Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

—¿Me estás diciendo que ese descerebrado no ha vuelto a hablarte?

Niego con la cabeza sin necesidad de decir ni una palabra. En cuanto Jess sigue mis movimientos, aprieta los labios con fuerza y sé que en su cabeza le está dando una paliza a Marcos.

—Es que este tío no aprende, ¿qué tiene que hacer para no poder escribirte ni un mísero mensaje o venir a verte unos minutos? Es que no lo entiendo, de verdad, si lo tuviera delante...

Dejo que Jess despotrique y suelte por ese piquito de oro que tiene todo lo que necesite, mientras yo me hago miles de preguntas.

Realmente, ¿qué lo mantiene tan ocupado?

Sé que su trabajo le ha robado mucho tiempo en varias ocasiones, pero nunca hasta ahora ha dejado de llamarme y eso me preocupa bastante.

No hay que ser muy listo para saber que me está esquivando, pero ¿por qué?

Se suponía que él apostaba por esta relación y era yo quien quería terminarla.

Ahora tengo la maldita sensación de que los papeles se han cambiado.

Me muevo en el sofá, incómoda, con el mal presentimiento de que está ocurriendo algo que cuando me entere no me va a gustar.

Solo espero que no me esté engañando con otra.

Porque no creo que lo esté haciendo, ¿o sí?

Ay, madre lo malito que se me pone el cuerpo de solo imaginarlo.

No creo que ese impresentable tenga la poca decencia de estar con otra y me dé plantón a mí.

No sé cuánto se me contrae la cara al pensar en eso, pero lo que sí sé es que Jessica se huele algo y por eso me está mirando como si pudiera leerme la mente.

—¿En qué piensas? —pregunta levantando demasiado una ceja.

—¿Yoooo?

—No, mi padre —refunfuña cruzando los brazos—. Conozco esa cara de estoy pensando en algo malo .

Mierda, a veces me planteo si es bueno que alguien te conozca tanto. Aun sabiendo que me ha pillado, defiendo mi postura.

—No pienso en nada malo, solo estaba escuchando lo que me decías.

—Dios... No sé por qué insistes. Dímelo de una vez —me presiona acercándose un poco más a mí.

—Déjame, no tengo nada que decir —insisto mientras coloco mis piernas sobre el regazo de Hugo, quién hasta ahora no ha abierto la boca.

Nada convencida con mis palabras, Jess se acerca aún más a mí, obviando que Hugo está en medio, y me mira con intensidad a los ojos. Me observa durante unos segundos buscando yo qué sé en ellos y después se deja caer con aplomo en el sofá, suelta un largo suspiro y alarga un brazo hacia mí.

—¿Me lo prometes? —pregunta mostrando su meñique.

Miro su dedo casi doblado, que espera que el mío se enrede en él y prometa no estar engañándola, y exhalo dándome por vencida. La promesa del meñique es sagrada para nosotros.

—Está bien —asiento dándole un manotazo en la mano para que la quite de mi vista. Mirándola, me pongo derecha—. Me preguntaba si quizá está engañándome.

De repente, Hugo me mira a los ojos y Jess suelta una risotada.

—Anda ya, mujer, no pienses eso. Por muy mal que se esté comportando, no creo que sea capaz de hacer eso. Al menos, no por su bien.

No puedo evitar sonreír, esta Jess...

—Hugo, ¿a que tú tampoco lo crees? —le pregunta entonces a nuestro amigo, que sigue en la misma postura del principio.

—Puede que sí lo esté haciendo.

Vale, ninguna nos esperábamos esa respuesta y queda patente por la manera en que nos miramos con los ojos abiertos como platos. Hugo, que creo que no es consciente de que sus palabras pueden hacer daño, se encoge de hombros.

Sin poder evitarlo me dejo caer en el sofá y dejo que sus palabras me afecten.

Porque lo hace, claro que lo hace. Aunque esa duda ronde por mi cabeza, esperaba que ellos me dijeran que es una locura y, al no hacerlo, lo único que ocurre es que vuelva a inundar mi mente.

Y ahora todo empieza a tener sentido. Su ausencia, sus mensajes cortos, las veces que está en línea por las noches y no llega ningún mensaje, su preciosa y simpática compañera de trabajo...

—¿Qué? —escucho que pregunta Hugo.

—¿Cómo que qué? —lo imita Jess con reproche—. ¿Es que ahora eres un insensible? Podías haber sido más sutil.

—Joder, Jessica, solo he dicho lo que pensaba.

—Ah, ¿pero lo has pensado y todo? —lo regaña muy afectada.

Hugo parece no escucharla y se mueve para ponerse frente a mí, dándole la espalda a ella, que lo mira achinando los ojos.

—¿Cuánto tiempo hace que no habláis? ¿Desde cuándo no os veis?

¿Cuándo fue la última vez que te demostró su interés?

Dejando a un lado los días de la muerte de tu tía, claro.

—Sé que espera una respuesta, pero no puedo dársela ya que no la tengo.

Sus preguntas me han pillado por sorpresa y, por encima de su hombro, puedo ver que a Jessica también.

Viendo que no respondo, Hugo suelta un bufido—. ¿Cuánto hace que no folláis?

—Pero Hugo... ¡¿A qué viene esa pregunta?! —exclama Jessica indignada. Pone una mano en el hombro de nuestro amigo y lo obliga a girarse, luego me mira a mí—. Ava, no respondas si no quieres.

Hugo la mira boquiabierto y frunce el ceño.

—¿Ahora nos escondemos cosas? Ni que fuera la primera vez que hablamos de algo así.

En eso tiene razón, siempre nos lo hemos contado todo. No hay algo en la vida de uno de nosotros que no sepamos y sé que lo que Jess acaba de decir lo ha ofendido. Quiero decirle que no le oculto nada, pero él no me da lugar.

—Mira, bombón, te lo he preguntado porque después de lo que nos cuentas no puedo pensar en otra cosa. Si no se acerca a ti, ni se preocupa por ti y ni siquiera os acostáis, puede ser porque otra persona esté ocupando sus atenciones.

Ni quiero ni pienso darle la razón, aunque todas sus conclusiones no me hagan pensar en otra cosa que en dársela. No quiero porque no puede ser. No puede ser verdad que Marcos esté poniéndome los cuernos. No... porque como así sea, ¡lo mato! Uy, que si lo mato, ¡y me recreo en hacerlo!

Me masajeo la sien para que los malos pensamientos se vayan de mi mente porque si no podría explotar de un momento a otro. Confundida, miro a mis amigos que a su vez me miran a mí y, sin decir una palabra, me voy a la cocina.

Por el camino escucho a Jess echándole la bronca y Hugo le responde algo, pero como ya estoy abriendo el frigorífico no consigo entender con claridad qué dice.

Decido calentar en el microondas un poco de leche con miel y, tras esperar a que termine, le doy un sorbo que me sienta de maravilla.

Mientras la tomo, sigo oyendo el alboroto que mis amigos tienen montado en el salón; pero, al hacerse de pronto el silencio, no puedo evitar fruncir el ceño.

Igual que cuando los niños pequeños se quedan callados de golpe, hay que echarse a temblar si mis niños adultos también lo hacen. Algo traman, seguro.

Estoy a punto de ir al salón para averiguar por qué se han quedado mudos, pero me interceptan en la puerta de la cocina.

No puedo hacer otra cosa que sonreír en cuanto Hugo me abraza y automáticamente desaparezco entre sus brazos porque es más alto que yo.

Aunque, a decir verdad, no es difícil ser más alto que yo.

—Lo siento, no quería ser un troglodita.

Encantada, lo aprieto con más fuerza y noto como Jess se acerca y abraza a Hugo por detrás, quedando este entre las dos. Eso me hace reír porque sé lo que va a ocurrir. No pasan ni dos segundos, cuando Hugo empieza a removerse incómodo entre nosotras.

—Eh, chicas, ¿podéis soltarme?

Tras soltar una risotada, Jessica y yo hacemos lo que nos pide. Hugo se agobia con facilidad cuando le agarran las manos, los pies o alguna extremidad y no puede moverse. Siempre que alguien se entera de su fobia, le cuesta creer que un hombre tan alto y fuerte pueda tener un miedo así.

—Que no cunda el pánico, Hugo.

Tras decir eso, mi teléfono suena y, al ver que se trata de mi madre, levanto un dedo para disculparme y coger la llamada.

—Hola, mamá —digo apoyándome en la encimera.

—Hola, cariño, ¿qué tal el día? ¿Mucho trabajo?

—Muy bien, la verdad es que sí. Hoy he tenido toda la mañana ocupada y ahora están aquí los chicos.

—Me alegra que te distraigas. Diles hola de mi parte.

Hago lo que mi madre me pide y durante un rato hablo con ella de un sinfín de cosas que me sacan una sonrisa y, de inmediato, los echo de menos. Hace una semana que no los veo, por lo que propongo:

—En cuanto tenga una mañana libre, voy a casa para almorzar.

Mi madre suspira y escucho que se mueve.

—No te preocupes, cariño, tu padre y yo sabemos que estás muy ocupada.

Pongo los ojos en blanco, ella como siempre me excusa y yo sé que no lo merezco.

—Lo sé, pero quiero veros, charlar con vosotros y saber cómo estáis.

—Estamos bien, tu padre algo cansado del trabajo y yo esta semana haciendo horas extras en el hospital.

Suena tan agotada que su cara, a juego con su voz, se instala en mi mente y es lo único que veo.

Les he dicho mil veces que se tomen un respiro, por muy mal que pueda sonar, pueden permitírselo.

Hace años que la familia de mi padre es inversora y, gracias al esfuerzo y constancia de él para que esas inversiones no decaigan, siempre hemos tenido un buen patrimonio.

Además, ellos, por otra parte, continúan trabajando para que el dinero siga llegando a casa.

—Mamá, vuelvo a repetirlo, creo que deberíais coger unas vacaciones o dejar el trabajo. No os hace falta, pero algo de tranquilidad, sí.

Como siempre que lo digo, mi madre no está de acuerdo conmigo.

—Y yo te repito a ti que el dinero se acaba en algún momento y que tu padre y yo somos jóvenes para dejar de trabajar. Además, ¿qué te he dicho siempre de conseguir nuestros objetivos y tener un futuro sólido? Un trabajo te da estabilidad y experiencia entre muchas otras cosas.

Lo sé y le doy la razón. Yo misma me veo incapaz de estar metida en casa chupando del bote, pero solo quiero lo mejor para ellos. Pero sé que esta batalla está ganada y no por mí precisamente, así que me limito a cambiar de tema.

—Oye, ¿has llamado para alguna otra cosa?