Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

Nora abandonó la peluquería aquella tarde, tras su retoque quincenal de raíces.

Su estilista tenía razón: aquel tono azabache era sumamente demandante para una base tan clara como la suya y, debido a la investigación privada que lideraba en solitario, el tiempo invertido en el salón comenzaba a resultarle molesto.

“Tal vez debería regresar a mi color original. Eso no significaría una rendición a mi pasado; solo una gestión audaz del tiempo… No lo sé…” , reflexionó para sus adentros.

Mientras permanecía absorta en sus pensamientos, se topó con Dante frente al portón de su edificio.

–He venido a disculparme por mi huida del otro día –le siseó él en un tono reconciliador, al tiempo que le tendía una bolsa de papel con el nombre de la cafetería donde tuvieron su primera cita–. Tu macchiato preferido y unos petticoat tails para compartir.

Nora le regaló una frágil sonrisa mientras abría el portal.

Una vez en el dúplex, se desprendieron de sus respectivas gabardinas y tomaron posiciones en el salón.

Habían alcanzado un pacto no verbal por el cual ella ocupaba el extremo cercano a la ventana y Dante el sector contiguo al pasillo.

Con las tazas humeantes y las pastas dispuestas sobre la mesa baja, el artista estrechó la mano de Nora.

–Lamento haberme marchado de manera tan brusca –confesó él, buscando suavizar el desplante que le había infligido días atrás–.

Me habría gustado que una información tan sensible me la hubieras facilitado tú.

Eso es todo. No supe reaccionar. Llevo demasiado tiempo sumido en la tensión, transitando de una emoción a otra sin saber cómo gestionarlas.

Es muy duro encajar estas revelaciones acerca de mi padre, la figura que más he odiado en mi vida…

Y ahora esto. Descubrir que era un ser deplorable y cruel.

No solo conmigo y con mi madre… sino también…

Esa breve pausa le pareció una eternidad a Nora. ¿Le habría revelado el inspector Revenant que tenía otro hermano? ¿Y qué tal vez era el propio detective?

–…sino también con sus propios hermanos y padres –concluyó Dante–. Fue un ser atroz desde su llegada a este mundo.

Su voz sonaba rota.

El artista atormentado, aquel que había descendido a los infiernos para renacer como un pintor de éxito, con el abandono superado y una vida próspera por delante, parecía estar renunciando en ese instante a su propia máscara.

El disfraz que utilizaba para justificar su arte; el que vestía para proyectar la imagen de un hombre estable y riguroso.

Nora se incorporó con sumo cuidado para no perturbar a Latte, quien, fiel a sus rutinas, había tomado posiciones sobre su regazo en cuanto ambos se habían acomodado en el sofá.

Subió al piso de arriba.

Tras unos minutos de absoluto desconcierto para Dante, volvió a bajar con el álbum de fotografías del señor Salvatore entre las manos.

–Este magnífico álbum de fotos fue el último regalo que me hizo Salvatore antes de fallecer –dijo Nora, y sus ojos se tornaron húmedos como un día de tormenta–.

Lo guardé como mi más preciado tesoro. Cuando su ausencia me desgarraba el alma, le echaba un vistazo y su ser volvía a respirar junto a sus imágenes.

Tras los últimos descubrimientos sobre su pasado, como su supuesta paternidad, pensé en este volumen como algo más que un simple recuerdo.

Intuí que él, que me quería como a una hija, me había entregado una parte de su memoria para que alguien de confianza la custodiase.

Y así fue. Cuando despegué una de las instantáneas con sumo cuidado, pude comprobar que en el reverso se ocultaba el fragmento de una carta.

Nora le tendió una de las fotografías volteada, mostrándole lo que ella misma había desvelado semanas atrás.

–Y así, una tras otra, todas las imágenes constituían el mapa invisible de un secreto que Salvatore custodió durante años; un misterio amargo y doloroso que no le pertenecía, pero del que él se responsabilizaba.

Nora desplegó sobre la mesa varios reversos.

–Como podrás observar, hay tres tipos de caligrafía diferentes. Los clasifiqué como sujetos: A, B y C.

Dante atendía las indicaciones de Nora con cada uno de sus sentidos, resuelto a no perder un solo detalle de lo que la joven desentrañaba.

–El sujeto A fue el más sencillo de resolver: se trataba de su hermana Teresa.

Lo supe por su caligrafía femenina y las anécdotas que le relataba sobre su infancia en Ferrara.

El sujeto B era su hermano gemelo, Andrea –Nora señaló uno de los manuscritos enviados por el cruel gemelo del anciano–.

Estas epístolas fueron más complejas de traducir debido a su léxico malsonante y enrevesado.

Al descifrarlas, descubrí que estaban saturadas de un odio visceral y un rencor venenoso contra Salvatore.

Nora hizo una pausa para dar un sorbo a su café ya frío.

Necesitaba ordenar en su mente la manera de comunicarle el hallazgo más importante a un Dante que permanecía absorto, intentando asimilar la información que la joven le facilitaba.

–Y el sujeto C… este sujeto cambia la dinámica de todo lo que hemos estructurado hasta el momento –Nora acarició con suavidad el rostro de Dante, obligándolo a mirarla fijamente a los ojos–. Según estas cartas… este sujeto es… tu hermano.

La tez de Dante se volvió lívida; sus ojos se perdieron en el laberinto de sus propios pensamientos y sentimientos encontrados.

–Pero… pero Nora… –Dante intentó atropelladamente hilvanar las palabras en un instante tan delicado–.

No puedo creerlo… no puede ser. Hasta hace unos meses, mi padre era solo un fantasma del pasado que me visitaba en mis momentos más sombríos para seguir torturándome…

y ahora veo que ese hombre era el diablo en persona, y que mi madre no fue la única mujer en sufrir las consecuencias devastadoras de este ser.

Nora guardó silencio, concediéndole el espacio necesario para digerir la noticia antes de revelarle el último avance de sus pesquisas.

–No puedo creer que tú sola hayas sido capaz de avanzar tanto en este laberinto. Ni siquiera Revenant, cuya única labor es investigar, ha logrado descubrir tanta información como tú.

Nora apuró el resto de la taza mientras acariciaba el lomo de Latte, quien permanecía ajeno a la densidad de la atmósfera. Necesitaba lubricar su garganta para comunicarle la noticia final a Dante.

Sabía que la información era devastadora, pero debía compartirla con él; tarde o temprano la verdad emergería y prefería ser ella quien sostuviera el veredicto.

–Al parecer, el Sujeto C tuvo una infancia parecida a la tuya, colmada de dolor y precariedades…

pero su desenlace fue terrible –la voz de Nora intentaba transmitir sosiego antes de la devastación–.

Su madre se sumió en una profunda depresión tras el abandono de Andrea; fue incapaz de soportar el impacto del desamparo y la carga de sacar adelante a su bebé ella sola.

La pobre mujer terminó por quitarse la vida, envenenándose con sus propios productos de limpieza para poner fin a un sufrimiento que ya no era capaz de sostener.

El niño, que era muy pequeño cuando ocurrió el terrible suceso, quedó a merced de las autoridades y pasó por todo tipo de situaciones que ningún menor debería vivir.

Los ojos del artista, inyectados en sangre, y el incesante golpeteo de su pierna izquierda le decían a Nora todo lo que su voz no era capaz de verbalizar.

La rabia contra su progenitor había aumentado significativamente tras el relato.

Podía verlo, pero lo peor de todo era que podía sentirlo; constituía un sentimiento que traspasaba la barrera de lo mental.

Esa energía hostil que Dante desprendía llegaba de manera física al cuerpo de Nora, como si una onda expansiva la hubiera alcanzado tras una detonación.

La joven percibía cómo la ira de Dante había arrancado de forma súbita la máscara de cordialidad que este llevaba años usando para encajar en el mercado del arte.

–Después de que una de las cartas de Andrea a Salvatore manifestase su deseo de que sus bastardos, cito textualmente…

–añadió Nora con un tono sereno y melódico, intentando aportar una tranquilidad imposible a aquel instante–: "Espero que algún día mis bastardos, creyendo que son tuyos, te encuentren y te hagan pasar por el infierno que yo he vivido toda la vida, permaneciendo a tu sombra" .

Entiendo que Andrea debió hacerse pasar por Salvatore también con la desdichada madre del muchacho.

Ambos sostuvieron la mirada en silencio. Un vacío solo roto por el rítmico ronroneo de Latte.

–Tenemos que compartir esta información con Revenant –sentenció Dante–.

Hay que averiguar quién es mi hermano… Me gustaría dar con él y, aunque solo nos una el rencor hacia ese ser, poder conocerlo y compartir este dolor.

No quiero ni imaginar lo que debió de atravesar al perder a su madre por culpa de alguien tan despreciable.

Pensar que comparto su sangre… me hace sentir como un desecho.

Dante se mostraba ante Nora como un hombre completamente distinto, alguien que nada tenía que ver con el artista ingenioso y atrevido al que había conocido meses atrás, una tarde de lluvia en una galería.

La joven le acarició el dorso de la mano con la punta de su larga uña, un contacto leve con el que pretendía desviar su atención.

– ¿Cómo fue tu primer encuentro con Revenant? – ¿Qué fue lo que te llevó a entablar esa “amistad” con él? –Nora interrumpió así la espiral de oscuridad que veía crecer en los ojos de Dante.

–Ya te lo comenté la noche que vine a ayudarte a buscar a Latte –la voz de Dante arrastró un matiz de incredulidad, extrañado de que ella hubiera olvidado ese detalle–. Sufrí un asalto en mi estudio y él fue el inspector asignado al caso. Eso es todo.

Nora se levantó para preparar té. Necesitaba apaciguar la mente de Dante antes de entregarle el resto de la información. Mientras él permanecía en el sofá, ella encendió el hervidor y dispuso las tazas.

–Es un tipo algo curioso, ¿no te parece? –Comentó Nora–. A veces da la sensación de que duerme en su despacho y solo vive por y para el trabajo. El otro día descubrí que tiene familia; nunca lo habría dicho, viendo ese aspecto tan descuidado que arrastra.

Nora lanzó al aire aquel anzuelo con calculada indiferencia.

Dante, por supuesto, mordió el cebo; su mente seguía atrapada en una suerte de trance debido al peso de las revelaciones.

–Es un buen hombre que vive atormentado por su pasado, solo eso, Nora –concluyó el artista–.

Sufrió el abandono de sus padres a una edad temprana.

Vivió en casas de acogida durante toda su infancia y quiso hacerse detective para poder localizarlos, encararlos y hacerlos responsables de una paternidad  negligente.

Nora se acercó con las dos tazas humeantes. Le ofreció una a Dante, quien la depositó de inmediato sobre la mesa baja, como si fuera incapaz de sostener más calor del que la propia ira le proporcionaba.

–Cuando nos conocimos durante la investigación del asalto a mi loft , acababa de divorciarse de su esposa.

Congeniamos muy bien desde el primer momento y quedábamos de vez en cuando para tomar unas cervezas.

Ambos veníamos de un pasado similar, marcado por familias desestructuradas, y aquello nos hacía sentir vistos por el otro como un igual.

Me explicó que, unos meses antes, su vida iba viento en popa: una mujer preciosa, unos hijos maravillosos que lo adoraban y un oficio que nadie más quería hacer, pero que a él lo llenaba.

Pero entonces todo cambió de la noche a la mañana.

Dante bebió de su taza de té, que ya había perdido parte de su calor.

–Al parecer, encontró de manera fortuita noticias sobre su padre.

Estaba vivo y ambos residían en la misma ciudad.

Revenant pensaba que su progenitor se hallaba en la otra punta del mundo; jamás había localizado nada acerca de él.

Este descubrimiento constituyó el principio del fin.

Lo sumió en una especie de obsesión enfermiza; una investigación exhaustiva que lo hizo caer en el alcoholismo y en conductas nocivas.

Por supuesto, su mujer y sus hijos fueron el daño colateral de ese desastroso hallazgo.

Pasó de ser un marido y un padre ejemplar a comportarse como un obsesivo perturbado, incapaz de superar un pasado que ya no le pertenecía.

Su esposa quiso brindarle ayuda psicológica, pero él se negó, firmando así la sentencia de muerte de la preciosa familia que había construido.

Estuvieron a punto de suspenderlo de empleo y sueldo por su mala conducta en el departamento.

Pero entonces sucedió el asalto a mi taller y él suplicó que le asignaran mi caso; prometió que, si no era capaz de retomar las riendas de su vida, él mismo abandonaría la comisaría.

Por lo visto, esa investigación y la camaradería que trabamos lo ayudaron a salir adelante y a enterrar aquella malsana fijación.

Nora lo miraba atónita, mientras su mente sumaba los puntos de un dibujo que mostraba, por fin, el resultado final de la dantesca silueta que el gemelo oscuro de Salvatore había dejado tras de sí.

–Dante, he de decirte algo que creo que es imperativo que sepas…

El timbrazo del intercomunicador provocó que ambos quedaran congelados en el tiempo, como si una fuerza en otro plano no quisiera que se revelara esa información. Nora se levantó con delicadeza y descolgó el auricular.

–Señorita Holloway, soy el inspector Revenant. Es importante que hable con usted. ¿Podría subir un momento? –inquirió la voz del detective desde el altavoz.

Nora se quedó petrificada, con la mirada clavada en Dante.

Su mente le advertía de un peligro inminente al analizar los datos: Revenant, un hombre trastornado por la pérdida de su madre y de su familia debido al odio que Andrea había sembrado en su corazón, se personaba en su casa en mitad de la noche.

Y lo hacía justo después de que ella descubriera que él era el sujeto C.

Aquella no era una visita rutinaria del detective; era el desenlace irremediable del daño colateral causado por Andrea.