Capítulo 28 #3
–Las investigaciones me condujeron hasta aquí.
Por fin me armé de valor y le puse rostro a ese ser detestable al que odiaba con todas mis fuerzas.
Por un giro del destino, supe que no era su único hijo; al menos había engendrado a otro más.
Dios sabe cuántos como yo andarán por el mundo por su culpa.
Una noche, tras salir completamente ebrio y fuera de mí de un bar cercano a la jefatura, me encontré ante la puerta de tu loft –y solo en ese instante dejó de mirar la taza para clavar sus ojos en los de Dante–.
Forcé tu cerradura y vi tu estudio, tus lienzos.
Tenías éxito a pesar de haber sufrido el mismo abandono que yo.
Te había estado vigilando en la distancia; conocía tu estilo de vida, tu fortuna con las mujeres…
Mi ira, por no haber sabido gestionar mi existencia como tú lo hiciste, alcanzó su punto máximo de ebullición.
Destrocé tu taller y parte de tus obras.
Me quedé dormido sobre la isla de tu cocina.
Cuando desperté, me sentí tremendamente avergonzado; la culpabilidad me corroía el alma.
En cuanto volviste de tu última exposición, encontraste el desastre de tu vivienda y acudiste a comisaría a interponer la denuncia, maniobré para ser el encargado del caso.
No podía permitir que nadie más lo hiciera y que los indicios me señalaran a mí.
Así fue como nos conocimos. Desde ese momento, quise ser para ti el hermano mayor que nunca tuviste.
La lluvia seguía cayendo con suavidad, pero el viento había comenzado a intensificarse, golpeando con saña los ventanales del dúplex. Los tres ocupantes permanecieron en un mutismo absoluto ante las confesiones del detecive.
Nora observaba el semblante de Dante. Era el reflejo del dolor más puro.
No era un hombre propenso a abrirse a los demás, y descubrir que la camaradería que creía tener en Revenant no había surgido de manera fortuita lo destrozaba por dentro.
Nora había aprendido a descifrar sus miradas y sus silencios.
Revenant, por su parte, se hallaba perdido en algún rincón de su mente.
Quizá aliviado por despojarse de un peso que lo consumía, pero preocupado por el desenlace de una situación de la cual él mismo era el culpable.
Había utilizado sus recursos como funcionario de la ley para infligir daños a la propiedad ajena, acechar y, probablemente, acosar al anciano que creía su progenitor hasta causarle la muerte de manera involuntaria.
El siguiente paso lógico habría sido llamar a la policía y trasladar toda la información compartida esa noche. Sin embargo, el agotamiento psicológico de Nora le impedía operar con la rapidez y la claridad que constituían su activo más valioso en Goldart.
La madrugada los había sorprendido en el 8A entre confidencias, tazas de té y una tormenta que cobraba fuerza.
Aunque comprendía perfectamente el sufrimiento de Revenant y los motivos que guiaron sus actos, no dejaba de ser un agente de la ley; su vida personal no justificaba semejante negligencia.
Como detective no estaba en condiciones de dirigir ninguna investigación y, mucho menos, de andar armado por las calles de la ciudad.
Nora se desplazó hacia la cocina con la excusa de preparar un nuevo té para reconfortar la devastación que los atenazaba. Cuando alargó la mano para asir el teléfono y alertar a las autoridades, alguien arremetió con violencia contra la puerta del 8A.
Antes de que pudiera reaccionar, Revenant ya se disponía a abrir, ante la mirada atónita de Nora y Dante, que permanecían estáticos en mitad de una absoluta tensión.
Evranna hizo su aparición en el umbral, envuelta en su vestido de raso negro y con sus largos cabellos blancos recogidos en un moño improvisado que dejaba al descubierto su único mechón azabache.
Su rostro, de rasgos antaño bellos y aristocráticos, denotaba una severidad y una fatiga extremas que Nora jamás había visto en todos estos años.
El desconcierto de Dante era de tal magnitud que, vencido por el cansancio y la tensión del momento, se dejó caer sobre el sofá.
–Me preguntaba cuánto tiempo más permanecerías oculta entre las sombras –la voz de Nora operó como una cuchilla quirúrgica que cortó la quietud del dúplex.
– ¿Cómo…? –alcanzó a articular Revenant, con un hilo de voz quebrado.
–Déjalo, Craig. El señor Salvatore tenía razón sobre la inteligencia de Nora y el tremendo potencial que había estado desperdiciando todos estos años –sentenció la médium, clavando sus pupilas grises en la joven–. Una vez que se desprendió de su máscara, todo cambió para ella. ¿No es así, bella ?
La calma de Evranna dejó estupefactos a los dos hombres, que cruzaron miradas de auténtica incomprensión.
–Sabía por tus reacciones en el descansillo que guardabas alguna relación con este entramado; lo que ignoraba, por supuesto, era tu grado de implicación, hasta que las confesiones de Revenant lo han aclarado hoy aquí –sentenció Nora, con un tono tan gélido como el clima exterior –.
La única persona que conocía la existencia de Dante, además de Salvatore y Teresa Giuliano, eras tú.
Como bien admitiste, obtuviste esa prueba durante una de tus jornadas de limpieza en el séptimo piso.
Supongo que debiste de tratar al detective como a uno de tus clientes; uno de esos hombres que acuden a ti en momentos de desesperación y a los que solo les resta ampararse en lo oculto cuando la realidad no se revela.
Él es el visitante misterioso con el que te has estado citando en el parque, y el artífice de esas sesiones nocturnas que concluían en desencuentro.
Lo que todavía no soy capaz de asimilar es cómo, conociendo tú tan bien a Salvatore desde hace más de una década, y siendo consciente de la bondad que habitaba en su corazón, fuiste capaz de traer la ira y la devastación a su vida.
Jamás voy a perdonarte eso, Evranna. Ambos sois los responsables de su muerte.
Por primera vez, Evranna bajó la mirada y guardó silencio ante las palabras de la joven.
En ese instante, el estruendo de un trueno sacudió con violencia la ciudad.
Nora contempló la desolación que en esos momentos habitaba en su comedor.
Cuatro almas rotas en miles de pedazos con un único denominador común: Andrea, el perverso gemelo del amable anciano amante de la ópera y de los gatos.