Capítulo 7
Ha pasado una semana y la ausencia de mi tía es horrible.
Añoro nuestras charlas, nuestros paseos comiendo pipas y nuestras tardes de dulces y café.
Incluso, a veces, cuando me suena el móvil, corro para cogerlo con la esperanza de que su nombre aparezca en la pantalla, aun sabiendo que eso no volverá a ocurrir.
Al cabo de unos días, mis padres y yo decidimos ir a su piso para recoger sus pertenencias y todas las que no pudimos quedarnos las donamos a una organización para personas sin hogar.
Por fin he retomado mi trabajo y me he volcado en él, algo que me ha sentado muy bien porque la mayor parte del tiempo me olvido de mis problemas. Además, las horas que he tenido libres las he pasado con Jess y Hugo, a pesar del cúmulo de responsabilidades que tienen ambos.
Y Marcos, bueno... Lo último que he sabido de él ha sido un mensaje de hace cuatro días.
No lo he vuelto a ver desde el entierro, su mensaje decía: «Tengo mucho trabajo hoy».
Tampoco me sorprende, algo en mi interior me decía que todo volvería a ser igual de desastroso que antes.
No le he vuelto a escribir porque quiero que sienta mi orgullo y sepa que no me voy a arrastrar por nadie que pasa de mi culo.
Me jode, me entristece y me enfurece todo esto.
¿Qué clase de persona, que supuestamente ama a otra, no le escribe durante días, ni la llama ni se preocupa por ella? No se trata de estar hablando las veinticuatro horas del día, pero un «¿Qué tal?» o un «Tengo ganas de verte» vienen bien en una relación. No sé, llámame loca.
Y pensar que me había replanteado romper con él. ¡Ja! Ahora tengo más claro que el agua que, en cuanto vuelva a verlo, ¡lo dejo!
***
Los días siguen pasando y gracias al trabajo consigo olvidarme un poco de la ausencia de Marcos, del que no sé nada desde hace casi dos semanas.
Esta mañana he recibido a una madre y a hija para hacerle un reportaje a la peque, una niña de tres años con el pelo rubio como el sol y los ojos azules como el océano.
Estoy detrás de la cámara intentando capturar sus mejores poses cuando empieza a berrear.
Pese a que su madre se queja por ello, yo entiendo a la cría.
Lleva casi dos horas sentada en el mismo silloncito esperando de manera pacífica a que su madre decida cuál es la mejor foto. En algún momento tenía que explotar.
Agobiada por el propio agobio de la niña, dejo la cámara en una mesa libre que tengo a mi lado y la cojo en brazos para que se tranquilice. Adoro a los niños pequeños, son tan regordetes, alegres y achuchables...
—Princesita, ¿no quieres hacerte más fotos? —Doy un par de vueltas con ella en brazos y no tarda ni dos segundos en carcajearse. Qué sonido más hermoso—. Vamos, tesoro, ya queda poquito.
Mis palabras parecen calmarla y vuelvo al trabajo, sonriente. Una hora más tarde, se entretiene manchándose la boca con una piruleta roja mientras su madre revisa las fotografías en mi ordenador.
—Estas fotos son preciosas, Ava. No sé cuál elegir. Haces un trabajo magnífico —señala la madre con una sonrisa de oreja a oreja.
Me encanta escuchar los halagos de los clientes. Puede sonar muy presuntuoso, pero es que saber que mi trabajo alegra y gusta a los demás es una de las cosas más gratificantes del mundo. Yo fotografío y ellos se van felices, por eso cuando me dicen lo bien que lo hago, ¡me lo creo!
—Muchas gracias. Me alegra mucho que te gusten —respondo contenta mientras paso las imágenes.
—Tienes que montar un estudio más grande —suelta ella mientras hace muecas a las fotos—. Estoy segura de que se llenaría.
La miro y pienso en ello. Llevo tiempo queriendo hacerlo, pero no es algo fácil.
Los locales que he visto hasta ahora son muy pequeños o demasiado grandes o no tienen ventanas; otros, demasiada luz...
Por más que busco no encuentro el lugar idóneo.
Me levanto de la silla y me separo un poco para observar el espacio de la habitación en la que estamos.
Es la que usaba para los invitados y que he redecorado para que parezca un estudio de fotografía.
—Créeme que está en mi lista de deseos, pero por ahora tiene que seguir aquí. No es una buena época para montar un negocio y no encuentro un local que me llene, por lo cual tengo que posponerlo.
Ella no dice nada más y me regala una sonrisa a modo de respuesta antes de echarle un último vistazo a las instantáneas.
No puedo evitar poner los ojos en blanco cuando no me ve, llevamos horas así.
Gracias al cielo, escoge las fotos y el álbum en el que las vamos a plasmar, coge a su hija en brazos y sale de mi casa.
¡Bendito seas, silencio!
Antes de que se haga más tarde me pongo a recoger el decorado y todo lo que he utilizado para este reportaje y coloco lo necesario para el que tengo mañana por la mañana.
Una vez está todo listo, voy al cuarto de baño y lleno la bañera con agua caliente.
Cuando está hasta arriba, le echo unas bolas de esas efervescentes que compré por internet y me meto, aunque no sin antes poner en aleatorio mi lista de canciones en el móvil.
No puedo ducharme sin música. De inmediato, suena Coldplay y sonrío entrando en la bañera.
Qué gustazo el agua caliente en el cuerpo helado.
Estoy a punto de echar humo por el contraste de temperatura.
Me deslizo y apoyo la cabeza en el borde, con el agua cubriéndome hasta el cuello.
Lo necesito, estoy tan estresada por todo lo que está pasando que llevo todo el día con los músculos en tensión.
Cierro los ojos, dejo la mente en blanco para ver si así me lleva a la tranquilidad que necesito en estos momentos.
Entonces, un pitido suena y me alerta de que tengo un mensaje.
Con el ojo izquierdo un poco abierto miro hacia la mesa auxiliar que tengo pegada a la bañera donde se encuentra mi teléfono.
Le doy varios segundos para que vuelva a sonar, porque si no lo hubiera hecho no lo habría cogido.
Me seco las manos en la toalla que tengo también sobre la mesita, bajo la barra de notificaciones y veo que se trata de mi grupo de WhatsApp «Los canallas».
Río al recordar de dónde viene el nombre.
Todo empezó una noche de fiesta en el bar que solíamos frecuentar los fines de semana —digo solíamos porque nos prohibieron la entrada— en la que Hugo, después de atiborrarse a chupitos, acabó bailando semidesnudo sobre la barra.
Para obligarlo a bajar, Jess y yo nos subimos también.
Cuando los camareros nos vieron, no dudaron en llamar a los porteros y estos nos echaron a la calle.
Afuera, había una señora —con el pelo lleno de rulos de colores, una bata verde con el lazo tan apretado que parecía una lechuga atada, y unas zapatillas de estar por casa con su taconcito— paseando a su chihuahua.
En cuanto vio la escena nos llamó canallas y nos soltó mil improperios más que seguramente habría aprendido en alguna telenovela de las tardes.
Cuando me dispongo a leer los mensajes, leo que Jessica ha comentado en el grupo un cotilleo y es que la hija de una mujer del barrio, muy señoritinga ella, se ha quedado embarazada y no sabe quién es el padre.
Me imagino a mis dos amigos tirándose pullitas mientras una defiende chismorrear y Hugo le reprocha que es una cotilla.
Los puedo ver gritar en mi cabeza como si los tuviera delante.
Jessica es la típica mujer de veintiocho años con la cabeza bien amueblada y un futuro en el que tiene claro qué va a conseguir.
La primera impresión que obtienes de ella es de insolente porque siempre tiene ese labio superior hacia arriba, y lo más gracioso es que ni ella misma se da cuenta de que te está mirando así.
Pero es la mejor amiga del mundo, siempre que estás triste, viene e intenta consolarte, apoyarte y mimarte.
Después está Hugo. Es el típico tío en el que, con solo mirarlo a los ojos, puedes ver amor, cariño, fiestas, locura. Y cuando lo conoces, eso mismo es lo que te ofrece. Hugo es lo que ves, ni más ni menos. Siempre es muy protector con nosotras y lo adoramos.
Aún recuerdo cuando éramos unos adolescentes y se interponía en todas las citas que Jessica y yo íbamos a tener.
Les decía a los chicos que éramos sus hermanas pequeñas y que, si se acercaban a nosotras, se la verían con él.
A pesar de que nos las jorobaba, nosotras no podíamos estar más de cinco minutos enfadadas con él y acabábamos perdonándonos entre risas.
Siempre me he sentido afortunada de tenerlos en mi vida.
A mí, que también me encanta un cotilleo, me sumerjo en la conversación que están teniendo mis amigos y no me contengo en hacer preguntas para sacar información.
Nos llevamos un buen rato hablando del tema hasta que Hugo pregunta qué estamos haciendo.
Yo, que lo conozco demasiado bien, respondo con una sonrisa en los labios:
Ava: Me estoy dando un baño que me está sentando de maravilla .
Como esperaba, Hugo no tarda en intervenir:
Hugo: ¿Con esas bolas de colores que compramos por internet?
Asiento, aunque no puede verme, y tecleo.
Ava: Ajááá.
Mi teléfono no tarda en volver a sonar entre mis manos.
Hugo: Buaah, voy a darme uno de esos ahora mismo. Hasta mañana, bomboncitos.
Jess: ¿Ya te vas?
La pobre Jessica se ha quedado a mitad de otro cotilleo. Divertida, porque me estoy imaginando su cara, le respondo:
Ava: Ni siquiera creo que vaya a leer estos mensajes. Después de su
bañito cae desplomado en
la cama. Y yo lo haré en
cuanto salga de la bañera. Hasta mañana, guapetona.
Antes de dejar de nuevo el teléfono sobre la mesa, veo que Jess ha respondido.
Jess: A la mierda el cotilleo. Buenas noches, mis dioses.
Sonriendo, salgo de la bañera mientras esta se va vaciando y me seco un poco el pelo con una toalla antes de enrollarla en él. Muerta de frío, me pongo deprisa mi pijama y voy directa a mi habitación, donde me coloco delante del espejo para echarme una crema en la cara.
Conforme abro el bote y me echo pinceladas del líquido pastoso en el rostro para extenderla con delicadeza, observo las ojeras que se han implantado en mis ojos desde hace semanas. Y, sin poder evitarlo, le echo un vistazo al resto de mi cuerpo. El cual, según mi padre, es igualito al de mi madre.
Mi piel no es muy oscura, por lo que las ojeras parecen dos puñetazos dados con ganas.
Ni que decir tiene que mi melena de color negra las hace resaltar aún más.
Hace años, mirando una fotografía de mis padres, confirmé que mi estatura —no muy alta— y mis curvas son de mi madre biológica.
Sin embargo, mis ojos son del mismo color gris que los de mi padre.
Mi mirada sube por mis piernas y no sé por qué, pero se detiene en mis pechos.
Esos que están escondidos debajo de la camiseta del pijama.
Ya podría haberme dejado mi madre esa herencia, pero ni eso pudo.
A pesar de lo que pueda pensar a veces de mis pechos, no es que les tenga mucha tirria.
Aunque son pequeños, están en buena posición y puedo sacarles un partido que da gusto.
Resoplo, porque no me gusta cómo me estoy viendo.
Corroboro, una vez más, que necesito un cambio en mi vida, el cual empieza sin Marcos.
Luego, sigo extendiendo con delicadeza la crema sobre mis mejillas, la frente y la barbilla, con movimientos suaves y circulares.
Cuando acabo, me voy a la cama y me tapo hasta arriba con las mantas.
Estoy dispuestas a apagar la luz de mi mesilla de noche, darme la vuelta y soñar con los angelitos, pero algo en mi interior me obliga a coger mi teléfono y mirar el chat de Marcos.
Enseguida veo que está en línea, ¿me escribirá?
Aunque esté muy cabreada con él y quiera dejarlo, no puedo obviar todos nuestros años de relación.
Como una pánfila espero que lo haga, pero no ocurre, y eso solo hace que quiera tirarle el móvil de canto en toda la cara.
¡Será cabronazo! Mi idea es pasar de él, pero como es de prever, no me puedo estar quietecita y, para cuando me doy cuenta, ya estoy releyendo los últimos mensajes que nos escribimos.
Soy masoquista, ¡qué le voy a hacer!
Leo varias veces mi absurdo mensaje en el que le pregunto dónde está, sintiéndome una idiota, y su respuesta donde me dice que está ocupado. Malhumorada y con ganas de dar un par de gritos, me obligo a dejar de una vez el dichoso teléfono móvil en la mesilla y descansar, lo necesito.
Y, sin más, me quedo dormida pensando en el idiota de Marcos.