Capítulo 4
Llevo tres horas encerrado en este restaurante, aguantando preguntas entrometidas de las mujeres de los socios de mi padre y los comentarios inoportunos de Donald.
Ocho horas de trabajo en el hospital son más amenas que esto.
Solo quiero irme a mi casa, quitarme este traje y meterme en la cama para descansar.
—¿Serás capaz de llevar a cabo todo lo que llevan tu padre y Donald? —pregunta Spencer, otro pez gordo al que no tolero y al que le gusta meter las narices donde no le llaman.
Sonrío un poco, tengo que poner buena cara ya que esta gente vive de eso. Creo que si alguien le hace un gesto de desagrado a alguno, se podría desmayar aquí mismo. Voy a responder cuando me interrumpen.
—Para eso queda mucho, quizá ni se lleve a cabo. Las cosas y costumbres cambian con los años.
Donald se coloca delante de nosotros, nos mira de manera arrogante y fabrica una sonrisa antes de beber de la copa de champán que lleva en la mano.
Hago un gesto de desagrado, no puedo evitarlo, es lo que siento hacia ese hombre.
Él quiere que la dueña del hospital sea su hija y que del único modo en el que yo tenga el mando sea porque me case con ella.
Mi padre, en cambio, quiere que lo sea yo, ya que el primer dueño del hospital fue él hasta que decidió venderle la mitad a su querido amigo Donald.
Estamos en un tira y afloja entre familias que está rompiendo todo el vínculo amistoso que antaño pudo haber, y todo por la codicia de ese impresentable que no hace más que presionarme para que firme un acuerdo donde acepto alargar el matrimonio con su hija durante tres años, después de eso y de forma automática, Donald me cede su parte.
—Hijo, ¿por qué no me acompañas un segundo a la terraza? —pregunta mi salvador.
Me bebo el último trago de mi vaso, lo dejo sobre la mesa y, sin despedirme, sigo a mi padre como me ha pedido.
Todos nos saludan y nos detienen por el camino desde la barra hasta la calle, pero esta vez de manera más sincera.
Observo a mi padre desde atrás. Es alto, de cabello canoso —aunque hace algunos años era oscuro—, de complexión erguida y apariencia seria. Básicamente soy su reflejo.
—Cada día tolero menos a ese hombre, ojalá lo hubieras conocido cuando no estaba corrompido por el dinero y la fama.
Mi padre saca una cajetilla de tabaco del bolsillo y se enciende uno.
Exhala con ímpetu y deja escapar el humo entre la nariz y la boca.
Estoy cansado de decirle que no fume, hace unos años sufrió un infarto y él, mejor que nadie, sabe que no puede, pero solo me ignora.
Me apoyo en la baranda de escayola de la terraza y cruzo los brazos en el pecho, desde donde estoy puedo ver a través del ventanal a mi pareja bailar con otros hombres. Ojalá sintiera algo.
—No me cansaré de decírtelo, déjala y sé feliz. Así ella también lo será.
Le cuento todo a mi padre, ya sea laboral o personal, es el único apoyo y figura paternal que tengo.
Solo estamos él, mi hermana, mis sobrinos y yo, y desde que soy un adolescente es mi confidente.
Bueno, quizá, todo no. Está al corriente de mi situación con Crystal, pero no sabe qué ocurrió en el pasado ni cómo me chantajea su padre, no quiero que se disguste más de lo debido y sufra otro infarto, ya es suficiente con que él se dé cuenta de lo poco que vale Donald, de lo ruin que es.
—Estamos bien, solo tenemos problemas de pareja, nada más —miento, no quiero hablar más de la cuenta.
—Hijo —suspira y apaga el cigarro en un cenicero de pie que hay a su lado—, hace mucho tiempo que no estáis bien.
No la quieres, lo aprecio en tu actitud y tu mirada.
Y al igual que lo noto yo, lo nota ella.
Si no lo haces ahora, lo harás cuando se te cruce la mujer que te haga perder la ca beza, la que te haga replantearte todo este numerito.
Esa mujer te abrirá los ojos y te darás cuenta de que el amor es imprescindible en todo el mundo, es lo que mueve las acciones y actitudes de las personas.
Lo único que te hace cometer una locura de la que no te arrepentirás jamás.
Lo miro negando con la cabeza, no creo que haya una mujer que tenga ese efecto en mí. Nunca la ha habido y nunca la habrá. Mi padre sonríe muy en desacuerdo conmigo, lo veo en sus ojos. Me da un golpecito en la espalda y se marcha al interior del restaurante.
Me quedo un rato fuera, acompañado por el frío de enero, pensando en lo que mi padre me ha dicho hace un instante. Al final tengo que sonreír, pues me hace mucha gracia que piense que una mujer puede hacer que pierda la cabeza.