Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

En el salón, la lluvia y el viento que golpeaban los cristales se habían convertido en la única banda sonora para una noche demasiado larga.

Evranna tomó asiento junto a Revenant, quien no dejaba de sollozar. Puso su fina mano de uñas burdeos sobre uno de los puños fuertemente cerrados del inspector, cuya piel empezaba a palidecer por la presión que ejercía.

Nora, rompiendo la inmovilidad del grupo, era la única en toda la estancia que permanecía en pie.

Dante, por su parte, continuaba en el sofá, a escasos pasos de las sillas de Evranna y Revenant; los observaba sin alcanzar a comprender la naturaleza de su vínculo ni el porqué de semejante traición contra él y contra Salvatore.

–Ahora que ya estamos todos –dijo Nora, despojada de sus defensas desde hacía largo tiempo y recuperando el poder que siempre habitó en ella–, creo que es el momento de que todo salga a la luz de manera irreversible.

No por Dante, ni por ninguno de los aquí presentes.

Por Salvatore. Él ha sido la última víctima de su malvado hermano, el único que ha pagado el precio más alto con su propia vida.

Todas las miradas se clavaron en ella. A pesar de sus esfuerzos por contenerse, las lágrimas comenzaron a deslizarse con suavidad por sus mejillas encendidas.

–Sabemos que el fallecimiento del señor Salvatore fue causado por una parada cardiorrespiratoria, pero también sabemos que este suceso no ocurrió de manera fortuita. La visita del detective Revenant y, tal vez, su manera de confrontarlo, lo empujaron a ese trágico desenlace.

En ese instante, un trueno que estalló al otro lado del ventanal envolvió el dúplex en una atmósfera sumamente siniestra.

–Dante y Revenant son hijos de Andrea, el hermano gemelo del señor Salvatore.

La confusión que ocasionó que ambos se llamasen igual indujo al detective a confrontar a la persona equivocada.

Una persona que, de haberla llegado a conocer…

ambos habríais amado. Y él a vosotros –la voz de Nora se desgarraba por segundos al recordar la bondad del anciano–.

Él era la dulzura y la amabilidad personificadas…

De haber sabido vuestros orígenes, os habría querido como a los hijos que nunca pudo tener.

Pero tú, Evranna… tú sabías perfectamente lo que hacías.

Te movió la crueldad más pura y mezquina.

Eres la arquitecta de esta desgracia, la mano invisible que lo empujó a la tumba.

Latte se acercó a Nora al intuir, por el registro de su voz, que la joven estaba sufriendo. Se alzó sobre sus patas traseras hasta que Nora no tuvo más remedio que cogerlo en brazos y acariciarlo para reconfortarlo y decirle que todo estaba bien.

–Tienes razón, bella –dijo Evranna, y su voz se quebró–.

Yo soy tan culpable como Craig de haber causado la muerte de Salvatore.

Ese tormento no me deja dormir por las noches.

Las voces del más allá me piden que haga lo correcto y traiga paz a su alma…

pero no puedo. Es complejo. Y delicado para mí.

Evranna se derrumbó en un llanto amargo.

Por primera vez, Nora fue testigo de la auténtica naturaleza de la medium.

Esa noche, la máscara de Evranna se había quedado en el fondo de su oscuro armario.

En el salón de Nora, por primera vez desde que cruzaron sus vidas, los cuatro se despojaron de sus máscaras sociales. Quedaron reducidos a su vulnerabilidad, con sus luces y sus sombras a la vista. Sin trampas. Sin miedo a mostrarse heridos ante los demás.

–Comprendo que te une un afecto profundo a Revenant y que esa lealtad te desgarra –declaró Nora con voz implacable–.

Pero sabes tan bien como yo que la verdad exige dejar los sentimientos a un lado.

Es el único tributo que podemos rendirle a la verdadera víctima de este desastre, el señor Salvatore Giuliano.

Los cuatro quedaron atrapados en un mutismo sepulcral.

Evranna y Revenant permanecían con las manos entrelazadas, mirándose con una profunda y amarga tristeza.

–Sé que hay que hacer lo correcto y, como bien dices, eso es lo que tortura mi alma desde hace meses –Evranna hizo una pausa para acariciar el cabello plateado de Revenant–, pero tienes que comprender que para mí es imposible dar ese paso. No puedo entregar a mi hermano menor a las autoridades.

El peso de las palabras pronunciadas por la médium cayó sobre el dúplex, sepultándolo en un silencio gélido que helaba la sangre.

–Pero ¿cómo…? –Por primera vez en toda la noche, Nora fue incapaz de encontrar las palabras para continuar.

–Así es. Craig es mi hermano mellizo; yo soy la mayor por siete minutos –explicó Evranna–. Ambos somos hijos de Andrea. Tenemos un hermano mayor, pero él es hijo de otro hombre.

En ese instante, las piernas de Nora cedieron ante la insoportable tensión acumulada y tomó asiento en el sofá junto a Dante.

Él permanecía en un mutismo absoluto, asimilando cómo sus lazos de sangre se multiplicaban en cuestión de segundos.

Nora pudo ver en su mirada que el Dante al que había conocido meses atrás ya no estaba.

Algo en su interior se había fracturado de manera irreversible.

–Como ya habrá mencionado Craig, tuvimos una infancia muy dura –comenzó Evranna–.

Él descubrió el cadáver de mi madre, pero yo iba pisándole los talones en el instante exacto en que su mente se bloqueó.

Fui yo quien se encargó de llamar a la policía.

Mi hermano mayor, David, estaba fuera; trabajaba de lo que fuera para traer algo de dinero y poder alimentarnos.

Aquella llamada fue el principio del fin de nuestra familia.

David tenía quince años y nosotros tan solo once.

Al ser todos menores de edad y no tener familiares cercanos que pudieran hacerse cargo, nos separaron y nos enviaron a diferentes casas de acogida.

Evranna hizo una breve pausa para clavar en Revenant una mirada cómplice, impregnada de un dolor añejo.

–David fue a parar con un matrimonio mayor.

Eran bastante religiosos y estrictos con su educación, pero supo integrarse realmente bien.

Por mi parte, fui realojada con una pareja que ya tenía tres hijos.

Eran unos hippies que vivían al margen del sistema y bajo sus propias normas.

Siempre me trataron bien, como a una hija más.

Con ellos pude desarrollar mis dones ocultos, esos que siempre habían permanecido escondidos por temor al rechazo.

A su lado, logré ser la versión de mí que siempre estuve llamada a ser.

Nora sacó fuerzas de flaqueza y se dirigió a la cocina a preparar más té.

Confesiones de ese calibre, impregnadas de un dolor tan antiguo, exigían un bálsamo que ayudara a digerirlas.

En esta ocasión optó por una tisana. Extrajo su mezcla especial, aquella a la que recurría cuando la máscara de Goldart pesaba como si fuera de plomo; una combinación que ella misma elaboraba con plantas recolectadas en el bosque durante sus huidas del ruido de la ciudad.

–Craig, por su parte, fue a parar a un buen hogar.

Sus tutores eran buena gente: él era pastor evangelista y ella, ama de casa.

Sin embargo, su conducta, marcada por el trauma que arrastraba, lo empujó a una espiral autodestructiva.

El matrimonio fue incapaz de controlar su rebeldía, lo que lo obligó a regresar a los servicios sociales; llegó a ser recolocado hasta en cinco ocasiones.

Su vida no dio un vuelco real hasta que entró en la casa de aquel viejo policía.

Durante años no tuvimos el menor contacto entre nosotros, hasta que él obtuvo el título de detective y logró localizarnos.

Nora comenzó a servir las tazas, moviéndose con suavidad entre los supervivientes de aquel naufragio emocional.

–Hubo una época de gran felicidad, un tiempo en el que reconectamos como familia y todo marchaba bien –continuó Evranna–.

Pero como esta vida dista mucho de ser un cuento de hadas…

Un día David falleció de manera súbita por un ataque al corazón.

Por lo visto, era una afección genética que heredó de su rama paterna.

A raíz de aquella muerte se desataron las desgracias en cadena.

Yo perdí mi empleo como administrativa en el bufete de abogados en el que trabajaba.

Craig encontró la caja con la información que lo conduciría hasta Salvatore.

Y entonces todo se precipitó de manera irremediable y nefasta.

Hizo un silencio corto para humedecer sus labios en la tisana. Sostenía la taza con delicadeza, pero su otra mano seguía aferrada a la piel pálida de Revenant, como si temiera que este fuera a desvanecerse en la penumbra del salón.

–Yo ya vivía en este edificio, pero apenas había socializado con los vecinos porque pasaba el día entero en el bufete –continuó Evranna–.

Al perder el empleo, decidí sacarle partido a mi don y reinventarme como médium.

Con el trauma por la muerte de David, mi cabello se volvió absolutamente blanco de la noche a la mañana, a excepción de este mechón azabache; lo único que conservo de mi color original –añadió, sosteniendo el resquicio de pelo oscuro entre sus largos dedos–.

Cambié el traje de oficina por un aspecto más misterioso y esotérico, al igual que la decoración de mi piso.

Allí creé mi propio gabinete de lo oculto: un lugar donde se daban cita personas en busca de respuestas que nadie más les podía facilitar.

Al pasar más tiempo en casa, tuve la fortuna de conocer a mi encantador compañero de rellano, el señor Salvatore.

Evranna contuvo la respiración, reteniendo las lágrimas en sus clarísimos ojos grises sin permitir que se desbordaran.

–Era un anciano adorable, con un alma noble y pura como pocas. Su trato hacia mí siempre fue de un respeto y un cariño mutuos.

Nora la contemplaba entre la perplejidad y la indignación de quien sabe que, a pesar de ese afecto, aquella mujer había terminado por arrastrar la desgracia a la vida del pobre anciano.