Capítulo 3
La voz apagada y triste de mi padre resuena en mis oídos como el tictac de un reloj, y la imagen de mi madre, llorando desolada, se reproduce en bucle.
¿Qué ha podido pasar para que estén así?
Verlos de esa forma me ha pillado por sorpresa y por más que intento buscar qué ha causado tal desolación en mis padres, no encuentro nada.
No hemos tenido malas noticias últimamente; a mi padre le va bien el trabajo, el estudio que he montado en mi piso parece ir viento en popa y mi madre no ha mostrado indicios de que estuviera ocurriendo algo.
Quiero hablar, de verdad que quiero, pero no me atrevo. Las palabras están ahí, empujando en mi garganta para ser liberadas, pero no salen. Estoy tan asustada aun sin saber qué ha ocurrido que el corazón se me va a salir del pecho de un instante a otro.
Cuando Marcos pone su mano sobre mi hombro, agradezco bastante que esté conmigo en esta situación tan extraña.
Me ha hecho recordar todos los momentos en los que he tenido su apoyo y cariño, y me siento afortunada.
Pero ese sentimiento de paz se convierte en inquietud en cuanto Marcos me da un apretoncito en el hombro.
Sé que tengo que decir algo, los tres están a la espera.
—¿Qué es lo que pasa? —Mi voz apenas es un susurro, pero mi padre me ha escuchado a la perfección.
—Por favor, cariño, siéntate. Será mejor que te lo contemos mientras lo estás.
Un frío terrible recorre todo mi cuerpo, desde la columna vertebral hasta la nuca, y siento un pellizco en el estómago.
Estoy nerviosa, angustiada, tanta intriga me está matando.
A pesar de querer hacerlo, no me muevo, mis pies están pegados al suelo.
Tengo que hacer un esfuerzo enorme para que mi cuerpo responda a mis órdenes y pueda sentarme de una vez.
Mi padre está frente a mí con mi madre a su lado, él le acaricia el hombro y la abraza pegándola a su costado.
Verlos así me encoge el corazón, no puedo esperar ni un segundo más para saber qué ocurre.
Cuando los ojos de mi padre se mueven hasta mí, le hago un gesto de impaciencia para que empiece a hablar antes de que me dé un paro cardíaco o algo por el estilo. Me sudan las manos una barbaridad y la nuca la siento helada.
Mi padre deja de acariciar a mi madre y centra toda su atención en mí, sus ojos me dicen que lo que tiene que contar es importante.
¿Pero qué es? De pronto, mi madre se seca las lágrimas y se inclina hacia mí, tiene la intención de hablar ella, pero el llanto no la deja así que es mi padre quién lo hace.
—Siento muchísimo lo que tenemos que contarte... acabamos de enterarnos. —Suspira y su pena se instala en mí—. Venimos del hospital y nos han dado una noticia horrible. —Mi corazón empieza a bombear a mil por hora y se me seca la boca—. Ava, la tía María ha muerto.
¡Oh, Dios mío! Esto no puede estar pasando. Me falta el aire, siento como si la garganta se me hubiera cerrado y la presión que tengo en el pecho es insoportable. En cuanto las palabras han salido de entre los labios de mi padre, el mundo se me ha venido abajo.
Mi madre sigue llorando, agobiándome y logrando que llore con ella.
Veo borroso cómo Marcos se arrodilla frente a mí y me abraza, sin importarle lo más mínimo que empape su camiseta con mis lágrimas.
Me dejo abrazar, dejo que sus brazos me envuelvan y me acunen.
Aspiro su aroma y hundo la cara en su pecho; pero, de pronto, una rabia inmensa me atraviesa al no sentir nada entre sus brazos.
¿Será por el shock de la noticia? Espero que sí.
La tía María o tía Mari, como solía llamarla, no volverá a llamarme para saber cómo me va en el trabajo, ni volverá a contarme sus locuras en los viajes que haga con sus amigas, ni tampoco me dará más consejos, ni volveremos a vernos jamás...
Un dolor desolador me presiona el pecho y el llanto casi me ahoga, las lágrimas se acumulan en mis labios cerrados y no puedo respirar.
Duele, duele muchísimo. Noto mi cuerpo pesado cuando me levanto para abrazar a mis padres, ahora entiendo porque están así; la tía Mari era muy importante para todos.
Era la tía de mi madre biológica, Ana, que al abandonarnos a mi padre y a mí cuando yo tan solo tenía dos años, nos cuidó y nos dio su amor.
La familia se amplió al llegar Sonia, quien ocupó el lugar de madre que Ana rechazó tiempo atrás.
Sonia me mimaba, y sigue haciéndolo, me contaba cuentos antes de dormir, me acunaba cuando tenía pesadillas, proporcionándome así el amor y el calor de madre que una niña tan pequeña necesita.
Nada de eso queda en el pasado porque sigue mimándome y protegiéndome como si fuera una cría.
Año tras año, con la llegada de Sonia a nuestras vidas, fui comprendiendo que la familia no siempre comparte la misma sangre y que cuando las personas se aman con la totalidad del corazón pueden afrontar cualquier cosa.
La tía Marí no tardó en encariñarse con ella y tratarla como a una hija; enseguida estrecharon lazos y se volvieron inseparables.
La tía siempre ha estado en los momentos en que la hemos necesitado.
Era una mujer atenta, considerada, amable, cariñosa y graciosa, muy graciosa.
Era difícil no hacerle un hueco en el corazón.
Yo hablaba con ella todos los días y siempre que terminaba pronto en el trabajo, o ella paraba en casa cinco minutos, iba a visitarla.
Nos pasábamos horas charlando y riendo, y ahora... ahora solo podré echarla de menos.
Los brazos de mis padres empiezan a agobiarme porque me falta el aire por el llanto, por no hablar de que no dejo de darle vueltas a cómo ha podido suceder todo. Me separo de inmediato de ellos y los observo, nadie me ha dicho todavía cómo ha muerto.
—¿Qué ha pasado? —pregunto mientras mis ojos van de mi padre a mi madre, en busca de alguna respuesta.
Estoy tan desesperada en estos momentos que necesito soltar todos los nervios que están revolviendo mi estómago. Tengo hasta ganas de vomitar. Estoy a punto de levantarme cuando mi padre me coge una mano y baja la cabeza unos segundos antes de suspirar y volver a mirarme.
—Ya sabes que Aurora, su vecina, tiene una llave de su casa, al igual que tu tía también tenía una copia de la de ella.
Hace una hora, Aurora fue a verla, pero ella no le abrió, así que decidió usar su propia llave.
Y cuando entró en el salón, María estaba en el sofá.
La llamó una y otra vez, pero no se movía.
—Mi padre coge tanto aire que me da miedo de que empiece a hiperventilar—.
Llamó a la ambulancia, pero en cuanto los médicos llegaron, le comunicaron que había fallecido.
La trasladaron al hospital y poco tiempo después nos han dado la noticia.
Pero ¿cómo ha muerto tan de repente? Mi cabeza no deja de darle vueltas haciendo mil preguntas que no parecen tener respuestas. Estaba tan llena de vida que no puedo creer que ya no esté.
Me duele el pecho, el corazón y el alma como pensé que jamás me dolerían.
Siento cómo las lágrimas se mezclan en mi boca y me paso la lengua por los labios antes de secármelas con la manga del jersey.
Sigo sin entender cómo ha ocurrido esto, por más vueltas que le doy no le encuentro lógica.
Es decir, sé que mueren millones de personas de forma natural, pero necesito saber más.
En realidad, estoy convencida de que hay algo que no me están contando.
Lo noto en sus gestos, en sus ojos cuando me miran y en la forma en que mi padre se está tocando su espeso bigote una y otra vez.
Desesperada, me giro en mi sitio y miro a Marcos, que sigue con su mano sobre mi hombro, buscando las respuestas que necesito y que sé que él no puede darme. Se acerca a mi cabeza y me da un dulce beso en la coronilla.
—Pero... Pero no lo entiendo. ¿De qué ha muerto? —Mis padres se miran, se hablan sin palabras y eso me frustra. Ambos saben algo que no me están contado—. ¿Podéis decirme de una maldita vez que ocurre?, ¿qué coño ocultáis?
Mi padre odia las palabrotas, siempre me ha regañado por ese motivo, a pesar de tener ya veintiocho años, pero esta vez no me dice nada.
Solo frunce el ceño y con su reacción me demuestra que por una vez entiende que explote, que saque la mala hostia que tengo y que diga algún taco.
Con el gesto suavizado, me mira con tanta tristeza que mi cuerpo se estremece al imaginar el dolor que intenta ocultar para ser fuerte por nosotras.
—Estaba enferma, Ava —dice al fin—. Hace diez años le diagnosticaron una extraña enfermedad.
Al principio parecía que estaba curándose, pero en su segunda revisión, un año y medio después, el nuevo diagnóstico demostró que no había nada que hacer.
Nosotros intentamos todo lo posible por buscar una cura, pero los médicos nos aconsejaron que aprovecháramos los días con ella y la hiciéramos feliz porque no iba a superar su enfermedad.
Pensábamos que seguiría con nosotros un par de años, pero, como ella era toda una luchadora, consiguió vivir una década más.
Mis ojos se han abierto como platos al escuchar todo lo que dice mi padre. Estaba segura por completo de que mi tía se encontraba bien, jamás había visto algún síntoma en ella que demostrase lo contrario.
—Nunca te dijimos nada —continúa mi madre— porque eras demasiado joven.
Cuando fuiste creciendo, nos hizo prometer que no te contaríamos nada y eso hicimos.
No estuvo ingresada en hospitales porque siempre pidió morir en casa, quería estar cerca de nosotros y así lo hicimos.
Intentamos cumplir todos sus deseos para que fuese feliz el mayor tiempo posible.
Me levanto y empiezo a dar vueltas por el salón. Necesito relajarme y procesar toda la información. No puedo hacer otra cosa que llorar, así que lloro tanto que no puedo ni respirar, pero aun así no me consuelo.