Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 26
79%

Capítulo 26

El día, como de costumbre, había amanecido de un gris plomizo. Sin embargo, las temperaturas gélidas del invierno comenzaban a ceder ante un frescor mucho más llevadero; la primavera estaba cerca.

Nora regresaba de Goldart enfundada en su gabardina azul petróleo.

Había pasado la mañana repasando con el personal de recursos humanos las cláusulas de su nuevo contrato de trabajo, el cual se reactivaría en menos de dos semanas.

A ella le habría gustado dejar resuelto el misterio que envolvía a la familia Giuliano antes de retomar sus obligaciones corporativas, pero sus pesquisas se habían estancado tras un hallazgo desconcertante: la existencia de un segundo hijo de Andrea, el cruel gemelo de Salvatore .

No había sido capaz de descubrir nada más acerca de él; ignoraba su nombre, el país donde residía e incluso su edad aproximada.

Este punto muerto en la investigación la desvelaba por las noches, y su rostro acusaba un cansancio que ni siquiera el maquillaje lograba enmascarar.

Dante, que ya era conocedor de la verdadera naturaleza de Nora –de su forma de ser, de sus complejidades y de sus secretos–, intuía que ella le ocultaba algo que la desgastaba por dentro y que no se atrevía a compartir.

Le había preguntado en varias ocasiones sobre los avances que había llevado a término, pero Nora siempre se escudaba en la misma respuesta: "No he descubierto nada nuevo, aún".

Dante, por supuesto, no la creía, pero sabía que ella era demasiado analítica y perfeccionista como para revelar una hipótesis antes de tener las certezas claras.

Pese a todo, ese secreto empezaba a pesar demasiado.

Nora resolvió regresar a la comisaría; necesitaba poner sobre la mesa de Revenant los oscuros hallazgos de las fotografías.

Permanecía sentada frente al despacho del inspector, con la gabardina perfectamente doblada sobre las piernas, cuando la puerta se abrió de golpe.

La silueta que cruzó el umbral hizo que se le congelara la sangre.

–Dante, te agradezco mucho el tiempo y que hayas venido hoy –dijo Revenant a su espalda–. Esto solucionará el asunto de una vez por todas.

Acto seguido, el inspector y Dante se fundieron en un abrazo de sincera camaradería, dejando a Nora atrapada en un silencio atónito.

–Señorita Holloway, deme un momento, por favor; me reclama el comisario –intervino el detective, cuya voz se perdió con la misma rapidez que sus pasos en el ruidoso y destartalado pasillo de la jefatura–. Enseguida estoy con usted, espéreme en mi despacho.

– ¿Dante? ¿Qué estás haciendo aquí? –La voz de Nora fue incapaz de ocultar su asombro.

–Nora, comprenderás que te estoy agradecido por haber investigado el pasado de mi supuesto padre –dijo Dante.

Sus palabras arrastraban un dolor antiguo y bien custodiado–.

Pero llevas demasiado tiempo ocultándome las cosas.

Y es de mi vida de lo que estamos hablando.

El inspector Revenant ha tenido a bien ponerme al día; me ha revelado la existencia de ese hermano gemelo, Andrea.

No te voy a negar que me entristece profundamente haber tenido que enterarme en una comisaría.

Le tengo aprecio a Revenant, pero fuiste tú quien descubrió el rastro…

en fin. Me habría gustado escuchar una revelación de este calibre por tu propia boca.

–Dante, escúchame, yo…

Pero el artista no le permitió concluir la frase.

Viró sobre sus talones y la dejó allí, inmóvil frente al umbral.

Podría haber corrido tras él, podría haber suplicado su perdón o confesarle el verdadero motivo de su prudencia, pero Nora sabía mejor que nadie que ante una fractura así el único recurso era conceder tiempo y espacio.

Lo contempló desaparecer escaleras abajo, envuelto en su característico uniforme de tonos oscuros que a ella tanto la atraía.

Una punzada aguda le atenazó la boca del estómago, sembrando una duda heladora: ¿querría Dante volver a verla?

Con la pesadumbre de quien prolonga su estancia en la comisaría más de lo debido, cruzó el umbral y entró en el despacho de Revenant .

Tomó asiento.

Un marco fotográfico reposaba sobre el escritorio, orientado hacia el asiento del detective.

Nora lo volteó con un movimiento sutil. Era una estampa idílica de Revenant junto a su esposa y sus dos hijos.

La imagen debía de tener varios años; él lucía considerablemente más joven, desprovisto de la fatiga actual.

Al inclinar el rostro hacia el cristal, Nora comprobó que los niños compartían facciones idénticas.

Con un gesto autómata, devolvió el marco a su posición exacta.

Sobre una montaña de papeles divisó una carpeta rotulada con el nombre de Dante Blackwell. Nora alzó su perfilada ceja mientras arrastraba el documento con su larga uña granate.

Lo abrió con sumo cuidado para no alterar el orden.

En el interior reposaban fotografías policiales que retrataban destrozos significativos en el estudio del loft .

–Esto debe de ser lo que mencionó Dante sobre el asalto que sufrieron sus obras y cómo conoció a Revenant –musitó para sí misma.

El informe revelaba que un sujeto anónimo había infligido daños de gravedad a las obras de Blackwell. No habían dado con el asaltante y, al tratarse de simples daños materiales contra la propiedad, el caso había quedado sobreseído a la espera de nuevas revelaciones.

Cuando se disponía a devolver el archivo a su sitio, reparó en una nota manuscrita sobre una de las imágenes:

“El denunciante no reporta sustracción alguna de material de valor como dinero, joyas o electrodomésticos. Solo la destrucción de algunas de sus más recientes obras, la violación de su espacio privado y el desorden generalizado de su loft” .

La sangre de Nora se heló en ese instante.

No por la afirmación que sostenía la nota –ya que Dante siempre había defendido esa versión de los hechos–, sino porque la caligrafía de aquel texto pertenecía, sin un solo atisbo de duda, al Sujeto C.

Con el pulso tembloroso pero guiada por su rigor inflexible, devolvió de inmediato el expediente al lugar exacto de donde lo había tomado, restituyendo la simetría milimétrica de la mesa.

–Señorita Holloway, ya estoy con usted.

La voz de Revenant, materializándose a su espalda, interrumpió sus pensamientos.

Nora se giró despacio.

Las facciones de la joven se habían tensado en una palidez absoluta, emulando la rigidez de una escultura de mármol.

–Lo… lo lamento, inspector –dijo, forzando una calma que no sentía–. Se me ha hecho tarde. Venía con el tiempo muy justo para comentar un par de detalles con usted. Regresaré en otro momento, con más calma.

–Cualquiera diría que ha visto un fantasma –le espetó Revenant. El inspector clavó sus ojos azulados en la superficie de la mesa, escrutando el expediente de Dante en busca de cualquier indicio de manipulación.

–Como le decía, tengo prisa y no puedo demorarme –replicó Nora, blindando su voz en una cortesía gélida–. Debo acudir a Goldart a firmar unos documentos; es imperativo que me marche ya. No quiero llegar tarde a mi reunión con recursos humanos.

Con la gabardina firmemente sujeta en la mano, abandonó el despacho a paso firme y decidido. Aquel descubrimiento no la había asustado, pero sí había dotado a sus movimientos de una rigidez mecánica, desprovista de su elegancia habitual.

Mientras bajaba las escaleras a ritmo acelerado y sin mirar atrás, dos preguntas resonaban en su mente con un eco ensordecedor: ¿Era el inspector Revenant el otro hijo de Andrea Giuliano? Y si lo fuera, ¿habría compartido esa información con Dante?

Desde lo alto del pasillo, Revenant vigilaba su marcha con una suspicacia letal.