Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 1
2%
Tenías que ser tú (Sempiterno 1)

Tenías que ser tú (Sempiterno 1)

Por Isabel Moreno

© inepub.com

Capítulo 1

Viernes por la noche y no tengo ningún plan.

Jess, mi mejor amiga, tiene una entrevista de trabajo mañana por la mañana, y Hugo, mi mejor amigo, está corrigiendo los exámenes de sus alumnos.

O sea, que me espera un fin de semana de mierda.

Me apetece salir y pasarlo bien en alguna discoteca del centro, pero, visto lo visto, no va a poder ser.

Llamaré a Marcos y le pediré que se quede en mi casa todo el fin de semana; con suerte, tendré un par de noches moviditas.

Llevamos saliendo seis años, pero nuestra relación ha cambiado bastante con el paso del tiempo. Al principio lo hacíamos todo juntos; la verdad es que éramos un poco empalagosos, aunque no nos dábamos cuenta. Solo queríamos estar el uno con el otro la mayor parte del tiempo. Éramos unos críos.

Con el paso de los años fuimos distanciándonos, aunque todo empeoró hace un año cuando empecé a trabajar en una tienda de fotografía.

Me encantaba, pero no dejaba espacio para vernos tanto como ambos deseábamos.

Por desgracia, mi contrato terminó, y con él, mi sueño de ser fotógrafa...

al menos durante los primeros meses de desempleo.

En cuanto la ansiedad llamó a mi puerta, empecé a hacer algunos reportajes en casa para ocupar mis horas muertas.

Cuando acepté aquel maravilloso trabajo, a Marcos y a mí nos costó lo suyo adaptarnos a la nueva situación y a pasar menos tiempo juntos; pero, con el paso de los meses, nos fuimos habituando.

De hecho, nos hemos acostumbrado a apenas vernos y a hablar con tan poca frecuencia que no lo echo de menos.

¡Ja! ¡Al final era verdad eso de que puedo vivir sin él!

A veces, cuando pienso en él, como en este preciso momento, me sabe mal llamarlo solo para tener sexo salvaje, puesto que Marcos es cariñoso y atento, y no se merece que requiera su compañía de forma tan esporádica.

Normalmente, para sentirme mejor persona, me digo: «Ava, tú no lo llamas solo para acostarte con él, lo haces porque...

pues porque lo quieres». Pero, de inmediato, mi conciencia se ríe de mí y entonces me da la realidad en toda la cara.

¿A quién quiero engañar? Hace mucho que no lo quiero del modo en que debería.

Tendría que dejarlo. Que vuele y conozca a alguien que lo ame y lo aprecie como se merece.

Que siga su camino y no entrometerme en él, darle su espacio y desaparecer de su vida.

Sí, voy a hacer eso, es lo mejor. Pero ya cuando el fin de semana pase, ¿no?

Para despedirnos con buen sexo y comida rápida, digo.

Estoy riéndome sola por mis propias ocurrencias al mismo tiempo que marco el número de teléfono del hombre con el que llevo saliendo tantos años, al que no quiero, al que pienso dejar; pero también al que me voy a tirar durante todo el fin de semana.

Joder, soy horrible.

Contenta aún por la conversación que he tenido con él hace media hora me levanto de mi cómodo sofá de piel, de color naranja, para ir a la cocina y beber algo, cuando suena el timbre.

Como si tuviera un resorte en mi interior, me doy la vuelta y una sonrisilla traviesa se me dibuja en la cara solo de imaginar sus manos sobre mí.

¿Qué? Aunque acabo de decidir dejarlo, tengo que admitir que está como un queso y siempre me alegro de verlo. Sin pensar ni un segundo más que soy la peor persona del mundo, camino hasta la puerta y abro muy sonriente; por supuesto, no es para menos.

—Hola, guapa.

Ahí, frente a mí y con una sonrisa de oreja a oreja, está quien me va a provocar agujetas durante dos noches.

Va vestido con una sudadera burdeos, un pantalón negro y unas zapatillas de deporte del mismo color que la sudadera.

Su pelo, que es castaño claro, siempre está peinado con despreocupación y algunas ondulaciones le rozan la frente.

De manera inconsciente, se las retiro y me gano un sabroso beso en los labios. No puedo dejar de sonreír.

—Hola. —Mi voz es apenas un susurro sobre su boca. Antes de separarme le doy un mordisquito en el labio inferior—. Pasa.

Abro un poco más la puerta para dejar espacio para que entre y luego cierro detrás de mí.

Enseguida me doy cuenta de que lleva una bolsa en la mano y acelero el paso para quitársela, pero cuando la tengo cogida, se gira hacia mí y, entre risas, me rodea con sus fuertes brazos por la espalda.

Aspiro al sentir su pecho ejercitado contra mi cuerpo, de verdad que este chico está como un tren.

Le encanta el deporte y lo practica con regularidad, de ahí su cuerpo tan perfecto y marcado.

En alguna ocasión lo he acompañado a sus entrenamientos y tengo que admitir que es uno de mis pasatiempos favoritos.

Tíos sudados, rojos por el esfuerzo, despeinados, fuertes y con sonrisas blancas y alineadas... Una maldita perdición.

—Siempre tan cotilla —murmura mordisqueando mi cuello.

Mi cuerpo se estremece ante el maravilloso contacto y no puedo evitar sonreír al sentir cómo Marcos ronronea sobre mi piel al notarlo.

—¿Para qué voy a cambiar?

Me giro sobre mis talones para quedar frente a él y hago contacto con sus ojos perdiéndome en el color verde bosque de ellos.

Se muerde el labio después de lamérselo y no puedo evitar mirar su movimiento, el corazón se me pone a mil en décimas de segundos al presenciar la sonrisa pilla que se le forma.

Digo que quiero romper, pero ¿cómo puedo sentir tantas cosas cuando estoy con él?

Pues sencillo, sé bien lo que esos labios y dientes pueden hacer en la intimidad.

—Es comida china —susurra en mi oído consiguiendo que mi cuerpo siga subiendo de temperatura—, sé que te encanta.

«Sí, me encanta», me digo en silencio pensando en otra cosa que no es comida china.

Antes de separarse de mí me regala un dulce beso en los labios y lo sigo hasta la cocina.

—Oh... te has acordado... —La verdad es que me ha sorprendido, al fin y al cabo, apenas nos prestamos atención.

En apariencia sorprendido por mis palabras, no duda en girarse y acercarse de nuevo a mí para acariciarme los hombros.

—Por supuesto que me he acordado, es decir, nunca lo he olvidado. ¿Por qué no me iba a acordar de los gustos de mi novia?

Pues también es verdad. De repente, me siento una idiota por haber dicho tal tontería y me encojo de hombros antes de sacar los cubiertos del cajón.

No debería haber abierto la boca, pero es que siempre me pasa lo mismo.

Lo pienso, me parece buena idea, lo suelto y la cago. Ese es mi funcionamiento.

Marcos me observa desde su posición, su cara se mueve de manera leve y me hace saber que está buscando alguna explicación a lo que acaba de oír.

Siempre se me ha dado muy mal decir toda la verdad —suelo decir lo que pienso—, pero cuando veo en la cara de los demás que mis palabras han molestado o dolido, las maquillo.

Sé que está mal. Joder, últimamente todo lo está.

Por una vez, voy a intentar hacer lo correcto, a ver qué tal sale.

—No sé, es obvio que ya no estamos como antes. Nos pasamos días sin vernos o hablar. No sería difícil que te olvidaras de mis gustos.

Tengo que fijar la mirada en el suelo porque no estoy preparada para afrontar su ceño fruncido. Me doy cuenta de que estoy retorciendo el dobladillo de mi camiseta con los dedos cuando siento que Marcos se hace un hueco entre mis piernas y me levanta la barbilla con su dedo índice.

—Ya... ya lo sé. Hemos cambiado... Nuestra relación ha cambiado y...

Algo se alerta en mí cuando se pasa las manos por el pelo.

—Tus sentimientos también, ¿no?

Sus ojos se posan sobre los míos y, por un segundo, parece que va a hablar, pero no lo hace.

No quiero atosigarlo, así que decido esperar unos segundos con la esperanza de que diga algo, pero sigue en silencio.

Me resulta demasiado raro, Marcos siempre tiene algo que decir para salvar cualquier situación y ahora se ha quedado mudo.

¿Qué ocurre? Y lo que más me preocupa: ¿por qué su silencio no me asusta ni me inquieta?

No siento nada. Al menos no lo que se siente cuando intuyes que tu pareja ha dejado de quererte.

Ese terror, ese miedo o esa tristeza que suele instalarse en tu cuerpo en situaciones así...

ni rastro. No se han pasado a saludarme.

Tal vez, siendo sincera, el pulso se me ha acelerado un poco ante la incertidumbre de qué va a decirme, pero no como esperaba.

Su silencio es tan largo que ya he dado por hecho que me va a dejar, todo en él me lo dice a gritos.

Sus ojos, sus manos recorriendo su pelo una y otra vez, su respiración alterada...

Pero, entonces, me sorprende levantando la vista de mis piernas y besándome.

Es un beso suave y delicado, pero necesario en estos momentos.

Cuando se separa de mí todavía tengo los labios en posición y me siento ridícula.

Me acaricia la mejilla con el dedo pulgar y me queda claro que el beso no va a seguir.

Y yo me pregunto: ¿La decepción que siento a qué se debe, a que me ha gustado el beso y quiero que continúe o solo esperaba acabar en la cama y sobre sus piernas?

—No lo sé, yo sigo queriéndote, pero también noto lo mismo que tú. Nos hemos distanciado... pero no quiero perderte. —La urgencia en su voz y sus cejas unidas es suficiente para creer que lo dice en serio.

—Está bien... lo superaremos —aseguro, convencida de ello.

Y es verdad, me ha parecido tan sincero que me he replanteado mis intenciones. Quizá solo estemos pasando por un bache típico de relaciones largas y me he agobiado hasta el punto de querer romper sin ser de verdad necesario. Quizá podamos con esto.

Me dejo llevar cuando, tras mirarme con intensidad durante varios segundos, atrapa mi cara entre sus manos y vuelve a besarme.

Pero esta vez con exigencia y pegándose a mi cuerpo para poder presionar sus labios con los míos con más fuerza.

No puedo evitar gemir en cuanto su lengua se abre paso en mi boca y la explora con premura, sin dejar un hueco por inspeccionar.

Mis dedos se enredan entre sus rebeldes mechones de pelo y tiran de ellos justo cuando Marcos aprieta el interior de mis muslos.

Aun sin bajar la vista, puedo ver sus manos hundiéndose en mi carne.

Con una caricia, las desliza hasta mis nalgas y me arrastra hacia el borde de la encimera, haciendo que mi zona íntima roce su entrepierna.

A pesar de la ropa que llevamos puedo notar lo duro que está.

Para mi perdición, empieza a besarme el cuello y mete una mano por debajo de mi jersey, consiguiendo que mi vello se erice ante el contacto frío de sus manos que enseguida se calientan con nuestros roces.

Me siento arder al notar sus dedos acariciando mis pechos y su saliva mojando mi piel al mordisquearme la clavícula.

Muerta por el deseo, echo la cabeza un poco hacia atrás para que le resulte más fácil y ahogo un suspiro cuando me pega aún más a él haciéndome saber lo caliente que está.

Ese movimiento era el que necesitaba para empezar a desnudarme y Marcos me sigue.

Con mi ayuda se deshace de la sudadera y la camiseta que lleva mientras le desabrocho los pantalones, los cuales se deslizan por sus piernas hasta el suelo.

Me inflo de orgullo y amor propio al ver la cara de Marcos mientras me observa con detenimiento, paseando sus ojos verdes por mi cuerpo hasta detenerlos en mis pechos, que asalta sin pudor.

Con desespero, los saca por encima de la copa del sujetador, los lame, los muerde, y luego, con un poco de torpeza, intenta desabrocharlo.

Sin venir a cuento, me pregunto si siempre se le ha dado tan mal desnudarme.

Me quedo quieta pensando y buscando respuestas, un poco decepcionada, aunque sin saber bien el motivo.

Sumida en mis pensamientos, y moviéndome solo por las exigencias de Marcos, se me agarrotan los dedos al empezar a sentir que se me está bajando el calentón.

¡Qué leches! Quiero disfrutar de una noche increíble, no pasarla agobiada y aturdida por mis dudas.

Espabilando a mis atontadas hormonas, rodeo con mis piernas su cintura y, por la necesidad de tomar el control de la situación, lo beso.

Lo hago con ganas y urgencia, sintiendo cómo mi vagina palpita por tenerlo dentro cuanto antes.

Mis manos se han movido hasta la cintura de mi pantalón de chándal con la intención de bajarlos, porque soy capaz de llegar al orgasmo con solo la fricción de nuestras excitaciones.

Pero, como siempre en cada buen momento algo tiene que estropearlo, suena el timbre de la puerta.

Dejamos de besarnos, miramos hacia el lugar de donde viene el sonido y cuando el silencio ha sido lo bastante largo para nosotros, regresamos a lo que de verdad nos interesa.

Sus manos vuelven a volar por todo mi cuerpo y yo no puedo dejar de retorcerle el pelo y apretar mis piernas para poder sentirlo más y más cerca.

Y, de repente, unos golpes en mi puerta detienen nuestra excitante escenita.

Con la respiración agitada y el sudor frío empezando a recorrerme el cuerpo, maldigo una y otra vez por la maldita interrupción.

Destino, ¿intentas decirme algo? Estoy a punto de bajarme de la encimera para ver qué ocurre, pero Marcos me sujeta por las caderas y me arrima a su dureza.

«Mmm, qué delicia», me digo en silencio.

—No podemos parar ahora... —Su voz ronca y su ataque de besos en mi cuello y escote consiguen que vuelva a dejarme llevar. Un par de golpes resuenan de nuevo y acaba soltando un frustrante gruñido—. Joder, ¿esperas a alguien?

Niego con la cabeza, ¿a quién iba a estar esperando? Empiezo a ponerme la ropa y, cuando los dos estamos vestidos —y parece que más tranquilos— voy a la puerta tras Marcos, que parece bastante cabreado. Tiene la espalda recta, como si estuviera esperando que entrase su mayor contrincante.

Hombres...

Antes de abrir cojo aire, estoy un poco nerviosa porque es muy raro que alguien venga a mi casa a estas horas de la noche y mucho más que llame con tanta insistencia.

Por un segundo barajo la posibilidad de mirar por la mirilla, pero...

entonces recuerdo que no tengo. Por lo que, si es algún atracador o algo por el estilo, estamos muertos.

Al menos espero que tantas horas de entrenamiento le valgan de algo a Marcos.

Pero al abrir no es precisamente un atracador lo que aparece, sino mi madre llorando y mi padre con un brazo protector sobre sus hombros.

—Ava, tenemos que hablar.