Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Era la primera vez que Nora visitaba la casa de Dante. Se trataba de un espacio diáfano en el centro de la ciudad, estratégicamente cercano a Goldart.

El viejo edificio, que antaño albergó una fábrica de conservas, había sido reconvertido en una suerte de residencias para almas bohemias, con plantas abiertas donde era posible convivir y trabajar al mismo tiempo.

El inmueble albergaba el atelier de costura de una de las vecinas e incluso el estudio de música de otro propietario.

El reducto de Dante era amplio y desprovisto de decoración superflua.

Una generosa cama, parapetada tras un biombo vintage , hacía las veces de dormitorio; ni siquiera contaba con mesitas de noche a los lados.

El lavabo aparecía envuelto en cristales opacos, custodiando una gran ducha provista de geles oscuros y varios frascos de fragancias exclusivas.

En el centro, una isla de cocina permitía oficiar y comer a la vez.

Al fondo del loft , adueñándose de la mayor parte del metraje, se desplegaba el estudio de arte: un taller saturado de fotografías analógicas, lienzos, metales y retales de tela, todo perfectamente ordenado.

– ¿A qué debo esta inesperada visita? –preguntó Dante, dejando una caja con utensilios varios en una esquina–.Creía que estos días tendrías mucho trabajo al retomar la campaña de San Valentín. No esperaba poder verte hasta el fin de semana.

–Bueno…tal vez omití en nuestra conversación del otro día, la realidad de la cena de Navidad de la empresa –respondió Nora, y su voz era serena, pero con un deje divertido de quien sabe que ha perpetrado una travesura–.

Como ya te comenté, yo era la encargada de realizar el video anual, ese montaje sensiblero que se proyecta para despedir el año en Goldart.

También te hablé del material que incauté en el ordenador de Conrad la noche que me obligaron a enviar su e-mail .

Un material altamente sensible para la pareja perversa y déspota de la oficina.

Hizo una pausa, observando el semblante de Dante para prevenir su reacción.

–Realmente no tenía pensado hacer nada con él. Pero cuando edité la cinta, elaboré una versión alternativa. Para mi propio deleite… O tal vez mi subconsciente sí tenía previsto lo que sucedió.

Dante la miró sin interrumpirla, esperando el desenlace.

–Pero cuando esa pareja de incompetentes me encerró en mi propio despacho, acusándome de negligencias que no había cometido, y la esposa de Garrett –futura heredera del imperio Goldart–entró en escena celebrando su promoción y, por consiguiente, elevando a Conrad a un cargo que lo convertía en mi superior…

algo se apoderó de mí. En el último segundo, sustituí el archivo original y reproduje el metraje prohibido.

Dante la observó en silencio. Luego, con una mezcla de preocupación y orgullo mal disimulado, inquirió:

– ¿Entonces estás despedida?

–James Stuart, el CEO, me ha citado en su despacho.

Hemos tenido una larga conversación donde han quedado al descubierto los siete años de abusos sufridos por parte de Garrett.

Me ha dejado claro que eso no me otorgaba derecho a someter a su hija a semejante humillación pública, pero también ha ensalzado mi talento estratégico y mi compromiso con la firma –Nora esbozó una sonrisa que no alcanzaba del todo a sus ojos–.

Me ha despedido, sí. Al menos hasta que las aguas se calmen y su hija abandone el país para dirigir la sede de Nueva York.

Entonces regresaré con un nuevo cargo: el que ostentaba Garrett.

El orgullo brilló en las oscuras pupilas de Dante; la admiración de ver a alguien que acaba de desprenderse de su propia máscara y del miedo a mostrarse tal cual es.

El artista decidió que, al menos por aquella tarde, Nora Holloway olvidaría Goldart y sus demonios.

–Espero que no te importe que te haya citado aquí.

Se me hacía tarde para reservar mesa en cualquier otro lugar –le dijo Dante en un susurro, mientras ayudaba a Nora a despojarse de su abrigo y su bolso–.

Además, al igual que tú me preparaste aquel chocolate caliente con tanto esmero el otro día, quiero obsequiarte con mi plato estrella: fettuccine Alfredo.

–Suena delicioso. De hecho, era el plato preferido de Salvatore y el mío también. Los domingos que almorzaba en su casa me lo cocinaba; siempre preparaba una cantidad enorme para que me sobrara para varios días y poder comer algo decente en la oficina.

La voz de Nora se tiñó de una densa nostalgia mientras observaba a Dante en plena acción frente a la isla.

El artista se anudó un elegante delantal negro y comenzó a moverse como pez en el agua entre los utensilios.

– ¿Dónde aprendiste a cocinar este tipo de recetas? Pensé que, por tus raíces eslavas, me sorprenderías con otro tipo de especialidad.

–Gracias al individuo que me dio la vida, también tengo raíces italianas –confesó, sin apartar la vista de los fogones–. Mi madre siempre bromea con que lo mejor que mi "padre" le dejó fueron sus recetas y su hijo. En ese orden.

Dante forzó una leve sonrisa en sus labios, pero le resultó imposible camuflar el dolor que arrastraba el recuerdo.

En ese instante, la mente de Nora, que había permanecido absorta en sus propias tribulaciones de Goldart, se puso a trabajar con una urgencia implacable, diseccionando cada cabo suelto.

¿Y si Dante era el hijo tardío de Salvatore?

Cabía la posibilidad de que él lo supiera y la hubiera utilizado como una pantalla de humo para obtener información sobre el anciano.

De hecho, a lo largo de sus interminables confidencias telefónicas habían desnudado sus vidas, y el señor Giuliano había surgido en la conversación en repetidas ocasiones.

–Si se me permite la indiscreción… –sostuvo Nora con una calma gélida–, ¿no conservas ninguna imagen de tu padre? ¿Tu madre jamás te enseñó cómo era, ni te facilitó datos personales como su nombre, su edad o su origen?

Dante alzó lentamente la cabeza, sin desatender por ello la elaboración de su plato.

–La única fotografía que guarda de él es una instantánea de todo el equipo del hotel.

No se aprecia apenas nada; en el instante del disparo él agachó la cabeza y lo único que se distingue es la silueta de un hombre corpulento que empezaba a perder cabello.

Por lo visto, le doblaba la edad a mi madre.

Una fuerte sacudida golpeó la boca del estómago de Nora.

Jamás había sido una mujer propensa a fabricar conjeturas sin pruebas ni a dejarse arrastrar por los caprichos de la imaginación; su mente siempre había operado bajo un rigor frío y analítico.

No resultaba lógico que, tras tanto tiempo habitando su soledad con maestría, la única persona a la que se había permitido conocer a un nivel más profundo e íntimo ocultara un secreto que involucraba de lleno a su apreciado vecino.

– ¿Nunca sentiste la curiosidad de seguir su rastro? –inquirió Nora, forzando una entereza gélida–. No tanto por descubrir por qué os había abandonado, sino por el poder que otorga el conocimiento de tus propias raíces.

–¿En serio crees que saber de dónde vienes te concede alguna llave hacia el éxito? –replicó Dante, con una amargura contenida–. ¿O algún tipo de poder oculto que la ignorancia de tu origen te impida sostener?

El timbre de la voz de Dante cortó el ambiente como una navaja  afilada.

–No sé por qué he dicho eso… –se apresuró a intervenir ella, tratando de suturar una indiscreción que no había sido capaz de evitar–. Si yo soy la primera que se ha pasado la vida huyendo de su propio linaje; la primera que se ha negado a mirar más allá de lo que vio con sus ojos.

–Tranquila, es normal que me preguntes por ello –respondió Dante, recuperando su tono pausado–. Ahora comprenderás por qué no me agrada socializar y mucho menos intimar. Este tipo de conversación se vuelve inevitable en algún punto de la relación y el resultado siempre es el mismo.

–Supongo que, en algún recoveco de mi mente, todavía creo que existen padres que aman a sus hijos de manera incondicional; que los alientan, los miman, los protegen y los quieren como lo hizo conmigo el señor Salvatore. Para mí ha sido el padre que el mío jamás sabrá ser.

–Qué lástima no haber tenido la oportunidad de conocerlo. Siempre me has hablado tan bien de él que me habría gustado tratarlo. A una parte de mí le habría gustado que ese hombre hubiese sido mi padre…

Nora contuvo la respiración mientras Dante concluía la frase, sin dejar de remover su salsa especial.

–Pero sé por mi madre y por su antigua compañera de trabajo que el mío falleció hace mucho tiempo, cuando yo apenas era un niño.

Por lo visto, era un gran entusiasta de los coches y la velocidad.

Me contaron que sufrió un accidente mortal en una carretera al sur de Francia; incluso le enviaron a mi madre los recortes de la noticia.

Así que no dediquemos un segundo más de este gélido y lluvioso, aunque precioso día, a alguien que nunca estuvo y nunca estará.

Los ojos de Dante se empañaron durante un breve lapso.

En mitad del silencio, la lógica de Nora operó como un bálsamo reconfortante. Si Dante custodiaba recortes de prensa sobre el deceso de su progenitor, era evidente que este no podía ser el señor Salvatore.

Decidió amputar de raíz aquella conjetura ponzoñosa; si el anciano había engendrado a un heredero secreto en la Costa Azul, tal y como aseguraba el detective Revenant, el abanico de posibilidades sobre su paradero real era infinito.

–Bueno –intervino Nora, intentando rescatar la complicidad que siempre había reinado entre los dos–, ¿con qué tipo de vino quieres maridar ese delicioso plato? He traído uno blanco y uno tinto, ya que ignoraba con qué ibas a deleitarme.

La sobremesa fue larga y distendida, hilada entre bocados, sutiles risas y confidencias. La música de Cowboy Junkies , con su country alternativo y melódico, creaba una atmósfera que actuaba como un bálsamo para dos almas errantes que se reconocían en su propio espacio.

Dante condujo a Nora a su estudio y le enseñó su nuevo proyecto; una obra privada e íntima que no albergaba la intención de revelar al mundo.

Al descubrir el lienzo, Nora pudo contemplarse a sí misma desde los ojos del artista: un retrato en blanco y negro que captaba su mirada ausente mientras observaba a través de un ventanal.

–Dante… –la voz de Nora, trémula por la emoción, luchó por hallar palabras–.

Pero… ¿Cómo has podido retratarme solo de memoria, sin ninguna imagen como referente?

Es precioso. Oscuro, silencioso, desgarrador.

Absolutamente sublime. No comprendo por qué no realizas este tipo de arte para ganarte la vida.

–Es tuyo. Es mi regalo. Mi manera de decirte que me importas, que me gustas y que has traído a mi existencia una especie de plenitud y luz que creía extinta.

Asumí que estaba condenado al aislamiento perpetuo, huérfano de iguales…

Hasta que tropecé con tu mirada esmeralda.

No te exijo un pacto de eternidad–Dante se contuvo, consciente de la imprudencia de desnudar sus sentimientos de una forma tan descarnada–…

Simplemente, haber hallado a un igual, aunque sea por un tiempo breve, es una bendición que no olvidaré jamás.

Nora deslizó suavemente su mano por la nuca de Dante. Esa caricia constituía la confirmación silenciosa de sus sentimientos; era una mujer poco dada a la palabrería y, todavía menos, a la retórica romántica.

Dante se volvió hacia ella, descifrando en sus ojos todo lo que el silencio custodiaba, y se aproximó con delicadeza a sus labios.

La lluvia fustigaba cada vez con más violencia los ventanales del loft , marcando un compás rítmico con la melodía que seguía flotando de fondo.

La pareja se dejó arrastrar hacia la cama sin prisa, sin nervios.

Dante desabrochó la camisa de seda negra de Nora con la solemnidad de quien sostiene algo sagrado entre las manos.

Debajo, emergió la lencería francesa que ella había adquirido durante su metamorfosis.

La piel blanca de Nora, su melena azabache y el encaje oscuro creaban un contraste visual absoluto sobre las sábanas de algodón blanco de Dante.

Él permaneció de pie un instante, observándola, como si intentara capturar una instantánea mental para un futuro lienzo.

Finalmente, se despojó con lentitud de su propio jersey y de los pantalones oscuros, y ambos se entregaron a las caricias más sublimes, con la calma de dos almas erráticas que se conocen de otro plano, de otro tiempo, y por fin se reencuentran para saciar su sed de reconocimiento.