Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

—Oh, mi amor. Sigue así...

Los gemidos de Crystal no hacen más que distraerme de lo único que deseo en este momento: desahogarme. Aunque más que gemidos son leves susurros. Esta mujer no grita ni aunque le roben el bolso. La tengo debajo de mí, desnuda y receptiva, muy receptiva.

Al parecer, ha tenido un sueño húmedo y se ha despertado a medianoche con las pulsaciones a mil, se ha arrimado a mí y se ha metido bajo las sábanas buscándome y, bueno, me ha encontrado.

Llevamos semanas sin mantener relaciones, aparte de estar ocupado, tampoco me atrae como antes y no tengo la necesidad de acostarme con ella, aunque ahora lo esté haciendo.

Nunca me he aprovechado de ninguna mujer, las respeto y valoro como se merecen, pero con Crystal es diferente. Por más que intento dejarla o pedirle que se marche, siempre ocurre lo mismo.

—Vamos, cielo...

Murmura algo más, pero lo hace tan bajo que no la escucho bien.

Tengo ganas de decirle que grite, que se mueva, que me reclame, pero ya lo he hecho durante demasiado tiempo, ahora lo único que quiero es que se mueva para marcharse.

No quiero seguir haciéndole daño, me estoy comportando como un auténtico hijo de puta...

¡Mierda! Tengo la conciencia tan intranquila que acabo de tener un gatillazo.

Joder, no me lo puedo creer, es la primera vez que me pasa.

Detengo mis movimientos y me salgo de ella poco a poco.

Me quito el preservativo, nunca mantengo relaciones con mi prometida sin protección, y me voy al cuarto de baño.

—¿Qué pasa? —La voz de Crystal chirría en mis oídos.

—Voy a darme una ducha.

—Querrás decir vamos.

—Sé que te he dejado a la mitad, pero...

—Para nada, cielo. Casi llego por segunda vez. —Se mira en el espejo y se limpia la comisura de los labios como si se le hubiese corrido el pintalabios.

La miro atónito, ¿cómo es posible que haya tenido un orgasmo y no me haya enterado? Eso me enfurece más. Estoy cansado, necesito más en mi vida, o quizá menos. Quiero estar solo en mi casa y que Crystal y su padre no tengan nada que ver conmigo.

—No me he enterado. —Entro en la ducha y me remuevo el pelo bajo el agua.

—Ya sabes que no soy una ordinaria.

Mejor no digo nada, si no, la tenemos. Si ella supiera lo que pienso sobre lo que cree que es, el edificio temblaría. Escucho abrirse la puerta de la ducha y la miro de reojo, ni loco me ducho con ella.

—Crystal, necesito espacio. Déjame solo un rato.

—Pero...

—Crystal. —Aprieto la mandíbula, no quiero ser grosero.

Me mira unos segundos, de arriba abajo y, desnuda, sale del baño. Suelto el aire que tenía retenido y apoyo la cabeza en el azulejo de la pared sintiendo como el agua desciende por mi cuerpo. Todavía no puedo creer que se haya corrido y no me haya enterado.

Vuelvo a la habitación y la veo en la cama, con el pijama y su horrible antifaz puesto. Echo las sábanas hacia atrás para acostarme y cuando me tapo, la escucho hablar entre dientes:

—Al menos espero que solo te haya gustado más que conmigo. —Sin más, se da la vuelta.

Esta mujer está acabando con la poca paciencia que me queda.