Capítulo 29 #2
–Mientras todo eso sucedía en mi vida, a Craig le llegaba la maldita caja que lo conduciría hasta Salvatore –continuó Evranna–.
Yo siempre supe que existía un vínculo invisible entre aquel anciano y nosotros.
Aunque Salvatore nunca me permitió hacerle una tirada con mis arcanos, mi don me hablaba de él; algo profundo me unía a ese adorable ser.
En cuanto Craig compartió el descubrimiento conmigo, intenté desviar su atención con pistas falsas dictadas por “mis espíritus”.
Quería ganar tiempo para descubrir qué había de verdad en sus revelaciones.
Me negaba a creer que el hombre que me trataba como a una hija hubiera sido capaz de abandonarnos a nuestra suerte en el pasado.
Evranna deslizó la taza hacia Nora con un leve movimiento, usando la tregua del té para ordenar sus pensamientos antes del siguiente golpe.
–Un día Craig se personó en mi casa, completamente alterado –continuó Evranna–.
Me reclamó mi silencio; quería saber por qué no le había dicho que el vecino de la puerta contigua era nuestro padre.
Le respondí que necesitaba estar segura antes de entregarlo a su ira, pero que en todos los años que llevaba tratando a Salvatore jamás había sentido el menor rechazo; siempre me había cuidado como a una hija.
¿Cómo iba a ser aquel entrañable anciano nuestro despreciable padre?
, me preguntaba. Entonces, una tarde, mientras ayudaba a Salvatore a limpiar el piso, encontré la partida de nacimiento de Dante.
Al escuchar su nombre, Dante buscó la mirada de Evranna. Los ojos grises de la mujer habían perdido la coraza mística de los últimos meses, ofreciéndole una calidez inédita que pareció mitigar, aunque fuera un instante, el frío del salón.
–Pensé que Craig tenía razón y tomé la peor decisión de mi vida: compartir esa información con él –confesó Evranna, con la voz rota–.
Le supliqué que, aunque el Salvatore A. Giuliano de la carta de mi madre fuese nuestro vecino, no actuara de forma impulsiva; que le diera la oportunidad de hablar tranquilamente, porque el monstruo del pasado podía haberse convertido en otra persona.
Él me prometió que no daría un solo paso sin mi conocimiento.
Pero, en ese momento, Craig estaba metido en pleno divorcio; había perdido a su esposa y a sus hijos por culpa de su alcoholismo y de su obsesión enfermiza con el anciano.
Meses después de haber destrozado el loft de Dante y algunas de sus obras –un acto por el que lo reprendí e incluso amenacé con delatarlo–, se personó en nuestro portal y confrontó al señor Salvatore en una fría noche de invierno.
–El agresor del rifirrafe del que no quisiste dar parte –sentenció Nora, con una voz gélida que cortó el murmullo de la lluvia–.
¿Te das cuenta, Evranna, de que por tu tremenda negligencia hemos perdido a Salvatore?
Y lo que es más devastador: vosotros habéis perdido a vuestro tío.
Un hombre que, de haber sabido de vuestra existencia, os habría amado sin reparos, como a sus propios hijos.
Evranna, siempre tan fría y distante, fue incapaz de resistir el peso de aquella sentencia. Inclinó la cabeza y rompió en un llanto amargo, incapaz de esquivar la verdad. Las palabras de Nora eran un espejo que reflejaba el tormento que la médium arrastraba en secreto desde hacía meses.
–Tienes razón, Nora. Mi culpa, mi estúpido afán de protección nos condenó –confesó Evranna–. Si te hubiera dejado denunciar la agresión, Craig habría estado contra las cuerdas. No habría regresado al piso de Salvatore esa maldita noche.
–Yo… jamás quise este desenlace… para nadie –articuló Craig, hundido en su propio dolor.
–¿Qué ocurrió exactamente la noche de su muerte, Revenant? –atacó Nora. Su mirada no ofrecía clemencia; exigía la crónica exacta de lo que ocurrió en el 7B la noche de autos.
–Yo solo quería obtener la confirmación de que ese malnacido era el hombre que tantas desgracias había traído a tres almas inocentes –comenzó Craig, con una voz que arrastraba el peso de la culpa–.
Aquella noche me colé en el rellano. Sabía que Evranna, que siempre estaba a su lado como un perro guardián, tenía la visita de un cliente a pesar de las horas.
En sus liturgias ella se mantenía totalmente abstraída; estaba seguro de que no prestaría atención a lo que sucedía en la puerta contigua.
Llamé al apartamento del anciano y me hice pasar por un cliente de mi hermana que se había confundido de piso.
Al abrirse la puerta… –la voz de Revenant se quebró por el dolor– lo empujé y entré a la fuerza, cerrando de un golpe tras de mí.
Lo obligué a sentarse en su viejo sillón de orejas mientras yo le escupía todo lo que llevaba dentro.
Le solté la información que había recabado.
El viejo parecía perplejo. Dijo saber acerca de un niño llamado Aleksander, al que había intentado buscar de forma desesperada para ejercer como el tío que era, pero juró que jamás supo de la existencia de unos mellizos…
Pensé que me mentía, que intentaba engatusarme como lo había hecho con mi hermana, repitiendo su papel de entrañable anciano.
De pronto me reconoció del día que lo confronté en la calle, pero como en aquel primer encuentro yo me encontraba bajo los efectos del alcohol y no supe expresarme, me confesó que creía que yo era un pobre diablo equivocado de víctima.
Perdí el control. Empecé a destrozar sus estanterías en un arranque de enajenación.
En mitad de la discusión, él se puso en pie con la trágica idea de darme un abrazo para calmarme, pero lo empujé con fuerza de nuevo contra el asiento…
Ese pico de tensión debió de ser el que provocó que su frágil corazón se detuviese.
Lo vi allí, inerte, con la mirada apagada como un televisor recién desconectado y con la mano aferrada al pecho.
Me quedé bloqueado. El pánico me invadió; lo único en lo que podía pensar era en lo que me sucedería si me acusaban de homicidio imprudente.
Así que apagué todas las luces y huí de allí.
El temporal arreciaba en el exterior, pero el estruendo de la lluvia ya no importaba en el 8A. En el comedor, el silencio era absoluto; cada uno intentaba reconstruir mentalmente la agonía del pobre Salvatore.
–Yo no escuché nada aquella noche –tomó el relevo Evranna–, pero al día siguiente, cuando Nora intentó hablar con Salvatore y no pudo, comprendí el significado de la pesadilla que había tenido horas antes.
Salvatore ya no estaba y mi hermano, de manera involuntaria, tenía algo que ver con ello.
Por eso te envié a hacer aquellos recados; quería comprobar en qué estado se encontraba su piso.
Entré con una copia de las llaves que él me había confiado años atrás.
Al cruzar el umbral del comedor, lo vi en el sofá…
Yacía con la mano sobre el pecho, con un semblante de puro sufrimiento.
La casa estaba revuelta, pero no tanto como para delatar que alguien más había estado allí.
Así que llamé a la policía desde el propio teléfono de Salvatore. Lo demás… es historia.
–¿Y Latte? –interrumpió Nora, implacable–. ¿Quién de los dos se llevó al pequeño?
–Yo me llevé a Latte.–siseó Evranna, mientras dedicaba una mirada complaciente al felino–.
Revenant ni siquiera se percató de la presencia de ese pequeño fantasma blanco.
Se encariñó de él las veces que vino a visitarme, pero tuve que soltarlo ante tu puerta al ver tus desesperados intentos por encontrarlo. Era un riesgo que no podía correr.
Latte se había quedado dormido en un lateral del sofá, ajeno a la tensión que asfixiaba el dúplex.
El silencio del salón, roto únicamente por la incesante lluvia, componía una estampa desoladora: Dante parecía haber desconectado del mundo desde el inicio de la velada, incapaz de procesar el alud de revelaciones; Revenant arrastraba ya la condena que todavía nadie le había impuesto, y las dos mujeres se batían en un duelo privado con la mirada.
– ¿Y qué pretendes que suceda a partir de ahora, Evranna? –preguntó Nora, con una fijeza implacable–. Si has decidido revelar todas tus cartas esta noche, es porque sabes perfectamente lo que tu hermano planea hacer… Espero que esta vez actúes con justicia.
–Nora, tienes que entender que Craig es el único familiar con vida que me queda…
No puedo perderlo a él también –suplicó Evranna, con la voz rota–.
Sé que no ha obrado bien, pero no ha sido fácil sobrevivir a todo nuestro pasado.
Yo solo quiero… por favor, os lo pido. El caso del señor Salvatore ya ha sido archivado como deceso natural… Yo…
–No, Evranna –la voz de Revenant frenó en seco los ruegos de la médium–.
Tu papel de hermana mayor termina aquí, esta misma noche.
Soy yo, y nadie más, el responsable de la muerte de nuestro…
tío. Un hombre de cuyo amor Dante y tú podríais haber disfrutado algunos años más…
sin olvidar a Nora, que siempre lo quiso como a un padre.
Me entregaré a las autoridades y confesaré todo.
Acataré lo que la ley determine por mi imprudencia y por el abuso de poder en el que incurrí como detective.
No intentes convencerme de lo contrario, te lo ruego.
–El detective apretó con fuerza las manos de su hermana antes de mirar al frente–.
Nora, haz el favor de llamar a la comisaría.
Di que tienes a un homicida confeso en tu casa y que envíen una patrulla cuanto antes.
Afuera, la lluvia había cesado por completo. La larga noche daba paso al alba.
Revenant se incorporó de la silla en la que había permanecido durante toda la noche.
Le pidió permiso a Nora para usar el baño mientras llegaba la patrulla; necesitaba ofrecer una imagen más digna cuando sus propios compañeros se lo llevaran a la comisaría en la que había servido tantos años como detective.