Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Cuando me subo al coche y mi padre lo pone en marcha, no me apetece hablar.

Todo el viaje hasta casa me lo paso recordando a mi tía e imaginando mi vida sin ella.

Escucho cómo hablan, incluso en algún momento me parece oír que me nombran, pero no digo nada, continúo mirando por la ventanilla hasta que la casa de mis padres aparece ante mis ojos.

En el salón lo que predomina es el olor a chimenea y los susurros de las pocas personas que somos.

Cuando me contaron que querían hacer una pequeña reunión con la familia y amigos cercanos lo acepté porque sé que a mi tía le encantaba estar acompañada.

Pero no sabía que dentro de la palabra familia entraba Sandra, la hermana pequeña de mi madre biológica que no ha querido saber nada de nosotros desde hace años.

Por lo visto, eso de abandonar y desaparecer va en los genes.

Observo su comportamiento y me altera verla todo el tiempo sonreír con descaro detrás de la pantalla de su móvil, si no fuera por el lugar y la situación en la que estamos le cantaría las cuarenta.

Mi gesto se suaviza en cuanto mis ojos se pasean por la sala y capto a las mejores amigas de mi tía, que tienen una carita de pena que me duele hasta el alma.

Después, veo a Hugo y a Jess hablando con todos los presentes y volcándose para que estén cómodos.

Mi madre está en el sofá frente a la chimenea, sentada al lado de mi padre, hablando con un vecino.

Y Marcos, apoyado en la ventana con una taza en las manos, me sonríe con cariño.

Echo tanto de menos que estemos bien que su comportamiento me está afectando más de lo que debería, teniendo en cuenta que hace unos días quería romper con él.

Le estoy dando vueltas a mi vida amorosa cuando a Sandra se le cae el teléfono de las manos y llama la atención de la mayoría.

Ni siquiera sé que siento por ella, pero, desde luego, cariño no es.

Apenas la conozco. Mi familia es tan perfecta para todos, pero tan imperfecta en la intimidad que me entristece.

Mi madre biológica nos abandonó cuando era una niña, Sandra no quiere saber nada de nosotros, mi tía acaba de morir, los padres de mi madre murieron hace años y con mi padre hace mucho que no estoy tan unida como antes.

Lo que dañó nuestra relación fue mi ingreso al internado cuando tenía seis años.

En la zona de Madrid —que es de caché y pijerío— donde he vivido siempre hasta que me emancipé, tienen como moda matricular a los niños en el internado más codiciado hasta que empezamos la universidad.

El maravilloso edificio tiene colegio e instituto.

Mis primeros días fueron un asco hasta que conocí a Jess, con la que tuve una fuerte conexión desde el momento en que compartimos unas risas.

Conocerla a ella me llevó a conocer a Hugo, que en ese entonces era jugador del equipo de fútbol del internado, lo que nos hizo conocer a Marcos.

Y, aunque este no congenió del todo con ellos, quedábamos para salir y estudiar juntos.

Desde el momento en que nos conocimos nunca nos separamos y todo cambió para mí.

Aunque me queje de haber tenido que pasar la infancia y la adolescencia en el internado tengo que admitir que me vino muy bien para los estudios; y Jessica, Hugo, Marcos y yo estábamos entre los mejores estudiantes.

Como siempre, he sido una gran aficionada a la fotografía y me decanté por ello.

Además, hablo varios idiomas. Sin embargo, aunque tenga un currículo académico extraordinario, no puedo olvidar que tan solo siendo una niña volvía a casa en vacaciones y solo algunos fines de semana.

—Gracias por todo —digo a Hugo y a Jess, que se han colocado de pie delante de la chimenea para calentarse—. No sé qué haría sin vosotros.

Estamos así, acurrucados y en silencio durante un rato, hasta que alguien reclama a mi amigo en la cocina. En cuanto se marcha seguido por Jessica, Marcos se acerca a mí.

***

Cuando los invitados empiezan a marcharse, estoy exhausta. Necesito meterme en la cama y descansar, pero eso no hace que me niegue a ayudar a recoger. Por suerte, en menos que canta un gallo lo tenemos todo limpio.

Estoy metiendo los vasos en el lavavajillas cuando escucho a mi madre invitar a Marcos y mis amigos a cenar, pero todos rechazan la invitación porque trabajan al día siguiente.

La vida sigue y ni siquiera la muerte de un ser querido la detiene.

Después de despedir a mis amigos con abrazos, besos y algunas risas, toca hacerlo con Marcos. Lo acompaño hasta la puerta y me dejo abrazar con fuerza hundiendo la cara en su pecho.

—Intenta descansar, lo necesitas —dice con los labios pegados a mi pelo. Noto el calor de su aliento sobre él, pero no me muevo.

Cierro los ojos y disfruto de lo bien que me encuentro entre sus brazos. Hacía tanto que no estábamos así... Lo estrecho un poco más y después me separo, tengo que dejar que se vaya.

—Me encanta cuando eres cariñoso. Gracias por haberme acompañado estos días.

No sé por qué, pero en cuanto suelto esas palabras algo me atenaza el cuerpo. No quiero ser malpensada, pero tampoco puedo obviar que llevo días pensando en que Marcos volverá a estar distante antes de que me dé cuenta y todo volverá a ser como antes.

—Eh, sabes que siempre me tendrás.

Me retira con dulzura un mechón de pelo que cae sobre mi cara y me besa con cuidado; la verdad es que no puedo sentir otra cosa que no sea una despedida.

Veo como el coche de Marcos desaparece en la carretera y cierro la puerta con llave.

Voy a mi antigua habitación, la cual está como la dejé, y entro en el cuarto de baño.

Abro el grifo y empiezo a desnudarme, después de regular la temperatura, me meto en la bañera y dejo que el agua caliente acaricie mis penas.

Cierro los ojos, notando cómo mis pies helados por el frío se sienten hervir cuando el agua hace contacto con ellos.

Dejo que las lágrimas salgan y se mezclen con la espuma.

Lo hago hasta que me siento un poco mejor y salgo de la bañera para secarme.

Como un autómata me pongo el pijama y me meto en la cama.

Mañana será otro día.