Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Las conversaciones telefónicas con Dante habían sido fluidas y cálidas, como si las revelaciones de Evranna y del inspector Revenant jamás hubieran sido pronunciadas.

Nora no operaba así porque careciera de sospechas sobre él; lo hacía porque deseaba resolverlas cara a cara. Un tono frío y distante a través de la línea solo habría levantado sospechas y, tal vez, precipitado la huida del artista.

Había pasado las últimas jornadas intentando descifrar el rompecabezas que Salvatore ocultó tras cada una de las fotografías de su álbum.

Sin embargo, la gran cantidad de imágenes y la falta de correlación entre los fragmentos epistolares convertían aquella labor en una empresa harto complicada que no terminaba de arrojar luz sobre el misterio.

No podía permitirse esperar a tener el mosaico completo para seguir avanzando; le resultaba imposible sostener por más tiempo esa fachada de credulidad ante unas pruebas que gritaban peligro.

Durante la cita, intentaría obtener la información necesaria para averiguar si Dante mentía sobre su origen, o si simplemente había sido otra víctima de una conjura materna para alejarlo de su pasado.

Aquel encuentro era el más esperado por la joven, pero también el que mayor angustia le provocaba.

Si Dante reconocía ser el hijo del anciano, significaría que tanto él como Salvatore –las dos únicas personas en las que había confiado durante años y por las que sentía una estima genuina– le habrían estado mintiendo.

Aquella traición terminaría por dar la razón más absoluta a los postulados más oscuros de Maquiavelo sobre la naturaleza humana.

Dante se personó en el dúplex de Nora blindado por su abrigo de paño negro, su uniforme de colores oscuros y esa fragancia terrosa que era su marca personal.

La música de Portishead sonaba de fondo, llenando cada espacio de la estancia.

Latte dormía en el piso de arriba, a los pies de la cama, ajeno a todo.

Nora, enfundada en un conjunto de lana gris humo que resaltaba sus verdes ojos, preparaba las tazas de café y algo para acompañar.

Ambos se sentaron en el oscuro y mullido sofá.

Alzaron las tazas en un ritual que ya habían hecho suyo.

Dante aún bebía de la suya cuando Nora lo abordó.

–Quería comentarte algo sobre un tema muy sensible para ti…

Tu padre –dijo ella, con una voz contenida y milimétricamente medida–.

Ya sé que me dejaste claro en tu loft que es un asunto que das por zanjado, que prefieres no tocar para no reabrir esa vieja herida.

Sin embargo, me han facilitado una información que te involucra y que podría empañar lo que siento por ti.

La voz tajante de Nora resonó en el comedor durante una pausa entre canciones, añadiendo un dramatismo que hizo mella de inmediato en las facciones de Dante. Sus ojos verdes, enmarcados por el azabache de su cabello, sostenían con firmeza la mirada intrigada del artista.

–No comprendo a qué te refieres, Nora –respondió él, con un tono que, aunque frío, era incapaz de ocultar el asombro y el enfado–.

Siempre he sido sincero contigo. Desde el primer instante en que te conocí.

Creo haberlo manifestado en repetidas ocasiones y haber hecho gala de ello a través de mis pruebas de afecto y confianza.

Nora dejó su taza sobre la mesa, junto a la repostería intacta.

–Yo también he confiado en ti. Siempre. Tal vez no me entregué tan rápido como tú a esa intimidad, pero cuando lo hice, lo hice sin reparos –sentenció, y su voz dejaba claro que aquel momento tampoco era agradable para ella.

–Está bien –dijo Dante, sosteniendo su mirada–. Dime: ¿en qué crees que te he mentido o no he sido sincero del todo?

Nora bebió de su taza, ganando tiempo para encontrar las palabras exactas.

–Me han hablado de Salvatore, mi vecino fallecido, y de un oscuro secreto que escondía y que al parecer podría tener vinculación contigo.

Dante permaneció en silencio, sosteniendo su mirada.

Nora analizaba cada microgesto en busca de nerviosismo, de ese temblor del que se sabe descubierto. Pero él permanecía inmutable. Incapaz de ser leído o descifrado.

–Por lo visto, el señor Giuliano mantuvo una relación con una camarera de hotel hace muchos años, en uno de sus múltiples empleos –explicó Nora, forzando un tono desapasionado–.

Fruto de esos encuentros esporádicos nació un niño.

Salvatore no tuvo conocimiento de su existencia hasta meses después del alumbramiento, porque ya había abandonado el establecimiento y la ciudad en busca de un nuevo destino.

Las cartas anunciando su paternidad terminaron por llegar a sus manos, haciéndolo conocedor de la existencia del pequeño.

Sin embargo, por lo que sé, no quiso formar parte de su vida. Ese niño se llamaba Aleksander.

Las notas finales de la última canción dejaron la habitación en un completo mutismo. Las palabras de Nora resonaron contra las paredes del salón bicromo mientras Dante intentaba asimilar los hechos expuestos.

– ¿Quieres decirme con todo esto –inquirió él, y su voz se redujo a un hilo de pura incredulidad– que crees que soy el hijo de tu difunto vecino? ¿Aun después de haberte confiado la muerte de mi auténtico padre?

Nora sostuvo la frialdad de su mirada. Experimentaba sentimientos profundos hacia él, pero su radar clínico también conocía la infinita capacidad del ser humano para dañar y mentir a las personas que aprecia.

–Entiendo perfectamente cómo debes sentirte.

Para mí tampoco ha sido fácil custodiar este secreto.

Descarté esa hipótesis cuando mencionaste el fallecimiento de tu padre en un accidente de coche en la Costa Azul.

Pero los nuevos acontecimientos me obligan a ir con pies de plomo.

No me importaría que fueses el hijo de Salvatore.

Me importaría que me hubieses mentido y utilizado para llegar hasta él.

Nora no quiso desvelar todas sus cartas en aquel momento. Dijo una verdad a medias. No mencionó su conversación con Revenant ni las fotografías con mensajes encriptados.

Ese sería su as en la manga.

–Siento contradecirte, Nora. –intervino la voz de Dante, tajante–. Pero mi padre se llamaba Alessandro. Ese es uno de los pocos datos reales que poseo sobre él. En las escasas conversaciones de mi infancia, mi madre siempre lo llamó así. De ahí mi propio nombre: Aleksander.

La cabeza de Nora era, en esos instantes, una olla a presión a punto de estallar.

Cada vez que Nora sentía aproximarse a la resolución del enigma, un nuevo cabo suelto desmontaba sus certezas con la fragilidad de un castillo de naipes bajo la tormenta.

Sin embargo, estaba convencida de que Evranna no le habría facilitado una información de ese calibre si no tuviera la certeza más absoluta al respecto.

–Mi vecina, la médium, dice tener pruebas sobre la auténtica identidad del hijo de Salvatore. Está convencida de que ese, eres tú.

El silencio se apoderó de la estancia. La lluvia empezó a golpear los cristales con suavidad.

Ambos permanecían en silencio, uno frente al otro, sosteniendo la mirada.

– ¿Una médium, Nora? –La voz de Dante denotaba asombro e incredulidad a partes iguales–. Eres la persona más racional que conozco. ¿No has oído lo que acabo de decirte sobre mi padre? ¿Y prefieres creer en las palabras de una mujer que se gana la vida embaucando a las mentes más débiles?

Nora cogió con firmeza la mano de Dante. Sintió sus pulsaciones en la yema de los dedos.

Después de muchos años analizando la conducta humana, sabía distinguir cuándo el nerviosismo era miedo a ser descubierto o la intensidad de un momento de asombro.

El pulso acelerado de Dante era por lo segundo.

Tiró de él con suavidad y lo incorporó.

–Vamos a salir de dudas en este instante.

Se personaron ante la puerta de Evranna. Se oía una música mística de fondo. Nora llamó al timbre con decisión. La música cesó de golpe, pero la puerta no se abrió.

Nora podía sentir la presencia de la médium al otro lado de la mirilla.

–Evranna, no pienso moverme de aquí hasta que hablemos. Sé que estás ahí, observando. Es el momento de poner todas las cartas sobre la mesa.

Transcurrieron unos segundos en el gélido pasillo, en silencio, solo roto por el viento que arremetía con brusquedad contra los cristales.

Finalmente, la puerta del 7A se abrió.

Evranna apareció en el umbral con su puesta en escena: vestido negro de terciopelo, su blanca melena con su mechón azabache perfectamente peinada, sus uñas burdeos y los brazos cruzados a ambos lados del marco, prohibiendo la entrada a su morada.

En ese instante, Dante –que había permanecido alejado de la mirilla– apareció en escena. La mandíbula de Evranna denotó tensión. Sutil, pero tensión al fin y al cabo.

–Vaya –siseó la médium, sintiéndose  la víctima de un complot–. Veo que has decidido traer refuerzos.

Evranna se retiró hacia un lado haciendo un sutil ademán con su mano invitando a la pareja a penetrar en su morada.

La casa de la médium iba más allá de una puesta en escena cinematográfica. Era una extensión de su personalidad.

Las paredes estaban pintadas en un gris tan intenso que parecía negro.

Pocos muebles, pero de estilo barroco, lacados en negro y tapizados en granate.

El ambiente olía a sahumerios. La mesa del comedor, de madera maciza en color oscuro, estaba presidida por un candelabro de plata con siete velas rojas cuyas llamas danzaban al son de una lúgubre melodía, dando la bienvenida a los nuevos visitantes.

La pareja tomó asiento en las pesadas sillas de madera maciza.

Evranna se sentó frente a ellos.

–Imagino que tú debes ser el ilustre Dante. El diablo de la tirada de Nora.

Dante volvió su cabeza hacia Nora.

–No le he contado las supercherías de tu tirada –dijo ella, y su voz cayó como un bloque de concreto–. Las conversaciones entre nosotros tienen otra esencia.

–Recuerda que tal vez haya intercedido en lo que debía decirte por lealtad a Salvatore –respondió Evranna, imperturbable–, pero la tirada y su lectura fueron reales. Lo nombrado allí, nombrado queda.

–Carece de importancia –Nora quiso ir directamente al grano–. Venimos en busca de las pruebas que sostienen tu hipótesis de que Dante es el hijo del señor Salvatore.

No reveló lo que Revenant le había confesado en su oficina.

Quería saber, intuir y ver en primera persona todo lo que Evranna y Dante sabían antes de entregar la información a la policía.

–Recuerda que yo solo sentencié que el hijo de Salvatore se llamaba Aleksander –dijo la médium–. No aseguré que fuese  tu  Aleksander.

–Lo recuerdo perfectamente –siseó Nora–. Pero también sé que si no creyeses que eso sea cierto, no habrías venido a compartir un  dato tan sensible conmigo.

Evranna se levantó lentamente y desapareció por el pasillo como una sombra que huye de la luz. Reapareció con un viejo papel. Lo dejó sobre la mesa y, con sus largos dedos de uñas borgoña, lo desplazó hacia la pareja.

Nora lo abrió bajo la atenta mirada de Dante.

Era un duplicado del certificado de nacimiento del hijo de Salvatore.

– ¡No puede ser! –Exclamó Dante, y su voz apenas lograba mantener la serenidad–. El nombre completo, la fecha y el lugar son los de mí certificado de nacimiento.

La estupefacción se hizo presente en los rostros de Nora y Dante, mientras Evranna los observaba con mirada inquisitiva.

– ¿Dónde has obtenido este documento? –preguntó Nora, y su voz era tan fría como su mirada.

–Ya te dije que solía ayudar a Salvatore en sus limpiezas profundas, dos veces al año –respondió Evranna con parsimonia–.

En la última, encontré este documento escondido en el bajo de su mesita de noche, dentro de un sobre pegado con cinta americana.

Sé que estuvo mal abrirlo, pero algo tan bien escondido debía ser un secreto importante.

Y tras aquella confesión alcohólica del hijo secreto, esto solo podía ser su confirmación. Mi único delito fue… la curiosidad.

La música oscura seguía sonando. Las velas se consumían lentamente. Dante mantenía la mirada fija en el documento.

–Pero… mi madre me juró que mi padre se llamaba Alessandro y que había fallecido en un accidente de tráfico cuando yo apenas era un bebé –dijo, y su voz peleaba por mostrar una serenidad inexistente.

Nora obtuvo la respuesta que esperaba. Dante no era consciente de que su padre no había fallecido en un accidente de tráfico.

La música se detuvo.

Los tres permanecieron en torno a la mesa de madera maciza. Evranna sostenía la mirada de Nora.

Dante se perdía en algún recoveco de su mente.

–Vamos, Dante –dijo Nora, levantándose lentamente–. Ya tenemos lo que habíamos venido a buscar. No hay nada más que tengamos que resolver aquí.

Salieron en silencio al gélido pasillo.

La puerta del 7A se cerró tras ellos, pero antes, Evranna sentenció:

–Esta no será la última vez que vengáis en busca de respuestas.

El silencio tras el portazo. La sentencia de la médium. Las hojas metálicas del ascensor abriéndose. Dante y Nora entrando en él sin mediar palabra.

Aquella era la estampa de la devastación más absoluta.

Una devastación que había cambiado para siempre sus vidas.