Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Por la mañana, como me habían prometido, todos aparecen en mi casa para hacernos compañía. Por un instante me siento bien.

Cuando llega la hora, vamos al tanatorio.

Entramos en la sala donde, al fondo, se encuentra mi tía y observo cómo mis padres se acercan al cristal que los separa de su frío cuerpo.

Yo decido no ir, prefiero recordarla con su mejor vestido, sus labios de color rosa y sus chispeantes ojos oscuros.

No mucho tiempo después, el sonido de la puerta al abrirse me hace mirar hacia arriba y observo cómo empieza a entrar gente para consolarnos.

Se acercan a nosotros, nos abrazan y besan para demostrar sus condolencias.

Los más cercanos se quedan a nuestro lado durante varias horas, hablando y contando las innumerables vivencias que han compartido con mi tía.

Yo me alegro de oír lo feliz que ha hecho a todo aquel que ha tenido el privilegio de conocerla.

La cabeza me da vueltas y estoy un poco agobiada aquí sentada.

No me he movido desde que he llegado y mi cuerpo se ha zarandeado tantas veces por los abrazos y besos de los demás que cuando esté en la cama me dolerán todos los músculos.

Para despejarme, salgo a la puerta y no puedo evitar sorprenderme al ver que el cielo está negro.

Aunque tampoco debería extrañarme tanto, ha llegado tanta gente y hemos hablado de tantas cosas que es bastante normal que se me haya pasado tan rápido.

Sobre las nueve de la noche todo el mundo empieza a marcharse y poco antes de las diez solo quedamos mis padres, mis amigos, Marcos y yo.

Como el entierro será mañana, queremos hacer una pequeña reunión familiar como despedida, por lo que decidimos irnos a casa.

Junto a nuestros coches, Hugo y Jess me abrazan y se despiden de nosotros.

Para venir hemos usado el coche de Marcos y con él nos vamos a casa de mis padres. Esta noche dormiremos allí y organizaremos todo lo del día siguiente.

***

Casi media hora después de un denso tráfico, llegamos por fin a la casa donde me he criado.

En cuanto pongo un pie en el amplio salón, la nostalgia me golpea como un boxeador a su mayor contrincante.

Es la primera vez que me pasa desde que no vivo aquí, que no es poco tiempo, ya que llevo cuatro años viviendo sola.

Inspecciono el lugar como si fuese la primera vez que entro y, de inmediato, miles de bonitos recuerdos llenan mi cabeza y, aunque siento cómo una lágrima rueda por mi mejilla, sonrío.

No estoy preparada para hacer frente a no volver a verla.

Antes de irnos a dormir, Marcos y yo nos quedamos en el salón a solas, nos hace falta.

Nos acurrucamos uno junto al otro bajo una manta y disfrutamos del silencio de la noche.

Su mano me hace cosquillas al acariciarme con los dedos el cuero cabelludo y los ojos se me empiezan a cerrar cuando su masaje se prolonga más de la cuenta.

Creo que doy una cabezada porque Marcos se detiene y me hace levantar para irnos a la cama. Voy casi dormida y cogida de su mano por el pasillo en el momento en que mi padre nos detiene.

—Ava, lo que nos ha dado tu tía para ti te lo entregaremos a la hora de leer el testamento, ¿de acuerdo?

Así nos lo pidió ella. —Asiento, si así lo quería, así será.

Entonces sus ojos viajan desde mi cara hasta Marcos, a quién sonríe con cariño antes de hablarle—.

Gracias por quedarte con mi hija, muchacho, significa mucho para nosotros.

—Sabes que no es nada, estoy aquí porque la quiero a ella y a vosotros.

Mi padre vuelve a sonreír y, tras poner su mano en el hombro de Marcos, se aleja con el rostro cargado de pena.

Cuando desaparece en la oscuridad del pasillo, miro a mi novio con cara de bobalicona, lo que ha dicho ha sido muy bonito.

No sé qué le pasa, pero lleva dos días muy romántico y cariñoso.

No se separa de mí ni un segundo y está siempre dispuesto a complacerme.

Me parece tan bonito que no quiero pensar que actúa así por lástima.

Como sus palabras me han llegado al corazón y son justo lo que necesito en estos momentos, me acerco a él, que ya lleva un rato observándome, y le rodeo la cintura con los brazos.

—Es muy bonito eso que has dicho. —Me pongo de puntillas, porque es más alto que yo, y le doy un ligero beso en los labios—. Yo también te quiero.

—Lo que he dicho es lo que siento. Lo eres todo para mí, Ava.

Nos abrazamos durante un rato y, con sus brazos sobre mis hombros, nos vamos a mi habitación. Estoy tan cansada que lo más probable es que, en cuanto mi cuerpo haga contacto con las sábanas, me quede frita.

***

A las ocho de la mañana ya estamos en el gran comedor de la casa de mis padres. Con tranquilidad, tomamos el delicioso desayuno que ha hecho mi madre y charlamos hasta que llega la hora de marchamos al tanatorio. Desde allí iremos al cementerio y después regresaremos aquí.

Cuando llega la hora de despedirnos de mi tía, todos los presentes estamos en silencio. Me detengo unos segundos para observar a todos los que nos están acompañando y me alegro muchísimo de que tanta gente la quiera. Estoy segura de que su recuerdo perdurará en nosotros toda la vida.

Con las manos metidas en los bolsillos de mi abrigo, miro el cielo, que está gris y advierte que caerá una buena. Me mantengo a un lado, observando como las nubes se mueven despacio y tapan el poco sol mientras todos empiezan a dejar flores sobre la tumba antes de marcharse.

Cuarenta minutos después, tras pedirle a mi familia que me espere en el coche, me acerco a la tumba de mi tía y dejo sobre ella una bonita rosa blanca.

—Hasta siempre, mi preciosa y maravillosa tía. Te querré toda mi vida.