Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Tras la llamada de Goldart el día anterior, Nora empezaba a sentir una presión invisible sobre los hombros.

Necesitaba resolver aquel rompecabezas antes de regresar a la rutina, pero la partida de Brianna a la sede de Nueva York se había precipitado.

A finales de mes debía ocupar su nuevo puesto en la oficina: el antiguo despacho de Jason Lavender, su despótico exjefe.

Había quedado con Dante para comer en su loft , con la vaga idea de prolongar la jornada y quedarse a dormir con él.

Con los nuevos y reveladores datos sobre la paternidad de Salvatore, su mente analítica había dictaminado que Dante estaba fuera de toda sospecha.

Aun así, prefirió guardarse las cartas; ya había sufrido bastante y Nora se negaba a infligir más dolor a su alma torturada antes de tener una visión nítida del asunto.

Antes de ir al loft de Dante, se acercó a la comisaría para hacer una nueva visita al detective Revenant.

Sentada en una maltrecha silla de plástico, Nora aguardaba su turno.

Detestaba el lugar.

Lo que más resistencia le causaba era aquel olor acre, mal camuflado por una mezcla química de productos de limpieza y ambientadores baratos.

Afuera, a pesar de la cercanía de la primavera, el invierno se resistía a marchar y la gente seguía embozada en abrigos gruesos.

Nora, sin embargo, mantenía el suyo perfectamente doblado en el regazo.

El calor de la comisaría era insoportable, obligándola a recogerse las mangas de su jersey negro de cachemira.

–Buenos días, señorita Holloway –la voz del detective sonaba tan desgastada como el lustre de sus ropas–. Adelante, pase.

Nora tomó asiento frente al escritorio de Revenant. Sobre la mesa, una carpeta con una etiqueta capturó su atención de inmediato: Salvatore A. Giuliano .

El detective, al percatarse de su descuido, le dio la vuelta al expediente con un gesto rápido antes de sentarse frente a ella.

–Usted dirá, señorita Holloway. Hoy tengo una jornada de lo más complicada…

– ¿Usted ha hablado con la hermana del señor Salvatore? –La voz gélida de Nora cortó la frase de Revenant antes de que pudiera terminarla.

–Yo personalmente, no. No hablo italiano –respondió él, conteniendo el gesto–.

Pero mi colega, el teniente Di Pietro, habló con ella.

Además de comunicarle la triste noticia, la sometió a un breve interrogatorio para obtener información sobre el anciano.

De hecho, cuando el caso se cerró como un deceso por causas naturales, se la volvió a llamar para informarle.

Ambos se sostuvieron la mirada con fijeza.

Nora escrutaba sus facciones en busca de una fisura que delatase la verdad; Revenant, por su parte, era consciente de que la joven ocultaba una carta.

– ¿Al investigar su muerte, solicitó algún tipo de documento a la comisaría de Ferrara? ¿Su partida de nacimiento, antecedentes…?

–Vaya al grano, señorita Holloway –la interrumpió Revenant, incapaz de disimular su fatiga y su mal humor–. Como trataba de decirle, hoy tengo un día especialmente difícil.

–Yo sí hablé con Teresa, la hermana de Salvatore –soltó Nora, midiendo el silencio.

Vio cómo la mandíbula del detective se tensaba–.

Es cierto que prefiere el italiano, pero se defiende en nuestro idioma.

Tuvimos una conversación de casi tres horas en la que logré desenterrar cosas que nadie sabía sobre el pasado de Salvatore.

El silencio en el despacho se volvió tan denso y gélido que casi podía palparse, roto únicamente por el eco amortiguado del griterío exterior.

Sin apartar los ojos de él, Nora abrió su bolso de piel negra y extrajo con lentitud los recortes de prensa que hablaban del fallecimiento de Salvatore A. Giuliano.

Los depositó sobre la mesa y, con un movimiento deliberado de sus largos dedos, los deslizó hacia el detective.

Revenant contempló el papel, debatiéndose entre la perplejidad y la curiosidad.

– ¿Se puede saber qué es esto, señorita Holloway? No estoy para juegos detectivescos.

–Solo necesita leerlo. Con toda la atención de la que disponga –ordenó Nora. Su voz ya no admitía réplica.

El rostro del detective, a medida que recorría las líneas sobre la supuesta muerte de Salvatore, se tornó pálido, adquiriendo el mismo tono desvaído de las paredes que custodiaban su oficina.

–Al parecer, el señor Giuliano tenía un hermano gemelo idéntico –continuó Nora–.

Un hermano que también se llamaba Salvatore en honor a su bisabuelo.

La abuela de la familia decidió bautizarlos con el mismo nombre.

El primero en nacer fue Salvatore Alessandro, y el menor, Salvatore Andrea.

Para evitar confusiones, al primero se le conoció siempre como Salvatore; al más pequeño, como Andrea. Mi vecino era el mayor: Salvatore.

Nora tomó aire.

Durante esa fracción de segundo, el rostro de Revenant sufrió una nueva mutación, pasando del grisáceo marmóreo al blanco más absoluto.

–Andrea era un diavolo , en palabras de la propia Teresa. Una persona carcomida por el rencor y el odio hacia su hermano mayor, que dedicó toda su vida a complicarle la existencia de las maneras más perturbadoras. Andrea es el padre de Aleksander Orlov, detective. No Salvatore.

Esas palabras quedaron suspendidas en el aire mientras la sangre volvía a circular en el rostro del detective.

–Es imposible –insistió Revenant, con la voz rota–. La partida de nacimiento enviada desde Ferrara era nítida. No figuraba ninguna advertencia de parto múltiple ni constaba el orden de prelación de los hermanos, un requisito legal estricto en este tipo de alumbramientos.

–Teresa me explicó que fue su abuelo quien llevó los papeles al registro civil tras el alumbramiento –respondió Nora–.

Un granjero analfabeto, un hombre de buen corazón que no sabía leer ni escribir.

En aquella época, los funcionarios rurales carecían de la pericia y el celo que existen hoy en estos trámites.

Es casi seguro que el encargado de dar fe del nacimiento, aturdido por la duplicidad del nombre de pila, solo inscribió a uno de los bebés.

El timbrazo del teléfono rompió el silencio sepulcral.

–Detective Revenant –dijo él, recuperando el filo de su tono–. Enseguida voy, teniente.

Se levantó, ajustó la chaqueta y miró a Nora con una mezcla de respeto y urgencia.

–Lamento tener que dejar esta conversación tan interesante en este punto. Por supuesto, cotejaremos su información con el país de origen de Salvatore y volveremos a llamar a la señora Teresa Giuliano para que confirme lo que acaba de decirme.

–Espero que pueda compartir conmigo cualquier nuevo descubrimiento –dijo Nora, incorporándose–. Le estaré muy agradecida si podemos dar por zanjado todo este misterio que envuelve a Salvatore. Digamos que debe ser el último "regalo" de su querido hermano Andrea. Espero.

La despedida entre Nora y el detective Revenant sostuvo una ligera tensión, como si ambos tuviesen la certeza de que ese no sería el descubrimiento más sorprendente acerca de este caso.