo y me lo subo hasta taparme la boca cuando una ráfaga de viento nos golpea a todos.

Los pelos se me meten en los ojos y me los aparto con brusquedad, algo frustrada.

Cuando lo consigo, tengo a Lucas en mi campo de visión.

Como antes, me regala una sonrisa y yo hago lo mismo antes de volver a centrarme en mis padres.

Están hablando de lo que harán con el piso que mi tía tiene en Madrid y con el coche que han heredado cuando los interrumpo y logro que me miren.

—Está bien, ¿alguno de los presentes es consciente de lo que significa que mi tía tuviera un piso allí? Oh, bueno, y ¿podría explicarme alguien por qué lo he heredado yo?

Mi padre se aproxima a mí con una sonrisa muy tierna que me hace olvidar por una fracción de tiempo el agobio del momento.

—Claro que lo sabemos, hija. Tu tía vivió allí muchos años cuando conoció a un hombre en la universidad. Aunque sus padres le prohibieron marcharse, ella lo hizo por amor. Pero, por desgracia, tuvo que regresar cuando él falleció por un tiroteo en una gasolinera. Desde aquello, tu tía no volvió.

Vaya... No me esperaba eso. Tuvo que ser muy duro perder a la persona a la que amas con todo tu ser.

No sé por qué, pero pienso en Marcos y no siento nada.

A ver, no quiero que le ocurra nada malo y ojalá todo le vaya genial, incluso me atrevo a decir que espero que encuentre a alguien que le haga abrir su corazón, ese que yo conocí años atrás.

Pero, si pienso en cómo sería terminar nuestra relación y decirle adiós al amor con él, no me imagino llorando desolada en el sofá de mi casa. Más bien me sentiría liberada.

—Si te marchas... —dice mi padre en un tono más bajo de lo normal—. Espero que no cambie nada.

Intercambia una mirada cómplice con mi madre y a mí se me encoge el corazón cuando la oigo sollozar.

De inmediato, mis ojos conectan con los de Lucas, que nos observa desde la distancia, y se encoge de hombros.

Quiero acercarme a él y preguntarle por qué sigue aquí, cuando mi madre me abraza.

Si alguien me dice hace unas horas que esto iba a pasar, no me lo hubiera creído.

¡Voy a ser la propietaria de un apartamento en Times Square!

Y tengo que aprovecharlo, una oportunidad así no se tiene todos los días. Si dijera que no, sería una locura.

Unos segundos después, mi madre me suelta, aunque no deja de llorar, parece que se está despidiendo de mí. En cambio, mi padre me mira con ternura, así que decido suavizar el ambiente.

—A ver, mamá, relájate que tengo que sopesar toda esta información.

—Lo sabemos —dice mi padre, poniendo una mano en mi mejilla—. De todos modos, queremos que sepas que, tomes la decisión que tomes, tendrás nuestro apoyo.

Tras recibir un cálido beso en la mejilla por su parte, estamos un rato charlando y Lucas se anima a participar en la conversación.

Al rato, nos dice que está esperando un taxi porque tiene el coche en el taller y, sin dudarlo, me ofrezco a llevarlo.

Al principio se niega, pues no quiere molestar, pero después de insistirle mucho, el pobre acaba aceptando.

—Bueno, he visto que te ha sorprendido lo que has recibido hoy.

Aunque estoy mirando la carretera, me permito echarle un vistazo rápido y sonrío al ver sus mechones dorados sobre su frente contrastando con sus ojos marrones.

—Pues claro que lo ha hecho, ¿es que a ti no te sorprendería?

No lo veo, pero por el ruidito que escucho puedo apostar a que se ha encogido de hombros.

—Para qué engañarnos, sí que lo haría.

Ambos reímos. El resto del camino lo pasamos hablando y conociéndonos un poco.

Me sorprendo al saber que es francés y que vivió en Francia hasta los diez años, que fue cuando él y sus padres se mudaron a España.

Tiene varios años más que yo, y a pesar de haberse enamorado cuando tenía dieciocho años, no ha tenido una relación seria nunca.

Una vez lo dejo en su destino, me ofrece una tarjeta donde aparece su nombre y teléfonos de contacto. Le envío un mensaje antes de que se marche y me contesta todavía delante de mí con una sonrisa en los labios.

Lucas: Nos vemos otro día. Me has prometido un café.

Conducir es algo que disfruto mucho. Siempre que lo hago, me relajo y aprecio el paisaje, ya sea de bosques, de edificios o incluso el mismo tráfico.

Observo con atención todo lo que me rodea y, si pudiera, sacaría alguna que otra impresionante fotografía.

Con la radio de fondo, sorteo los vehículos que tengo delante y, casi sin darme cuenta, llego a casa.

Por suerte, la carretera no estaba muy cargada.

En cuanto abro la puerta de mi piso tengo la intención de tirar el bolso en cualquier parte, pero mi teléfono suena.

Veo que se trata de Marcos, pero paso de él.

Dejo el móvil en el sofá antes de sentarme para poder abrir los sobres que mi padre me ha entregado.

Leo de nuevo mi nombre y la nostalgia se acopla en mi interior.

Abrazo el sobrecito como si estuviera abrazando a mi tía. Con cuidado, saco el folio que hay dentro —parece que hay algo escrito—, y entonces suena de nuevo mi móvil. Esta vez es un mensaje. Lo cojo, lo miro... y maldigo. Es Marcos otra vez.

Marcos: Hola, ¿qué haces? No has respondido a mi mensaje ni a mi llamada. Espero que no estés enfadada. Quiero verte hoy, te echo de menos. Llámame, te quiero.

¿Que me quiere? ¡Será caradura! O sea, que pasa de mí durante más de una semana y ahora me viene con tonterías como estas.

Oh, no, por ahí sí que no paso. Como el mensajito me está cabreando, decido dejar el teléfono de nuevo sobre el sofá y apartar de mi mente todas las cosas desagradables que se me ocurren decirle en estos momentos para concentrarme en lo que tengo entre las manos.

Giro el folio y la letra de mi tía, tan bonita y limpia, queda ante mis ojos. De inmediato, una tristeza sobrecogedora se instala en mi pecho y los ojos empiezan a escocerme.

Empezamos bien...

Sin demorarme más, empiezo a leerla.