Capítulo 16
El timbre de su puerta resonaba en el vacío, y el pasillo, antes cálido por la presencia de Salvatore, ahora era solo un corredor en silencio.
Las revelaciones del detective Revenant habían provocado en Nora sentimientos encontrados.
Por una parte, sufría por lo que podía haber sucedido para que el anciano falleciese por causas naturales después de algún tipo de encuentro violento.
Por otro, estaba la sorpresa acerca de la posible paternidad de Salvatore.
Siete años. Siete años de confianza absoluta, y jamás le había mencionado un hijo. La herida era reciente, y aún escocía.
Las vacaciones de Navidad llegaban a su fin.
El primer día de trabajo tras las vacaciones llegó con la luz gris del invierno filtrándose por los ventanales de Goldart. Nora no sabía qué tipo de ambiente podía encontrarse después del dramático desenlace de la cena de Navidad.
La oficina, al llegar, era una mezcla de festejo y shock mal digerido, como si todos hubieran visto algo que no deberían haber visto y aún no supieran cómo procesarlo.
Las miradas se desviaban al paso de Nora. Los murmullos se acallaban.
Ella, imperturbable, se dirigió a su despacho.
Nada más dejar su abrigo negro de lana sobre el perchero, la secretaria del señor James Stuart –CEO de Goldart y, por lo que había intuido por las palabras de Revenant, ex suegro de Garrett– la citó para una reunión en su despacho.
Nora sintió un leve cosquilleo en la nuca. No era miedo. Era la certeza de que aquella reunión, como todo en su vida últimamente, no era una casualidad.
–Dígale que estaré allí en cinco minutos –respondió, y su voz sonó más firme de lo que esperaba.
La secretaria asintió y se retiró.
Nora se quedó sola en su despacho, frente a la ventana que daba a la ciudad gris.
Se ajustó el cuello de la blusa negra –negra, siempre negra, porque ya no tenía que pedir permiso– y salió al pasillo con la cabeza alta.
La máscara, por primera vez, no era una necesidad.
Nora abandonó el despacho del señor Stuart, el CEO, ante la mirada indiscreta de toda la oficina.
El pasillo se había convertido en un hervidero de curiosidad contenida: caras que se asomaban detrás de los cristales esmerilados, cabezas que se inclinaban para susurrar, pasos que se detenían fingiendo interés en un expediente.
Algunos compañeros incluso tuvieron el valor de acercarse, con la excusa de un saludo o una pregunta trivial, para sonsacar información sobre lo que allí había sucedido.
Nora, fiel a su esencia y a su discreción, no reveló nada.
–Está todo bien, gracias por preguntar.
Fue la frase que repitió a todos y cada uno de los valientes que se aventuraron en busca de información. Ni un matiz, ni un gesto, ni una pausa que pudiera interpretarse como una grieta en su armadura.
Se adentró en su despacho con la parsimonia de quien no tiene prisa, cerró la puerta con suavidad y, ya a salvo de las miradas ajenas, cogió el teléfono.
–¿Dante? ¿Estás libre para comer hoy?
Su voz sonó natural, casi ligera, como si la reunión con el CEO no hubiera sido más que un trámite sin importancia.
Cuando salió del despacho, Nora llevaba puesto su abrigo de lana gris.
El bolso colgaba de su hombro con la elegancia de quien se retira en sus propios términos.
El eco de sus tacones sobre el suelo de mármol y la firmeza de su postura erguida fueron la única respuesta que todos los compañeros obtuvieron.
No hizo falta decir nada más.
–Os deseo lo mejor en este nuevo año –dijo, alzando ligeramente la voz para que llegara a todos los que la observaban–. Y que esté cargado de éxitos.
No esperó respuesta.
La puerta del ascensor se cerró tras ella, dejando tras de sí el suave rumor de su perfume –esa fragancia almizclada que embelesaba a los que podían percibirla – y la certeza de que, pase lo que pase, Nora Holloway ya no pedía permiso para existir.