Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

Nora abrió los ojos y el loft olía a café recién hecho. La luz gris que se filtraba a través de los ventanales delataba el frío de la mañana.

Dante, refugiado en su estudio, amparado por una música de índole oscura, daba brochazos cargados de ira a uno de sus lienzos.

Ella hubiese preferido dormir en su casa la noche anterior y seguir avanzando con el rompecabezas que Salvatore le había regalado, disfrazado en forma de álbum fotográfico.

Pero Dante le había pedido que se quedara con él.

Supo ver en sus ojos la súplica de alguien que acababa de ver volar su vida por los aires y que no encontraba consuelo alguno.

Cuando vio que Nora se incorporaba, apagó la música y dejó la brocha sobre la mesa.

–Lamento si te he despertado –dijo, y su voz sonaba quebrada por el dolor.

El dolor de haber vivido más de cuarenta años abandonado por su padre y engañado por su madre–.

No era mi intención. Pero el ruido en mi cabeza era ensordecedor.

He tenido que sacar la ira acumulada de la única manera que sé: a través de mis pinturas.

–No tienes que pedir disculpas por nada –respondió Nora, y su voz era calmada, intentando recuperar algo de la normalidad que les había sido arrebatada–. Ya era hora de despertarse.

Nora no quería tratar a Dante con la fragilidad de un niño herido. Le apoyaría, pero con la madurez y la esencia que siempre había existido entre ellos. Modificar su manera de relacionarse habría sido un insulto a la relación que mantenían.

–Gracias por haber accedido a pasar la noche conmigo –dijo Dante–. Me vi sobrepasado por la situación. Por primera vez en muchos años… tuve miedo de perderme de nuevo y caer en el pozo oscuro de autodestrucción del que tanto me había costado salir. Te estoy muy agradecido.

Nora, que no era dada a las muestras empalagosas de cariño, acarició su cabello en un gesto suave y medido; un ademán que a Dante siempre le había gustado y aportado paz.

En ese pequeño movimiento iba implícita la respuesta muda de la joven: No hay nada que agradecer.

Me importas y estoy aquí para ayudarte .

–Lamento mucho que estés atravesando una situación tan delicada –le siseó la voz de Nora, mientras le acariciaba la nuca–.

Nunca pensé que el señor Salvatore fuera capaz de algo así.

Siempre me trató como a una hija; me quiso desde el mismo día en que me mudé al edificio.

No puede ser… me da la sensación de estar hablando de otra persona.

¿Cómo os pudo hacer algo semejante a ti y a tu madre?

En ese instante, Nora fue incapaz de contener las lágrimas que brotaron de sus ojos libres de cualquier censura clínica.

–Bienvenida a mi mundo, Nora. Acabas de experimentar lo que yo llevo sintiendo toda la vida por ese ser: la rabia y el dolor más absolutos. Pero tengo la terapia perfecta para nosotros.

Dante le tendió la mano y Nora lo siguió hacia el estudio, donde el artista le había dispuesto un lienzo en blanco. Un espacio sagrado para verter toda esa furia y ese luto en un lugar físico.

El loft se convirtió, en aquel instante, en el testigo mudo de dos almas devastadas que reconvertían sus emociones más dolorosas en un arte que, tal vez, jamás vería la luz.

Entre brochazos erráticos escoltados por una música oscura de fondo, bajo el denso olor a pintura y disolvente, la joven pareja descargaba su ira sobre el lienzo mientras sus esencias se fundían en una sola.

Nora, envuelta en una bata de seda negra que Dante le había regalado semanas atrás y con el rostro salpicado de óleo, nunca le había resultado tan atractiva al artista.

Dante la besó con pasión.

Ambos se dejaron arrastrar por sus instintos más primarios; una manera devota de demostrar sus sentimientos e intentar rescatar los escombros de sus antiguas vidas