Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Evranna hizo una larga pausa.

Ambas bebieron al unísono del té sin apartar sus miradas.

La tensión era palpable en el ambiente, solo rota por la tormenta de fondo y el ronroneo de Latte mientras amasaba una manta de pelo blanco dispuesta sobre el sofá.

–Una tarde, hace años, mientras me mostraba uno de sus muchos álbumes de fotos, vi que los ojos se le empañaban al ver unas imágenes familiares.

Le pregunté si no se había arrepentido de no tener hijos.

Su semblante cambió. Cerró el álbum con severidad y fingió un malestar repentino que dio por zanjada aquella tarde de confidencias.

Desde entonces intenté tirar del hilo, pero siempre llegaba a un punto muerto. Hasta…

Nora contuvo levemente la respiración.

La pausa dramática de Evranna era intencionada. La médium sabía manejar los tiempos.

–Hasta que una tarde, entre confidencias y risas, entre las galletas y algún trago que otro del limoncello que preparaba su hermana, Salvatore confesó que su genética no moriría con él.

Pensé que se refería a las dos hijas de su hermana, por las cuales sentía devoción.

Pero mencionó a un varón. Cuando recobró un poco el control que el alcohol le había arrebatado, cambió de tema.

Y nunca más fue posible sacarle una sola palabra acerca de él.

–Evranna –la voz de Nora sonaba seria y gélida–, sabes tan bien como yo que eso no demuestra nada. Que en un único momento de flaqueza hiciese ese tipo de confesión no quiere decir nada. Deduzco por tus palabras que en ningún momento él confirmó haber tenido un hijo.

–No –admitió Evranna–. No lo confirmó nunca.

Pero yo ayudaba a Salvatore, dada su avanzada edad, a ordenar y mantener limpia la casa.

No hace mucho, mientras limpiaba unos cajones, encontré las cartas de una supuesta antigua amante; en ellas le confesaba que se había quedado embarazada de un niño y adjuntaba algunas fotografías del bebé.

Nora hizo una profunda inspiración, intentando no sacar conclusiones precipitadas.

–Era un hermoso bebé –continuó Evranna, y su voz se había vuelto más suave, casi nostálgica–.

De ojos tan oscuros como la noche, al igual que su alborotado cabello.

Por lo que se leía en la carta, la madre era bastante más joven que Salvatore.

Y ese bebé, a día de hoy, estará rondando la cuarentena.

Su nombre es Aleksander, en honor a sus raíces eslavas.

El malestar que Nora sentía en la boca del estómago oprimió su respiración, negándole el acceso al aire. Por momentos sentía que el corazón se le disparaba sin poder controlarlo.

Aleksander.

El nombre resonó en su cabeza como un tañido.

Aleksander era el nombre real de Dante ¿Cómo era posible?

¿Era una casualidad? ¿O él no estaba siendo sincero acerca de su pasado?

Nora siempre había gozado de una intuición aguda, y cuando Dante y ella hablaron de su pasado en el loft, cuando le contó la muerte de su padre en un accidente de coche…

realmente sus palabras transmitían dolor.

Un dolor auténtico. Imposible de fingir.

Pero lo que más curiosidad despertaba en Nora era cómo Evranna había descubierto el nombre real de Dante.

No había información pública sobre este hecho.

–No –dijo Nora, y su voz era firme, aunque por dentro todo temblaba–. No puede ser. Dante no sabe nada de esto. Él me contó que su padre murió cuando era joven en un accidente de coche. No hay manera de que mienta sobre algo así. Además ¿cómo sabes tú cuál es el nombre real de Dante?

Evranna la miró con una mezcla de compasión y advertencia.

–Querida, poseo mis propios confidentes en el otro mundo; espectros que me dictan los secretos que la realidad esconde –Evranna humedeció sus labios en la taza, sosteniendo una fijeza gélida–.

No pretendo asegurar que Dante comparta la sangre de Salvatore.

Lo que sostengo es que el hijo del anciano lleva por nombre Aleksander.

Y que tú conoces a un Aleksander que decidió rebautizarse como Dante. La coincidencia es… notable.

Nora sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

La médium se levantó con lentitud, ajustándose el chal sobre los hombros.

–Debo irme –dijo, con una disculpa que sonó más a escape que a cortesía–. Tengo una lectura programada en diez minutos y debo prepararlo todo.

Nora no respondió. Se quedó mirando la taza vacía, el reflejo de la luz en el té, el ronroneo de Latte que seguía amasando la manta como si nada hubiera cambiado.

La puerta se cerró.

Evranna se fue.

Nora se quedó en la soledad de su dúplex. Sobre el oscuro sofá. Acariciando el suave pelaje de Latte mientras el eco de las palabras de Evranna aún vibraba en el aire como una nota sostenida.

Aleksander .

El eco del nombre flotaba en el aire, denso como las verdades que los espíritus confiaban al oído de la médium.

Una duda atroz la paralizó: ¿era Dante el hijo secreto de Salvatore? Aquel hombre que la miraba como si ella fuera el único enigma en el mundo que merecía ser resuelto, el que había memorizado cada centímetro de su cuerpo con la boca, compartía la sangre del anciano vecino.