Capítulo 18
Los días transcurrían para Nora a un ritmo que jamás había experimentado.
Desde que abandonó el hogar familiar para asistir a la universidad –encadenando turnos como camarera para costear sus gastos– hasta su posterior ingreso en Goldart, solo había disfrutado de las vacaciones estrictamente estipuladas por la ley.
El descanso, para ella, siempre había sido un lujo inaccesible.
Ahora, sin embargo, habitaba en una suerte de vacío legal; una pausa forzada a la espera de que Brianna Stuart partiese a Nueva York y ella pudiera reincorporarse a la agencia con su nuevo estatus.
Goldart sufragaba ese retiro forzoso bajo la etiqueta de vacaciones pendientes, pero aquella limosna corporativa no le permitía grandes excesos.
Así, distribuía sus horas libres entre los parques de la ciudad, los museos y las galerías de acceso gratuito, alternando esa pacífica rutina con sus idas y venidas al loft de Dante.
Pero nunca dejó de insistir frente a la puerta de Evranna.
La médium jamás respondía a sus llamadas.
Al indagar entre los vecinos, Nora descubrió que ninguno la había visto desde hacía semanas; la séptima planta, antaño un refugio de confidencias, se había transformado en un corredor desierto y sepulcral.
Una de esas noches gélidas, al salir de un museo, la divisó.
Evranna, envuelta en su imponente abrigo negro de lana, se adentraba en el parque de la acera de enfrente.
Oculta tras la sobriedad de su abrigo negro, Nora la siguió con sigilo. Se movía como una oscura felina que rastrea a su presa, fundiéndose entre las sombras y el frío del invierno.
La medium detuvo sus pasos bajo un frondoso árbol de aspecto lúgubre y retorcido; la estampa que ofrecía su silueta estática constituía una pieza digna del pincel de Dante.
La figura de Evranna permanecía inmóvil, como si aguardara una señal.
Nora se parapetó en la distancia, amparada por la oscuridad del parque, observando. Sostuvo la espera. Nada sucedió; nadie acudió.
Dispuesta a armarse de valor para confrontarla y exigirle la verdad sobre el hijo de Salvatore, se dispuso a quebrar el anonimato de la penumbra.
Fue en ese preciso instante cuando una sombra se aproximó a la médium.
Estaba de espaldas, blindada contra el frío y con las facciones ocultas tras una gruesa bufanda negra y un gorro sombrío.
Resultaba imposible de identificar, pero la vibración grave de su voz –apenas un susurro arrastrado por el viento– delató que se trataba de un hombre.
Siempre había tenido sus dudas acerca de Evranna. Esa médium que pasaba largas veladas junto a Salvatore. Nora nunca había entendido qué tipo de amistad tenían. Él realmente no creía en los arcanos ni en ese tipo de sucesos mágicos.
Nora deambuló perdida en sus propias conjeturas mientras el cielo decidía desplomarse sobre la ciudad.
Llegó a casa totalmente empapada y, tras una larga y reconfortante ducha caliente, se disponía a una sesión de cine de negro cuando el timbre de la puerta le arrebató sus planes.
–Evranna –dijo al abrir, y su voz intentaba ser templada, pero delataba sorpresa y necesidad de respuestas por igual–. He bajado en varias ocasiones a ver… a ver cómo estabas.
–Déjalo, Nora. No sabes mentir, y aunque supieras, a mí no puedes engañarme. Sabes que tengo conexión con lo oculto. Yo lo sé todo.
La voz de Evranna era fría y distante. Como queriendo infundir miedo a su joven vecina para persuadirla de que no la interrogara. Tal vez ella tuviera realmente una conexión con lo oculto. Pero Nora, desprendida de su antigua máscara y recuperada su auténtica voz, aguantó y devolvió el envite.
–Cuánto me alegra oír acerca de esa conexión con lo oculto –dijo, con una leve sonrisa –. Me vendrá muy bien para que respondas a mi pregunta de una vez por todas y sin demora. ¿Qué fue lo que sucedió con el señor Salvatore? ¿Y qué tienes que ver tú con ello?
Ambas sostuvieron la mirada de la otra.
La tensión crecía por segundos en el gélido corredor.
–Entra –dijo Nora, haciendo un suave ademán con la mano–. No creo que este tipo de conversación, sobre alguien tan importante en nuestras vidas, se deba resolver de pie con una charla de pasillo.
Evranna entró en la madriguera de Nora. La puerta se cerró tras ellas.
Nora sirvió una taza de humeante té a la médium y ambas tomaron asiento en el oscuro sofá. Latte, que había estado observando desde el otro extremo, se instaló sobre el respaldo como un testigo mudo.
–Sé que sospechas de mi comportamiento a raíz del fallecimiento de Salvatore –comenzó Evranna.
–Incluso antes –cortó Nora, y su voz hizo que Evranna tensase los músculos del rostro de manera sutil–. La noche del ataque a Salvatore por parte del desconocido, te limitaste a conducirlo a su piso sin dar la voz de alarma a las autoridades ni dejar que ningún médico lo visitara.
Evranna bebió lentamente de su taza sin apartar la mirada de la de Nora.
El silencio se alargó, denso como el humo que se elevaba del té.
–Vaya –dijo al fin, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco–. Veo que finalmente seguiste mi consejo y te desprendiste de esa máscara de sumisión para recobrar tu esencia.
Hizo una pausa. Sus ojos, grises casi blancos y profundos, escudriñaron a Nora como si pudiera leerle el alma.
– ¿Puede tener algo que ver ese nuevo chico con el que te ves en este nuevo renacer?
Nora no se inmutó. No iba a permitir que Evranna desviara la conversación.
–Dante no tiene nada que ver con esto –respondió, con voz firme–. Esto es entre tú y yo. Y Salvatore. Así que dejaré que hables primero. Y luego decidiré si te creo o no.
Latte ronroneó, como dando su aprobación.
–Dante –repitió Evranna, saboreando el nombre como quien prueba un veneno–. Qué nombre tan apropiado para alguien a quien los arcanos designaron la carta del Diablo . ¿No crees, querida?
Nora sintió que había cometido un error al mencionarlo.
Percibió la jugada de Evranna: sembrar la duda en su mente, envenenar la única relación que la había sostenido en los últimos meses.
Pero ella poseía información que los espíritus de Evranna tal vez no.
–No sigas por ahí, Evranna –respondió, y su voz, profunda y serena, se vio acompañada por un trueno de fondo que sembró un ambiente críptico en el comedor–. Dante no conocía al señor Giuliano y no tiene nada que ver en su fallecimiento.
– ¿Estás segura? –Evranna inclinó la cabeza, como un pájaro observando a su presa–. ¿Puedes asegurarme que nunca has tenido dudas sobre él?
Nora sintió que la médium podía leer sus pensamientos. Pero no estaba dispuesta a entrar en su juego de dudas y sombras.
–Si es cierto que tienes contacto directo con lo oculto –dijo, devolviendo el órdago–, sabrás de antemano que por este camino no vas a conseguir nada por mi parte. Has venido a verme porque quieres que sepa algo. Lo justo y necesario para que deje de buscar respuestas. ¿Me equivoco?
Evranna la miró en silencio. Luego, una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
–Es increíble lo que puede hacer en una persona perder el miedo a mostrarse tal como es –dijo, y su voz había recuperado parte de su filo–. Salvatore estaría muy orgulloso de ti , bella .
Esa palabra. Ese mote que solo había salido de los labios de Salvatore para referirse a ella. Fue un desgarro directo al corazón. Pero Nora sostuvo su temple con suma maestría.
–Tienes razón –continuó Evranna, dejando la taza sobre la mesa–. He subido para hablar contigo de nuestro queridísimo señor Salvatore.
Hizo una pausa.
El trueno retumbó de nuevo, más lejano.
– ¿Te has planteado en algún momento que tal vez nuestro adorado vecino y amigo no era la persona que nosotras conocíamos?
Yo lo conocí hace diez años, tal vez algo más.
Al ser nuestras puertas contiguas, yo trabajando en mi casa, leyendo el destino de desconocidos, y él, jubilado, disfrutando de su ópera, sus fotografías y sus comidas, enseguida forjamos amistad.
Nunca me dejó tirarle las cartas. Decía que no creía en esas fábulas de circo.
–Hay algo que no entiendo –interrumpió Nora–. Si no creía en tu medio de vida, ¿por qué me forzó a mí a someterme a la lectura de tus cartas?
Evranna sonrió. Una sonrisa triste, de quien conoce la respuesta desde hace mucho tiempo.
–El señor Giuliano no creía en mis métodos –dijo–, pero como persona que ha vivido demasiado, sabía el poder que tiene la palabra dicha.
Sabía que sembrando un detonador en tu mente, tarde o temprano harías uso de él.
Salvatore estaba realmente angustiado por ti y por cómo esa oficina te consumía la vida.
Él, que había recorrido el mundo en busca de una mejor calidad de vida y de nuevas experiencias, no quería que murieses siendo anciana sin haber vivido de verdad.
Nora sintió que el aire se espesaba.
Las palabras de Evranna caían como gotas de lluvia sobre un suelo seco.
–Por eso ambos trazamos este plan –continuó la médium–.
La lectura que te hice fue real; no inventé nada.
Pero tenía que hacer hincapié en que te desprendieras de tu máscara y recuperases tu poder.
Yo no quería participar en esa farsa; al principio me negué.
Pero, en verdad, ese hombre estaba muy preocupado por ti, así que acabé cediendo a su estúpida petición.
Durante la sesión no estaba prevista la aparición de Dante, ni tampoco la carta de la Muerte…
esa que más tarde se consumó llevándose la vida de nuestro querido vecino.
Hizo una pausa. Sus ojos se perdieron en algún lugar más allá de la ventana, donde la lluvia seguía cayendo.
– ¿Puedo retomar el hilo de la conversación?
Nora asintió con un leve gesto de cabeza mientras rellenaba de nuevo las tazas con el té. El vapor se elevó entre ellas como un velo efímero.
–Como te iba diciendo –prosiguió Evranna–, Salvatore ocultaba sus secretos y sus propios demonios a buen recaudo. Me fue imposible leer lo que allí se escondía. Pero sí me llegaban vibraciones lejanas, un eco antiguo. Un secreto familiar que ni siquiera los más cercanos a él conocían.