Capítulo 23
El dúplex de Nora –que por norma estaba perfectamente ordenado por su intolerancia al ruido visual, como llamaba al desorden ajeno– amaneció sumido en el caos.
El álbum de Salvatore estaba abierto en el suelo.
Las fotografías se extendían desperdigadas a lo largo y ancho del comedor, como si intentaran trazar el mapa del tesoro que el anciano le había confiado.
La joven apenas había dormido aquella noche.
Su mente, totalmente agitada por las últimas aportaciones de Evranna y el detective Revenant, la tenía sumida en la desesperación.
Ya no tanto por su relación con Dante –para ella, él había quedado libre de toda sospecha tras su última conversación–, sino porque su mente pragmática y analítica era incapaz de descansar hasta no tener todo clasificado y catalogado.
Para Nora era vital entender qué había sucedido en el pasado de Salvatore. Se habían conocido demasiado bien como para que él la hubiera mantenido engañada durante tantos años. Ese pensamiento intrusivo era el causante de su agitación y el que no le permitía descansar por las noches.
Enfundada en un riguroso conjunto de punto negro, Nora permanecía inmóvil sobre un cojín de pelo blanco. A un lado, un café macchiato enfriándose; al otro, Latte dormitaba, ajeno al caos que lo rodeaba.
Ella leía con la fijeza implacable de un patólogo forense en busca de la incisión exacta.
El reverso de las fotografías, la correspondencia que el anciano había acumulado durante décadas arrojaba pistas fragmentadas, trazos de una verdad oculta.
La mayoría de las cartas estaban escritas en italiano –las de su hermana Teresa, intuyó– y fueron esas las que le exigieron un tributo de horas debido a la fricción de una traducción forzada.
Sin embargo, del fondo de aquellos textos crípticos, Nora logró arrancar una imagen nítida:
"Es increíble que todo haya tenido que terminar de manera tan triste" "Todos sabíamos que la cosa no podía acabar bien. Tú lo sabes mejor que nadie" "Lástima me da este pequeño, que nunca llegará a conocer a su auténtico padre"
– ¿Pero en qué estabas metido, Salvatore? –El susurro de Nora hizo alzar la mirada a Latte, que ella tranquilizó con una suave caricia–. Sí, pequeño, al parecer nuestro querido amigo guardaba un oscuro secreto.
Sacaba las fotografías con sumo cuidado como una experta analista en busca de cualquier pista que pudiera arrojar luz sobre el caso.
Su mirada se detuvo en una imagen perturbadora: un grupo de muchachos, apenas unos niños, que sostenían cigarrillos y botellas de alcohol mientras posaban sobre un coche descapotable.
Pero no fue solo la escena lo que despertó sus alarmas; aquella fotografía tenía un grosor anómalo, un relieve que la delataba frente a las demás.
Al despegarla con minucioso cuidado, un trozo de papel envejecido se deslizó hasta caer sobre sus piernas.
Era un recorte de prensa antiguo que rescataba del olvido un accidente de automóvil en la Costa Azul francesa. El artículo detallaba la violencia del suceso y la identidad de la víctima:
Salvatore A. Giuliano, de 47 años de edad y originario de Ferrara (Emilia-Romaña, Italia), ha fallecido en un aparatoso accidente de tráfico este sábado por la tarde en la autopista A8 (dirección Niza), en el tramo de descenso que discurre entre el peaje de La Turbie y el valle del río Paillon.
El conductor, que regresaba de Mónaco, superaba la velocidad permitida en ese tramo y no pudo hacerse con el control del vehículo, que impactó de forma lateral contra la barrera de protección en una de las curvas más peligrosas del recorrido.
El turismo dio varias vueltas de campana.
Los servicios de emergencia solo pudieron certificar la muerte en el acto.
Fueron estos mismos los que alertaron a la policía del fuerte olor a alcohol que desprendía el cadáver y de las varias botellas de licor rotas que se encontraron junto al siniestro y las pertenencias del fallecido.
Nora necesitó un segundo para procesar lo que acababa de leer.
–Salvatore A. Giuliano, fallecido en accidente de tráfico a los cuarenta y siete años... –leyó Nora en un susurro. La incredulidad empañaba su voz–. ¿Cómo es posible? No comprendo nada.
Su mente trabajaba a marchas forzadas, intentando encajar las aristas de aquel rompecabezas.
Sobre el suelo del comedor, las pruebas decodificadas comenzaban a alinearse como fichas de dominó.
Había logrado aislar tres caligrafías distintas en los reversos, catalogándolas bajo las etiquetas de Sujeto A, B y C.
Sabía que solo cuando tuviera el mapa caligráfico completo las imágenes revelarían una lectura coherente.
Dejó el recorte a un lado y miró el reloj; solo le quedaba esperar a que el desfase horario hiciera su labor para telefonear a la única persona que de verdad había conocido las sombras de Salvatore.
– ¿Pronto, chi parla? – dijo la voz al otro lado de la línea.
– Signora Teresa, sono Nora .
Esa frase se la había enseñado el anciano, junto con algunas palabras sueltas –sobre todo insultos– en sus muchas charlas.
La joven había hablado en múltiples ocasiones con la hermana de Salvatore, cuando esta llamaba los fines de semana para que él le hiciera un resumen de su vida.
–¡Oh, bella! Qué ilusión poder oírte de nuevo.
Hace mucho que no hablábamos, desde… desde que me ayudaste a organizar el funeral de mi querido Salvatore.
Lamento que tuvieras que hacerlo todo tú sola, pero al estar nosotras en otro país, tan lejos…
–Nora pudo sentir la emoción y las lágrimas de Teresa, e incluso ver mentalmente cómo se persignaba, un gesto muy propio de ella, según le había comentado el anciano.
–Dime, cara , ¿cómo estás? ¿Cómo llevas la sua assenza ?
Teresa no podía ocultar su marcado acento italiano, pero Nora, acostumbrada a las charlas con Salvatore, tenía el oído entrenado para entenderla perfectamente.
–Pues no lo llevo bien –confesó, sintiendo cómo el nudo de los últimos hallazgos le estrangulaba la voz–. Le echo de menos a cada hora. Para mí lo era todo, mi único pilar…
Cerró los ojos y respiró hondo, conteniendo el temblor de sus cuerdas vocales.
Necesitaba desviar el foco, salir del laberinto en el que se estaba hundiendo.
–Se me había pasado contártelo con todo este caos, pero… he recuperado a Latte.
La respuesta al otro lado de la línea fue un grito de alivio y alegría contenida.
–¡Che notizia meravigliosa! Quel piccolino era come un figlio per lui.
–Lo sé –dijo Nora, y su tono perdió de golpe todo rastro de dolor. Ambas sabemos lo mucho que significa ese pequeño ser.
Hizo una pausa corta, congelando el júbilo al otro lado del teléfono.
Cuando volvió a hablar, el filo de su voz atravesó la línea como un estilete:
–Teresa, necesito hacerte una pregunta sobre Salvatore. Es un asunto delicado, de una importancia extrema… ¿Salvatore tuvo hijos alguna vez?
El silencio se hizo entre ambas. Un silencio que a Nora le pareció una eternidad.
– Santa Madonna… ¡mamma mía! ¿Por qué me preguntas eso, cara ? ¡ Che Dio mi perdoni , me ha dado un vuelco el corazón!
Nora sabía que no iba a ser fácil mantener una conversación sobre aquel tema, pero era imperativo sonsacarle a Teresa toda la información posible.
Tras más de dos horas de conversación telefónica, no libre de problemas por la barrera del idioma, Nora tuvo que transmitir a Teresa todo lo acaecido hasta el momento: las revelaciones del detective Revenant, el hallazgo del documento de Evranna y los recortes del supuesto fallecimiento custodiados por Salvatore.
Teresa, aunque reticente, no vio otra salida. No quería ver empañado el nombre de su querido hermano.
– Bella , has hecho bien en defender siempre la inocencia de mi caro hermano –dijo la voz entrecortada y nerviosa de Teresa–. Él nunca ha sido padre. Era un uomo sterile… come se dice… ¡impotente!
Nora contuvo la respiración.
–Salvatore no era mi único hermano –continuó Teresa–. Él tenía un hermano gemelo.
La revelación dejó a Nora sin aliento.
Un silencio sepulcral se hizo entre ambas mujeres.
–¿Cómo es posible, Teresa? –La voz de Nora tropezaba con sus propias palabras–. Él nunca habló de un hermano. Tú tampoco. Guardasteis un silencio absoluto.
–Ese fratello desapareció pronto de escena –respondió Teresa al otro lado de la línea–. Murió en una carretera en el sur de Francia. Pero no antes de arrastrar a mi caro hermano a sus propios infiernos. Ese recorte sobre el accidente que tienes entre las manos... pertenecía a su pasado.
Hizo una pausa, tomando aire.
– La mia nonna quiso ponerles el mismo nombre a ambos: Salvatore.
Cosas de los ancianos de la época, en honor a su padre, mi bisabuelo.
Se les registró como Salvatore Alessandro y Salvatore Andrea.
Al primero en nacer se le llamó toda la vida Salvatore; al pequeño, Andrea.
Tú conociste a Salvatore –la voz de Teresa se quebró–.
Mientras él era todo bondad y generosidad, Andrea era pura maldad y egoísmo.
Eran gemelos idénticos. Muy poca gente podía diferenciarlos.
Él siempre se hacía pasar por Salvatore, metiéndolo en todo tipo de problemas, desde bien pequeños Pero con la edad los problemas que Andrea creaba a Salvatore eran cada vez mayores.
Ese fue uno de los motivos por los que Salvatore decidió dejar su cara patria…
pero Andrea siempre acababa dando con él y destrozando su vida.
Salvatore no pudo vivir tranquilo hasta que Andrea falleció en aquel trágico accidente.
Salvatore estaba en aquel momento de visita en nuestra casa, en Ferrara, y Andrea, al averiguarlo, se dirigía hacia aquí para seguir torturándolo.
Teresa se quebró. El secreto que había custodiado en el vacío más absoluto junto a Salvatore terminó por escapar de sus labios.
Con el llanto roto de la mujer como telón de fondo, las piezas encajaron en la mente de Nora.
Aquellas largas ausencias en la mirada de Salvatore, cargadas de una pena que siempre le resultó indescifrable, cobraron sentido.
La sombra que el anciano había protegido con tanto celo estaba ahora expuesta sobre la alfombra de su comedor.
– Questo diavolo ... –Teresa tragó saliva, hilvanando los recuerdos con dificultad–.
Dejó un hijo en el mundo. Salvatore y yo quisimos proteger al pequeño, pero la madre limpió su taquilla en el hotel y desapareció.
Mi hija Rosetta consiguió una carta devuelta que iba dirigida a él; incluía dos fotografías del bambino .
Salvatore dilapidó una fortuna en un detective privado para buscar a questo bambino , pero ese hombre era un parásito mediocre que solo le robaba el dinero a mio fratello . Al final, la búsqueda cesó.
El llanto de la anciana amenazó con cortar la comunicación.
Nora escuchaba al otro lado del teléfono, petrificada, mientras Teresa arañaba las últimas fuerzas para desvelar el enigma:
–Esa ausencia nos marchitó por dentro. Verás...
mi hermano Andrea utilizaba los nombres de Salvatore o Alessandro.
Ese fue el equívoco, el hilo equivocado que os trajo hasta mi caro fratello .
Salvatore, el hombre que tú trataste, jamás tuvo hijos.
La naturaleza se lo negó. Pero Dios sabe que habría sido un padre extraordinario.
Tras varios minutos adicionales de intensa charla, Nora se despidió de Teresa con la promesa de visitarla pronto. Para Salvatore, Nora era como una hija, y Teresa quería ponerle cara antes de abandonar este mundo. La promesa quedó hecha. Y Nora nunca faltaba a su palabra.
Se sentó de nuevo sobre el cojín de pelo blanco en el suelo. Una mezcla de plenitud y alivio, regada con una profunda tristeza, la invadió al comprender el peso del secreto que el anciano había cargado toda su vida.
Se disponía a recoger las imágenes esparcidas por la estancia cuando, al voltear una de ellas, leyó:
"Has sido un cobarde abandonando a tus hijos. Lanzándolos al mundo como desechos humanos, teniendo que vivir precariedades y sufrimientos. Pero ahora que he dado contigo, pagarás por todo ello."
– ¿Hijos? ¿En plural? –murmuró Nora para sí misma.
En ese instante, el cielo se desplomó sobre la ciudad, castigando con furia los ventanales del dúplex.
Sentada sobre el cojín, Nora acariciaba de manera ausente el pelaje de Latte, atrapada en un trance.
Toda la información que planeaba exponer ante los implicados en el caso acababa de desmoronarse.
El rompecabezas no solo cambiaba de forma; el misterio real todavía se ocultaba tras una densa niebla.