Capítulo 25
Nora volvía del loft de Dante tras pasar la noche con él.
Las confesiones de Teresa lo habían cambiado todo: por primera vez, la joven se había permitido una vulnerabilidad que hasta entonces se negaba.
Sin perder un ápice de su independencia ni caer en romanticismos edulcorados, la certeza de que Salvatore no era el padre de Dante le otorgó el derecho a confiar.
La sospecha ya no flotaba entre los dos.
Aun así, Nora prefirió el hermetismo; se guardó los datos de los que disponía.
El artista arrastraba demasiadas cicatrices por culpa de aquel asunto, y ella se prometió no desenterrar el fantasma de Andrea hasta no tener bajo control la última de las respuestas.
Al cruzar el umbral de su dúplex, Latte salió a su encuentro, enredándose entre sus piernas en una silenciosa demanda de atención.
Nora se disponía a refugiarse en una ducha reparadora cuando el eco de una agria disputa alteró su paz. Provenía de la planta inferior.
Envuelta en su bata de lana negra, bajó las escaleras hacia el séptimo piso.
Avanzó sin hacer ruido, deslizándose frente a los diferentes umbrales hasta dar con el origen de las voces: el 7A, el apartamento de Evranna.
Nora no se movía por el cotilleo vulgar, pero la violencia de la pelea encendió sus alarmas; tras lo sucedido con Salvatore, temió que la médium estuviera en peligro.
Evranna mantenía el tipo sin alzar la voz, pero una réplica masculina, cargada de ira, estallaba contra ella al otro lado de la madera.
Nora era incapaz de descifrar las palabras exactas; el volumen fluctuaba, sometido al errático estado emocional del misterioso intruso. Tal vez un cliente descontento con las predicciones de Evranna, conjeturó.
De pronto, el griterío cesó por completo.
Nora permaneció inmóvil en el rellano, conteniendo la respiración en busca de cualquier indicio que justificara alertar a la policía.
En ese instante, la puerta se abrió de golpe. Evranna, envuelta en su túnica de terciopelo negro y con el rostro desfigurado por un agotamiento absoluto, apareció en el umbral.
Sus ojos se clavaron en los de Nora, que sostuvo aquella mirada fatigada pero cortante.
–No debes preocuparte, bella –siseó Evranna con una frialdad pasmosa–.
No es más que un cliente descontento con lo que los arcanos le tienen reservado.
Es inofensivo; a los de su clase siempre se les va la fuerza por la boca.
Lamento que nuestra… pequeña discusión te haya obligado a bajar.
Agradezco que hayas venido a comprobar que estoy bien, pero puedes volver a casa tranquila.
–De acuerdo –asintió Nora, sin creerse una sola palabra de la versión que la médium acababa de improvisar–. Me alegro de que solo sea eso… un pequeño desencuentro.
Al regresar al dúplex, el silencio del piso inferior fue sepultado por una música lúgubre, de esas que Evranna empleaba en sus liturgias, pero reproducida a un volumen inusual. La médium levantaba un muro de sonido para sepultar los ecos de su desencuentro.
Tras una ducha reparadora, enfundada en el pijama gris humo de cachemira, Nora se dispuso a cerrar el caso.
Con los tres montones de fotografías ya clasificados por caligrafía, se sentó a la mesa armada con una libreta y un bolígrafo. Estaba lista para descifrar el mapa que el anciano había tejido con tanta paciencia a lo largo de los años.
El Sujeto A era, sin lugar a dudas, Teresa. La resolución de sus textos no aportaba nada nuevo a lo que ya habían desenterrado por teléfono.
El Sujeto B, en cambio, pertenecía al diavolo , Andrea.
Sus líneas destilaban incoherencia, alimentadas por un odio visceral y añejo.
Hacía a su hermano responsable de cada uno de sus fracasos, acusándolo de haberle arrebatado la vida y la identidad misma.
Aquellas páginas revelaban el trauma de quien jamás superó la condena de ser el gemelo de un hombre bondadoso.
Incapaz de construirse un espacio único, el hecho de verse a sí mismo como la sombra más oscura de Salvatore –mientras la familia le reprochaba su avaricia y crueldad– no hizo más que dinamitar la brecha entre ambos.
Junto con los textos de Teresa, estas cartas resultaron las más complejas de descifrar debido a la necesidad de traducirlas una a una; sin embargo, Nora, armada con una determinación quirúrgica y su propio intelecto, completó la tarea de manera impecable.
Al traducir la última de sus cartas, pudo leer:
"Espero que algún día mis bastardos, creyendo que son tuyos, te encuentren y te hagan pasar por el infierno que yo he vivido toda la vida, permaneciendo a tu sombra. La sombra del gran Salvatore Alessandro Giuliano".
Nora contuvo la respiración. Sabía lo que eso significaba.
Bastardos .
Esta última carta de Andrea confirmaba la idea de la posibilidad de que este hubiese tenido más hijos como daba a entender la carta del Sujeto C.
La verdad era perturbadora: Dante compartía sangre con un hermano cuya existencia ignoraba.
Otra víctima de la crueldad de Andrea. Al diavolo no le bastó con contaminar la identidad de su hermano gemelo; la utilizó como un arma para seducir, embarazar y desahuciar a mujeres inocentes bajo la máscara de Salvatore Alessandro Giuliano.
Nora cortó el hilo de sus pensamientos con un suspiro largo.
Con un coletero de tela gruesa, se recogió el cabello azabache, que había crecido mucho desde su drástico cambio de look meses atrás.
Desvió los ojos hacia Latte, absorto en perseguir una pequeña pelota de plástico por el comedor.
–En otra vida quiero ser gato –susurró para romper el silencio. Latte alzó la cabeza y sostuvo su mirada, sellando un pacto silencioso en mitad del caos.
Empezó a poner en orden el último montón de cartas.
Las del sujeto C.
Las palabras vertidas en ellas eran de la misma oscuridad y crueldad que las de Andrea, el gemelo malvado.
Narraban una infancia llena de dolor y sufrimiento.
Cómo el abandono hizo que su madre se sumiera en una profunda depresión y finalmente pusiera fin voluntariamente a su vida, y cómo el narrador había descubierto el cadáver.
Nora sintió un escalofrío que recorrió toda su columna vertebral como una descarga eléctrica. Acababa de dar con el segundo hijo del diavolo . Otro damnificado por la perturbada mente de Andrea, que hizo creer a la madre del narrador que su padre era el señor Salvatore.
El Sujeto C era una incógnita para Teresa.
Si, como ella decía, solo tenían constancia de la existencia de Aleksander, este segundo hijo era un cabo suelto reciente.
El anciano, al descubrirlo, no se habría visto con fuerzas para decírselo a su querida hermana; a pesar de ser algo más joven que él, su estado de salud era demasiado delicado.
Nora contempló la última pila de cartas, preguntándose si el Sujeto C sería el protagonista de aquel tenso rifirrafe con Salvatore y el verdadero causante de su muerte, aunque hubiese sido de manera indirecta.