Capítulo 20
El detective Revenant la esperaba en su despacho, en la comisaría del distrito trece. Sentado en su escritorio, sepultado bajo una montaña de papeles.
La cara de cansancio era incluso más acusada que la primera vez que lo había conocido, tras el fallecimiento de Salvatore.
Vestía una americana de color gris abstracto y aspecto raído; los puños de la camisa estaban manchados de café.
Parecía un hombre cuya vida giraba en torno al trabajo y que no disponía del tiempo necesario para tomarse su imagen demasiado en serio.
Al verla en el umbral de la puerta, se incorporó.
–Pase, señorita Holloway –dijo con su rotunda voz, mientras hacía un gesto ofreciendo la silla frente al escritorio–. Siéntese, por favor.
Nora tomó asiento.
Al hacerlo, sus ojos se desviaron hacia uno de los archivos abiertos sobre la mesa. De él asomaban unas fotografías que mostraban lo que parecía ser un cuerpo sin vida, tumbado boca abajo.
El detective, alarmado por la expresión de repugnancia que se dibujó en el rostro de Nora, corrió a esconderlas.
–Le ruego que me disculpe, señorita Holloway. Estos días hay mucho trabajo. Demasiado, incluso para mí. Me siento realmente desbordado.
–No se preocupe –respondió Nora, recuperando la compostura–. ¿De qué quería hablarme?
Su voz era un susurro controlado, una mezcla de cortesía y urgencia por despejar las dudas sobre aquella visita inesperada.
–La he hecho venir porque hemos llegado a un punto muerto en la investigación de su anciano vecino, el señor Salvatore A.
Giuliano –explicó Revenant, adoptando un tono más pausado, casi conciliador–.
Tanto mis compañeros como yo le hemos dedicado toda nuestra atención y pericia a este caso…
Pero, al parecer, el señor Salvatore falleció de muerte natural.
Un fallo cardiorrespiratorio. No hay indicios de que se trate de un crimen, como irresponsablemente se le indicó en un inicio.
Tal vez el desorden en su piso fue ocasionado por él mismo, en un momento de enajenación; por desgracia, hemos presenciado este tipo de episodios más veces de lo que nos habría gustado.
Nora guardó silencio, con los ojos clavados en el detective.
Sabía que algo terrible había sucedido en la vivienda del anciano –lo había visto con sus propios ojos– y que, aunque nadie le hubiera asestado un golpe físico, existió un detonante aquella noche que le indujo la muerte: un disgusto, una pelea, una amenaza sorda.
Sin embargo, si compartía con Revenant sus sospechas, quedaría expuesta en el acto; se vería obligada a reconocer que había estado inspeccionando el piso de Salvatore sin autorización legal.
– ¿Sabemos algo más acerca del hijo de Salvatore? –preguntó Nora, forzando a su voz a sonar calmada.
–Lo único que hemos podido confirmar es que se trata de un varón de cuarenta y un años y que su nombre de pila es Aleksander –respondió el detective–.
Hemos cotejado la base de datos y entrevistado a varios candidatos que encajaban en el perfil, pero no ha habido resultados positivos. El heredero es un espectro sin rostro.
– ¿Aleksander? –Nora repitió el nombre con un tono que pretendía aparentar sorpresa, pero que por dentro constituía un eco de puro pánico.
–Sí –confirmó Revenant, con voz rotunda–. Aleksander Orlov.
Nora sintió que el mundo se abría bajo sus pies y la engullía sin piedad. El nudo en la boca del estómago le impedía articular palabra. Aleksander Orlov . Aquello ya no era una simple sospecha; representaba la confirmación más absoluta de que Dante era, efectivamente, el hijo de su querido vecino.
Su mente se lo repetía en un bucle ensordecedor mientras el detective continuaba hablando.
–Es posible que el sujeto haya cambiado de identidad –añadió Revenant–. Que ese nombre haya dejado de existir para siempre.
Nora sabía algo que la policía aún ignoraba.
Efectivamente, Aleksander Orlov había dejado de existir para convertirse en Dante Blackwell.
No podía perder más tiempo en aquella oficina. Debía saber de primera mano si Dante le había mentido o si él mismo había sido víctima de un engaño por parte de su madre, que quizá había inventado un trágico final para el hombre que no quiso hacerse cargo de su paternidad.
–Discúlpeme, detective Revenant –soltó Nora, incorporándose con una parsimonia imperativa–.
El departamento legal de mi empresa me exige firmar las actas de mi promoción corporativa y no quiero hacer esperar al CEO de Goldart.
Valoro la deferencia y el celo que ha invertido en el expediente de Salvatore Giuliano, especialmente su transparencia.
Por mi parte, si recuerdo algo que pueda arrojar nueva luz sobre la investigación, se lo haré saber. Gracias.
Se puso el abrigo negro de lana y cogió el bolso con la firmeza de quien sabe exactamente adónde tiene que ir.
Salió del despacho sin mirar atrás, con el eco de un nombre resonando en su cabeza como una campanada de alarma.