Capítulo 28
Revenant lucía más demacrado que de costumbre; sus ojos, de un azul grisáceo desgastado, acusaban unas bolsas que lo envejecían en exceso.
Su cabello castaño, que solo se teñía de plata en las sienes y en el flequillo cuando Nora lo conoció, se había tornado blanco casi por entero.
Sus ropas estaban sucias; era evidente que llevaba días sin acicalarse.
Nora supo, desde el instante en que lo vio cruzar el umbral, que había sido un error recibirlo en un espacio tan íntimo.
Sin embargo, un impulso ciego la había dominado minutos antes, susurrándole que aquello debía resolverse de manera privada, aunque la escena no dejaba de ser peligrosamente compleja.
– ¡Craig, qué casualidad! Justamente estábamos hablando de ti –dijo Dante, mientras se incorporaba del sofá para saludarlo como de costumbre–. Teníamos pensado ir a buscarte. Nora ha descubierto algo que creo que puede ayudarnos mucho con el caso del señor Salvatore.
Nora no lograba comprender cómo Dante era incapaz de descifrar en su lenguaje corporal el asombro y la petrificación que la habían invadido al escuchar el intercomunicador. Lo achacaba al estado de shock en el que él debía de encontrarse tras descubrir la existencia de un posible hermano.
–Buenas noches, señorita Holloway –el saludo frío de Revenant, mientras se despojaba de manera nerviosa de su gabardina y la depositaba sobre el respaldo de una silla, dejó al descubierto el arma que colgaba de su chaleco táctico–.
Lamento presentarme a estas horas de la noche, pero tenía un asunto de vital importancia que deseaba compartir con usted. No admitía más demora.
–¿Le apetece una taza de té, detective? Está recién hecho –le ofreció Nora, intentando recuperar una calma más que fingida.
–No, gracias. Solo he venido para que todos pongamos las cartas sobre la mesa al unísono y nos dejemos de juegos en este asunto de Salvatore. Es vital que clausuremos este caso de inmediato. Esto no puede prolongarse más.
La voz del inspector sonaba austera, exhausta y sin rastro de la cordialidad profesional a la que los tenía acostumbrados. Incluso Dante, que lo conocía desde hacía más tiempo y en otras circunstancias, detectó que aquel tono no era el correcto.
–Entiendo que estés cansado, Craig; arrastras demasiado trabajo estos días, pero no creo que sean las formas, ni el momento, ni el lugar de hablarnos así –la voz de Dante adoptó un registro que Nora nunca antes le había oído utilizar–.
Más cuando ha sido ella prácticamente la que ha resuelto todo lo referente al gemelo de Salvatore.
Aquel reproche hizo saltar como un resorte al inspector, que descargó un golpe seco sobre la mesa del comedor.
–Como bien dices, Dante, arrastro demasiado cansancio y este maldito caso me está complicando la vida. Necesito cerrarlo. ¡De hoy no pasa! –La voz de Revenant resonó contra las paredes del despoblado salón de Nora, una sentencia gélida que heló la sangre de la pareja.
Los tres ocupantes del 8A permanecían de pie.
La atmósfera se había vuelto tan densa que ninguno se atrevía a dar un paso ni a tomar asiento para intentar zanjar el asunto de forma civilizada.
–Creo que ya sabes por qué estoy aquí, ¿no es cierto, Nora? –la voz desafiante del inspector resonaba entre las paredes del dúplex.
Dante observaba la repentina hostilidad que vibraba entre ambos.
–¿Qué sucede, Nora? ¿Qué quiere decir con eso? –murmuró el artista.
Nora, que había permanecido en un mutismo analítico durante todo ese rato, evaluando las ramificaciones de la escena, decidió despojarse del miedo y hablar sin tapujos, sin pedir perdón ni permiso.
Al fin y al cabo, ella también era una de las grandes víctimas; le habían arrebatado a la persona más querida de su vida: Salvatore.
–Sí, detective. Sé exactamente a qué ha venido –musitó en un tono sereno, retomando de inmediato el control del tablero–. Supongo que mi espantada de su despacho le dio la pista final y, tal vez, no devolví la documentación al mismo orden en el que usted la tenía.
–Exacto, Nora. Desde el primer instante comprendí que usted constituiría un serio problema en esta investigación –sentenció Revenant.
– ¿Pero qué es lo que ha sucedido? ¿Qué hiciste en el despacho de Craig cuando me marché, Nora?
La confusión de Dante era absoluta.
–Eso es lo que intentaba explicarte justo en el instante en que el inspector llamó al intercomunicador, Dante. El sujeto C es él…el detective Craig Revenant… es tu hermano por parte de padre.
El vacío más sepulcral se apoderó del comedor.
Un ambiente tenso y frío que solo se quebró cuando el pequeño Latte saltó del sofá y caminó para rozarse, con familiaridad, contra las piernas de Revenant.
–Ahora comprendo por qué Latte se encontraba en tan buen estado cuando regresó, tras semanas supuestamente perdido en las frías calles cubiertas de nieve –la voz de Nora era un órdago directo–. Usted lo tenía en su casa, ¿no es cierto, detective?
El inspector le sostuvo la mirada ante la perplejidad de Dante.
–Y usted tenía a Latte en su poder porque fue quien estuvo con Salvatore la noche de su muerte –sentenció ella–.
De alguna manera, meses antes del desenlace, descubrió información sobre su supuesto padre, Salvatore A.
Giuliano, y creyó que mi anciano vecino era su progenitor.
También descubrió que Dante era su hermano y, en un momento de enajenación o de genialidad absoluta, saboteó sus obras para forzar que les asignaran el caso y así conocerlo. ¿Me equivoco, detective?
El mutismo en la sala era asfixiante.
Dante miraba atónito a Nora y a Revenant, incapaz de procesar la información que la joven acababa de desenterrar.
–Eso no puede ser cierto… –y las palabras del artista sonaban atropelladas–. Eso… eso no es verdad, ¿verdad, Craig?
El detective arrastró una de las sillas y tomó asiento, dejando que su cuerpo se desplomara sobre el cuero negro. El cansancio lo había vencido por completo.
–Me temo que sí lo es, Dante. Todo lo que ha expuesto Nora hasta el momento es…es absolutamente cierto
Y en ese instante, Revenant se vino abajo. Comenzó a llorar de forma silenciosa, preso de una rabia y una impotencia que arrastraba desde la infancia.
–Yo tenía once años cuando encontré a mi madre muerta en su cama al regresar a casa una tarde –continuó con voz quebrada–.
Según el dictamen forense, había ingerido productos de limpieza para acabar con su vida.
Mi niñez fue una época espantosa. El hombre que se suponía que debía ejercer de padre nos había abandonado antes de mi nacimiento y mi madre jamás superó el desamparo.
Se vio sola, repudiada y a cargo de tres hijos de hombres diferentes; yo era el menor.
En aquella época, una conducta así bastaba para ser señalada por la sociedad.
Tener descendencia fuera del matrimonio se equiparaba casi a la brujería en siglos pasados.
Así que, además de las penurias económicas y el hambre, éramos marginados allí donde fuéramos.
Mi madre no supo gestionar la presión y cayó en una profunda depresión que la mantenía postrada la mayor parte del tiempo.
Nosotros, mientras tanto, hacíamos lo imposible por sobrevivir: pedíamos limosna, limpiábamos los escaparates de los comercios en las avenidas principales e incluso cometíamos pequeños hurtos para llevar un trozo de pan a la mesa.
Nora y Dante atendían las palabras del inspector sin perder de vista la alarmante complejidad de la situación. Ambos seguían de pie, estáticos.
–Tras su muerte, mis hermanos y yo fuimos separados y reubicados en diferentes hogares de acogida –prosiguió Revenant, con un hilo de voz que se entrecortaba por la emoción de reabrir aquella cicatriz–.
Ellos se adaptaron mejor que yo a las nuevas circunstancias y consiguieron rehacer sus vidas.
Al principio manteníamos cierto contacto, pero después perdimos cualquier vínculo.
Yo cambié de hogar en varias ocasiones; de hecho, estuvieron a punto de trasladarme a un correccional por mi mala conducta hasta que fui a parar a la casa de un agente de policía que ejerció como mi tutor legal.
Aquel viejo maldito poseía mano izquierda con los jóvenes delincuentes y sabía cómo inculcar disciplina sin recurrir a la mano dura.
Me hizo entender que mis acciones solo me perjudicaban a mí, y que si realmente anhelaba localizar al cobarde que me había engendrado para exigirle responsabilidades, podía canalizar esa furia estudiando en la academia.
Si me hacía detective, dispondría de todos los medios del cuerpo para dar con él.
Revenant tomó un sorbo del té que Nora le había servido.
Latte, que había permanecido merodeando por la estancia, saltó entonces sobre su regazo con una parsimonia regia. El inspector se deshizo en un mar de caricias sobre el lomo del pequeño fantasma blanco.