Capítulo 28 #2
–Así fue como comencé a recomponer los escombros de mi vida.
Aprobé los exámenes de acceso y finalmente logré la placa de detective.
Empecé a investigar sobre mis raíces, pero toda la documentación oficial me reflejaba como hijo de madre soltera; no constaba ningún nombre que aportara luz sobre la identidad de mi padre.
Estuve años atrapado en un callejón sin salida que me consumía.
El viejo policía que me había tutelado, y con el que había trabado una profunda amistad, me llamó en su lecho de muerte para suplicarme que cesara en mi búsqueda.
Me advirtió que el pasado me estaba devorando vivo, impidiéndome ver que tenía la oportunidad de construir un futuro mejor.
Me hizo prometer que abandonaría la obsesión y me centraría en crear mi propio hogar y en recuperar a mis hermanos.
Y eso fue lo que hice durante los últimos años.
Conocí a mi esposa y tuvimos unos hijos maravillosos.
Eran gemelos: Joseph y Michael. Mi orgullo y mi pasión.
Retomé la relación con mis hermanos. La vida era, en aquel momento, un lugar extraordinario en el que habitar.
Revenant se detuvo, clavando la mirada en el fondo de la taza como si buscara un fragmento de alma que se le hubiera extraviado en el camino.
–Pero como nada es eterno, esa felicidad se vio truncada hace apenas un año –prosiguió Revenant, y su voz destilaba una amargura estancada–.
Uno de los tutores legales que me asignaron en mi juventud falleció, y en su vivienda hallaron una caja con documentación perteneciente a mi familia.
Pese a que yo los había interrogado a todos en cuanto logré la placa de detective, ese bastardo borracho me mintió; aseguró que no poseía ningún registro.
Supongo que fue su manera de vengarse por todos los desencuentros que tuvimos mientras estuve a su cargo.
En esa caja había fotografías, documentos y cartas de mi madre.
El papeleo carecía de relevancia, pero una de las cartas iba dirigida a mi padre; se la habían devuelto porque el destinatario ya no residía en aquella dirección.
En ese texto, ella le suplicaba que se responsabilizara de mí, pues se encontraba embarazada y era incapaz de hacer frente a una situación tan precaria.
El nombre del destinatario era Salvatore A.
Giuliano. Por fin tenía un hilo del que tirar.
Sostuvo la mirada fija en el fondo de la taza, como si reviviera el inicio de su propia demolición.
–Este hallazgo provocó que me distanciara de mi esposa y de mis hijos.
Invertía la mayor parte del tiempo comprobando direcciones y preguntando a viejos conocidos del sector.
Sabía que había dado con él, pero me negaba a abordarlo sin poseer información previa sobre ese ser despreciable.
Deseaba descubrir cómo era, qué clase de vida había llevado.
Aquello se transformó en una obsesión enfermiza.
Privado de sueño, aislado de mi familia y retomando conductas autodestructivas como el exceso de alcohol, me deslicé por un pozo sin fondo que me consumía las entrañas.
Mi mujer me brindó su apoyo y su cariño, hasta que una noche, sumido en una embriaguez absoluta, la golpeé tras una discusión.
Al día siguiente, cuando desperté en el suelo de mi habitación, ella y los niños habían desaparecido.
Probablemente se refugiaron en casa de mis suegros.
Probablemente. Pero no fui a buscarlos. Sabía que mis heridas y yo éramos un peligro para ellos.
Los amaba demasiado como para obligarlos a pasar por el infierno que yo padecí en el pasado por culpa de mis padres.
La lluvia comenzó a golpear los cristales del dúplex, aportando una suave melodía a la voz rota del detective, quien en ningún momento había dejado de acariciar el lomo de Latte ni había apartado su mirada extraviada de la taza de té.