Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

—Ya estoy lista.

Me giro para mirar a Crystal, está espectacular con ese vestido ajustado de lentejuelas que realza sus pechos, y el color negro de la prenda acentúa su cabello rubio.

Pero, a pesar de eso, no siento nada extraordinario al encontrarla en la puerta del pasillo.

Está ahí porque sí, porque no puedo hacer nada para que no esté, porque no tengo lo que hay que tener para mandarlo todo a la mierda y decirle que no la quiero.

Bueno, eso y porque su padre me tiene cogido por los huevos.

—El vestido te queda muy bien —consigo decir.

Ella se acerca, pega su cuerpo al mío, me besa y su cintura empieza a moverse contra mí, despertando algo que empieza a presionar mis pantalones.

Aunque haya dicho lo que haya dicho, no puedo negar que es una mujer preciosa y yo no soy de piedra.

Pero ya no es como antes, puedo estar sin tocarla días e incluso semanas que no voy a echarlo en falta. Y todo ha sido culpa de ella.

—Vámonos o llegaremos tarde.

Molesto, la aparto a un lado y veo como su rostro entristece, se está dando cuenta de lo que ocurre. Quizá con algo de suerte ella dé el paso, encuentre a alguien que la mire mejor que yo y me deje.

Sin dirigir mis ojos hacia ella de nuevo, agarro mis cosas, me abrocho los botones de la chaqueta de mi traje y salgo de mi casa escuchando el repiqueo de sus tacones detrás de mí. En la calle está Marc, mi chófer, al que llamo en ocasiones como estas.

—Hola, chicos.

Le doy unos golpecitos amistosos en el hombro como saludo, lo conozco desde hace años y nos llevamos muy bien. Este sonríe a Crystal con educación cuando lo saluda y le pestañea con coquetería. Como siempre, veo la incomodidad en la cara de Marc, pero no puedo hacer nada, ella solo busca atención.

Tenemos que asistir a una cena que ha organizado el padre de Crystal, en la que celebraremos el quincuagésimo aniversario del hospital en el que trabajamos.

***

No tardamos en llegar al restaurante. El salón está decorado en tonos blancos y arena con toques brillantes, y de fondo hay música clásica.

Todo es elegancia y todo queda bien. Porque eso es Donald Lewis, un hombre elegante pero mentiroso que, además de ser mi peor pesadilla, le gusta complacer y caer bien a los demás.

Crystal se agarra de mi brazo cuando los invitados se acercan a nosotros para saludar, y sonríe y charla entre risas.

Media hora hablando sobre futuro, boda y bebés —todo de lo que huyo constantemente, pues no quiero nada de eso— es mi límite.

Con sutileza quito la mano de Crystal, sonrío a la pareja que tengo delante y me voy a por un brandy .

Necesito sobrevivir a esta maldita noche envuelta en mentiras.

—Pero mira quién tenemos aquí, mi espléndido yerno.

Cierro los ojos antes de girarme y encarar al único ser humano que ha conseguido sacar lo peor de mí, el único que se ha atrevido a manipularme. Sin decirle ni una palabra, lo miro y veo cómo se me acerca sonriéndole de manera falsa a todo aquel que lo saluda o le muestra su encanto.

Cuando lo tengo delante, le doy un trago a mi bebida, la noche va a ser larga.