Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

La mañana amaneció envuelta en un manto gris, denso y frío, como los pensamientos de Nora.

Sobre sus piernas reposaba Latte, ajeno a las cavilaciones de su joven compañera de piso.

Una suave mancha blanca sobre el pijama negro de raso.

Ella lo acariciaba mientras rumiaba las palabras de Evranna y las pruebas que apuntaban a Dante como posible hijo de Salvatore.

Se había creado un vínculo muy especial entre ambos.

Las palabras de Evranna tenían peso, pero carecían de pruebas que las respaldasen. Una conversación privada en un momento en que el alcohol está presente no puede tomarse como una verdad irrefutable.

Tenía pensado hablar con Dante y compartir aquella información, pero quería hacerlo en persona, y él se hallaba fuera unos días, enfrascado en el cierre de una venta importante.

Se disponía a desempolvar ese don que utilizaba en el colegio para saber quién era cada uno de sus compañeros.

Hay reacciones que son imposibles de enmascarar.

Por eso le desconcertaba tanto que Dante pudiera haberle mentido.

No por el dolor de la mentira en sí, sino porque su don se hubiese visto comprometido por sus sentimientos hacia él.

En ese instante recordó que Salvatore le había proporcionado una llave de su piso años atrás, por si alguna vez sucedía algún imprevisto.

El día de su fallecimiento, cuando Evranna le quitó hierro al asunto y la envió a finalizar sus recados, había pensado en usarla al regresar. Pero el desenlace del infortunio no dio pie a ello.

El piso de Salvatore en el 7B había perdido su calidez y su luz mágica.

Había sido el santuario y refugio de Nora en sus días grises en Goldart. Aquel piso que había albergado tantas confidencias, abrazos reconfortantes y charlas intempestivas era ahora una cueva lúgubre, fría, que Nora no acababa de asimilar.

Estaba en venta, a la espera de que alguna de las sobrinas de Salvatore viniese desde Italia para hacerse cargo de la transacción, ya que eran las únicas herederas junto con su hermana Teresa.

Nora, aún envuelta en su pijama negro de raso y con una gruesa bata de lana del mismo color, recorrió cada rincón de la casa, pasando sus largos dedos por los muebles y paredes, como si aún pudiese sentir la energía del anciano. Sus ojos se empañaron.

–Lamento tener que hacer esto, Salvatore –susurró, y su voz sonó como un eco sepulcral en el umbral de la puerta de su habitación–. Pero necesito respuestas.

El cuarto del anciano estaba revuelto. La cama deshecha. Los cajones abiertos. El armario abierto de par en par. Las prendas convertidas en un amasijo textil en el suelo.

Nora contuvo la respiración.

Solo había que ver el piso de Salvatore para saber que aquel anciano, desprovisto de grandes lujos, vivía su vida de manera muy modesta.

– ¿Qué estaban buscando? –dijo con indignación.

Hojeó entre los papeles que había en el suelo.

Facturas. Cartas de su hermana y de antiguos compañeros y amigos que había ido haciendo en los distintos países donde había vivido.

Las abrió en busca de algún pequeño detalle.

Eran simplemente personas demostrándose afecto mutuo desde diferentes puntos del globo.

Nada que revelase ni indicase la posible paternidad del anciano.

Estuvo horas deambulando por la casa. Como un fantasma que vive prisionero de sus recuerdos y no puede abandonar su morada.

No encendió ninguna luz, para que nadie supiese de su presencia allí. Y aunque el día era oscuro, por suerte las persianas estaban abiertas y con eso le bastó para poder leer cerca de las ventanas.

Entró en el baño.

La fragancia de Salvatore aún permanecía en el estante, junto a sus cuchillas de afeitar. Abrió el frasco y vertió un par de gotas sobre su muñeca. Aquel viaje sensorial la transportó a una antigua conversación con el anciano.

–Cuando trabajé en el hotel – le había dicho él, con aquella sonrisa pícara que tanto añoraba–, un huésped que había sobrevivido a una persecución policial me dijo que el mejor sitio para esconder algo es tenerlo a la vista. Oculto entre las cosas más absurdas y cotidianas.

Nora sintió un escalofrío. Una sensación eléctrica recorrió su columna.

Se dirigió al comedor. Los álbumes de fotos de Salvatore estaban en el suelo. Removió sus imágenes en busca de algo. Nada surgió de ellas.

– ¡El regalo! –exclamó para sí misma.

Abandonó la casa de la misma manera que había entrado, como un felino amparado por la oscuridad de la noche.

Al cerrar la puerta, sintió una presencia en el umbral del 7A.

Evranna la vigilaba.

Llegó a su casa en busca del álbum de fotos que Salvatore le había regalado meses atrás, con la excusa de regalarle una ventana a un mundo que ella debía ver. Pero ¿y si eso era tan solo una excusa para poner a buen recaudo algún tipo de secreto?

Abrió el álbum con la misma solemnidad que la primera vez, en presencia del anciano. Pero esta vez ya no observaba un mundo en blanco y negro. Buscaba su secreto. Analizó cada fotografía. Las diseccionó con intención y ojo pericial.

Una de ellas cayó de las páginas donde se encontraba fijada.

Al voltearla, descubrió parte del secreto.

El señor Giuliano había cortado con suma pericia las cartas más sensibles y las había pegado detrás de las fotografías, de manera que, una vez puestas en el álbum, no levantaban ningún tipo de sospecha. Nora fue sacando una tras otra. Ahí estaba su clave al rompecabezas.

En ese instante, su teléfono dio un timbrazo agudo que la sacó de sus propias cavilaciones.

–Señorita Holloway. Tengo que hablar con usted.

La voz del detective Revenant le sobrecogió el corazón.

Primero por el descubrimiento. Segundo, porque si Evranna lo había llamado, advirtiendo de que se había colado en la casa del anciano, entonces estaba más cerca de lo que creía de resolver el enigma.