Capítulo 9 #2
—Para decirte que mañana a las nueve de la mañana tienes que estar en la notaría por lo de la herencia de tu tía. Allí estará nuestro abogado y leeremos con él el testamento. Cuando cuelgue, te paso la ubicación.
—¿Mi tía ha dejado herencia? —Mis amigos me miran de inmediato. Cotillas—. ¿El qué? ¿A quién?
No sé por qué, pero mis propias preguntas me encogen el estómago. ¿Y si la muerte de mi tía y su herencia hacen que mi madre biológica vuelva a aparecer? Solo de imaginarlo me entra un no sé qué por el cuerpo. Una sacudida me desarma por dentro y entonces escucho a mi madre de nuevo.
—No lo sabemos, por eso nos han citado allí. Ni se te ocurra llegar tarde, Ava.
—No, mamá, ¿por quién me tomas? Es algo importante. Estaré allí puntual.
—Hasta mañana, tesoro.
—Dale un beso a papá de mi parte.
Acabo de finalizar la llamada y mis amigos ya se han colocado a mi lado.
—¿Te imaginas que tu tía era rica y te ha dejado todo? —comenta Jess, sonriendo como una auténtica psicópata.
—Bah, tonterías. Nos han citado a nosotros porque somos los únicos familiares directos con los que pueden contactar. Seguramente le habrá dejado el piso a mi tía Sandra o a Ana. Que yo sepa, mi tía no poseía nada más.
—¿Quién sabe? A lo mejor tenía una doble vida y te ha dejado todo a ti.
Esto sí que me sorprende, aunque más todavía por quien lo dice. Ahora no solo Jessica está loca, Hugo también.
—¿De qué habláis? ¿Por qué iba a dejarme nada a mí?
Como si lo que acabara de decir fuera una locura, Jess me mira poniendo los ojos en blanco mientras se sienta sobre la encimera.
—Sabes tan bien como nosotros que tú eras como una hija para ella y que te adoraba como a nadie. Algo te caerá.
En eso lleva razón. Nuestra relación era estupenda y estábamos muy unidas. La veía más que a mis propios padres. Por eso mismo, me resulta difícil creer que mi tía tuviera secretos y mucho más que tuviera una vida oculta. Es una idiotez. Aunque, ¿y si la tenía...? Sería una locura.
¡Madre mía, no sé ni cómo puedo pensarlo! Después, miro a mis amigos y entiendo que lo haga.
—Tengo tanta hambre que me comería un caballo.
Jessica y yo miramos a Hugo, que se está zampando el queso que guardo en el frigorífico y nos reímos divertidas.
Entre risas, preparamos algo de cenar y volvemos al salón, donde nos sentamos en el sofá para disfrutar de nuestra cena improvisada.
Hablamos sin descanso, cotilleamos y bromeamos sin mirar el reloj hasta que Hugo pregunta:
—¿A qué hora has quedado con tus padres?
—A las nueve de la mañana —respondo mientras observo como disfruta su cerveza.
—Uf —resopla Jess—, entonces vámonos ya, Hugo, es tarde.
Miro la hora en el móvil y alarmada, porque como no duerma mis ocho horitas no soy persona, empiezo a recoger la mesa.
Después de dejar todo en la cocina, vuelvo al salón, les planto en las manos las cosas de cada uno y los empujo hasta la puerta para que se marchen.
Como llegue tarde a la cita, mi madre me mata.
Jessica me da un beso en la mejilla y Hugo me abraza antes de marcharse. En cuanto me meto en la cama, miro por última vez mi teléfono y me encuentro con dos mensajes: uno de mi madre en el que me envía la ubicación de la notaría y otro de Marcos.
Marcos: Cariño, siento mucho haber estado tan ausente, pero he tenido mucho trabajo. Te lo compensaré, te lo prometo. Espero verte mañana.
Pero ¿de qué va? Desaparece y ahora pretende verme... Sin duda está mal de la cabeza. Por esto y mil cosas más, igual que leo el mensaje, lo ignoro. No pienso responderle ni ahora ni mañana ni en ningún otro momento.
Cabreada con el estúpido de mi ex, porque está claro que ya lo es —aunque él no lo sepa—, me aseguro de que he puesto como diez alarmas y apago la luz.
***
Por la mañana bajo al aparcamiento subterráneo de mi edificio, subo al coche y me pongo en marcha.
Mientras sorteo el tráfico y me dirijo a la notaría, escucho con atención las noticias de la radio.
Al parecer, un joven cirujano de Nueva York ha salvado por tercera vez este año a un paciente en una operación larguísima y de la que no esperaban buenos resultados.
Por lo visto, este cirujano realiza operaciones extremadamente difíciles y todas resultan exitosas.
Me alegra mucho oír eso y valoro mucho más el trabajazo de los sanitarios.
Sigo escuchando más noticias sobre esa intervención cuando cambian de forma radical el foco de atención para centrarse ahora en su vida privada y, cómo no, amorosa.
Odio que la sociedad necesite saber más de la vida privada de alguien que sobre sus méritos y las cosas buenas que hacen en la vida.
No lo soporto, por lo que centro toda mi atención en el tráfico y media hora después estoy en la puerta de la notaría.
—Buenos días —saludo a mis padres en cuanto los veo.
No estoy que echo chispas, pero tampoco estoy demasiado contenta. Me quedé dormida tarde y eso me está pasando factura. Ellos, que me conocen muy bien, se dan cuenta, pero hacen caso omiso a mi gesto taciturno.
—Buenos días, hija.
Mi padre me da un beso en la mejilla y mi madre hace lo mismo.
Después, me entregan un sobre que miro con intriga.
¿Qué será? La letra con la que está escrito mi nombre sobre el papel es la de mi tía, lo que me aumenta aún más mi curiosidad.
Estoy a punto de abrirlo cuando la mamo de mi padre se pone sobre las mías y me lo prohíbe.
—Tu tía quería que lo leyeras cuando ya supiéramos lo que dice el testamento.
—Eso me confunde, ¿cómo saben ellos lo que mi tía quería?
Y mi padre, que parece leerme la mente, me lo aclara—.
Hace un año tu tía nos entregó este sobre y una carta que nos pidió que leyéramos una vez ella no estuviera.
En ella nos pedía lo que te acabo de decir.
Sin decir nada, observo el sobre que está entre mis manos. Es muy mono. De color lila, flores secas pegadas en el anverso y mi nombre escrito en el reverso. Estoy ansiosa por abrirlo, pero debo ser paciente.
Una vez dentro, esperamos en una sala, donde me pregunto una y otra vez si de verdad sabemos todo sobre la vida de mi tía. Y donde también le doy vueltas a las insinuaciones de mis amigos, consiguiendo que la impaciencia y el nerviosismo se apoderen de mí.
¿Qué habrá escrito en el testamento?