Tenebrae: La muerte de la máscara (Eximere 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

La luz gélida de la mañana despertó a Nora con una presión familiar sobre el cuerpo. Latte, el habitante definitivo del octavo piso, se ovilló sobre el satén del edredón con la parsimonia de un monarca que recupera su trono.

–Latte… –murmuró, deslizando sus dedos por el suave pelaje blanco–.

Es una lástima que Salvatore no haya podido contemplar la ejecución realizada en la oficina.

Habría disfrutado de ese colapso; fue un desenlace operístico, tan regio y dramático como las piezas que solía regalarles a nuestras mañanas.

Los ojos de Nora se empañaron de pronto, como los espejos del baño tras una larga y cálida ducha. Latte, ajeno a la melancolía, amasaba el negro edredón en un ritual de pura complacencia mientras la deleitaba con un suave ronroneo.

Pero algo en la escena no encajaba.

–Hay algo que no acabo de comprender –murmuró Nora, observando al felino con una mezcla de alivio y desconfianza–.

¿Cómo es posible que, tras tantos días desaparecido en las frías calles, tengas el aspecto de haber vivido como un monarca en su trono de oro y no el de un superviviente de una tragedia?

Latte la contempló con sus ojos grises enmarcados en un antifaz negro.

No respondió, por supuesto, pero algo en la fijeza de su mirada parecía susurrar que el misterio quedaba en sus manos.

El timbrazo del teléfono rasgó la quietud del dúplex, interrumpiendo las conjeturas que la joven hilaba desde que el espectro blanco regresara del frío días atrás.

– ¿Señorita Holloway? Soy el detective Revenant. Voy a estar durante la mañana en su edificio para realizar unas comprobaciones rutinarias y me preguntaba si sería tan amable de concederme unos minutos.

–Por supuesto, detective. De hecho, tenía pensado ponerme en contacto con usted para comunicarle una novedad –concluyó Nora con voz firme.

Revenant paseaba por el comedor de Nora con la parsimonia de quien examina cada superficie en busca de indicios invisibles.

Formulaba preguntas aparentemente erráticas sobre Salvatore –sus hábitos, sus visitas, sus afectos–mientras intentaba trazar un perfil de la joven.

Sin embargo, al igual que le había ocurrido a Dante, la absoluta falta de información visual entorpecía su labor; Nora no pertenecía al grupo de personas que decoran su intimidad en las paredes.

–Veo que es usted alguien a quien le obsesiona el control y el orden –comentó Revenant, deteniéndose frente a la estantería donde reposaban los pocos volúmenes de su colección–. No le agrada que nadie pueda radiografiarla con facilidad. ¿Me equivoco?

–Revelar mi auténtica naturaleza solo me acarreó problemas en el pasado –respondió Nora con una calma gélida, mientras le tendía una taza de café–.

Prefiero que el resto saque sus propias conclusiones.

Solo yo necesito saber quién soy realmente.

Y, por fortuna, acabo de reencontrarme con mi esencia tras años de fingir ser alguien que no era.

El detective aceptó la taza con un gesto de agradecimiento.

Dio un sorbo. Suspiró.

–Ummm… Precisamente sobre eso quería hablarle. Ayer recibí la visita de su superior, un tal Garrett Lavender.

Nora no parpadeó. Su rostro permaneció impasible, pero el pulso se le aceleró un grado.

–Parecía estar de lo más disgustado con usted –continuó Revenant, saboreando el café con una lentitud deliberada–.

Quiso denunciarla por vulnerar su derecho a la privacidad y por los daños y perjuicios ocasionados a su vida personal y laboral.

El papeleo ya estaba en curso cuando recibí una llamada de mi superior que paralizó el trámite de inmediato.

Hizo una pausa.

Los ojos de Revenant se clavaron en los de Nora con una intensidad que no necesitaba palabras.

–Al parecer, el suegro –o mejor dicho, ex suegro– de ese tal Garrett es alguien con mucho poder en esta ciudad. Y ha desestimado la denuncia por completo. Así que esta conversación ha pasado a ser, por fortuna para usted, una mera anécdota.

En ese instante, mientras Nora aún asimilaba las posibles consecuencias de su venganza, Latte entró en la estancia y se rozó contra las piernas del detective.

–Vaya, veo que ha recuperado por fin a la mascota del señor Salvatore –dijo Revenant, alargando el brazo para acariciar el blanco pelaje con una ternura inesperada en un hombre de su oficio.

–No es su mascota –corrigió Nora, y su voz cortó el aire como una hoja de acero–. Era su familia. Al igual que él lo era para mí. Necesito que sea sincero conmigo y me diga qué fue lo que realmente sucedió aquella noche.

Hizo una pausa.

El silencio se llenó del ronroneo de Latte y del crepitar de la nieve contra los cristales.

– ¿Sabe usted lo que es perder a su única familia y no saber qué ha sucedido realmente?

Revenant levantó la mirada.

Por un instante, su rostro de funcionario cansado se resquebrajó. Algo oscuro, algo viejo, asomó en sus ojos.

–Créame que sí lo sé.

La frase cayó como una piedra en agua quieta. No hubo más explicación. No hizo falta.

–Por eso he venido –continuó, recuperando el tono profesional–. Para ponerla al día de lo que hemos descubierto hasta ahora. Mis compañeros me han comunicado sus muchas llamadas solicitando información sobre el caso del señor Salvatore. Y he pensado que merecía saber la verdad.

Revenant apuró las últimas gotas de café. El impacto de la loza al posarse sobre la madera fue un golpe seco en el silencio de la estancia.

–La autopsia revela que el anciano falleció por causas naturales. Un fallo cardiorrespiratorio –hizo una pausa, evaluando la reacción de Nora–. Sin embargo, existen ciertos cabos sueltos que impiden clausurar el caso como un deceso natural.

–¿Qué clase de detalles? –El pulso de Nora estaba disparado. Percibía el latido violento en las sienes, en la garganta, en la yema de los dedos.

–Según su testimonio, la vivienda estaba en perfecto estado la noche anterior.

Pero mis agentes, y posteriormente yo mismo, descubrimos un apartamento totalmente destrozado.

Como si se hubiera producido algún tipo de altercado.

–Revenant la miró fijamente–. ¿Segura de que no escuchó ningún ruido inusual esa noche?

–Lamentablemente, me acosté muy temprano debido al agotamiento. Además siempre duermo con tapones para el ruido. No escuché nada –respondió Nora, con una calma gélida.

– ¿Sabe usted algo acerca de la familia del señor Salvatore? ¿Le mencionó alguna vez algo sobre su hijo?

Esa última pregunta cayó como una losa sobre Nora.

–Salvatore… nunca… nunca tuvo hijos –la voz de Nora intentaba sonar entera mientras se fragmentaba por dentro–.

Sé que tenía una hermana con dos hijas. Le enviaba galletas hechas por ella misma.

El señor Giuliano fue un alma libre toda su vida.

Eso le permitió llevar una existencia nómada… al menos, eso me dijo.

–El señor Salvatore tuvo un hijo a una edad tardía –sentenció Revenant, midiendo la reacción de la joven–.

Sucedió durante uno de sus últimos empleos, cuando ejercía como botones en un lujoso hotel de la Costa Azul francesa.

Mantuvo un affair con una camarera de habitaciones que, tras múltiples encuentros clandestinos, quedó embarazada de él.

Nora trataba de calmar su respiración, a la par que intentaba asimilar la información que el detective le dosificaba con cuentagotas. Le dolía pensar que la única persona a la que había creído sin un solo atisbo de duda durante siete años pudiera haberle mentido desde el principio.

–Por lo visto, cuando la camarera habló con Salvatore acerca de este hecho, él desapareció del hotel al día siguiente.

De allí viajó a Barcelona, donde estuvo una larga temporada trabajando como pinche de cocina.

La mujer le envió varias cartas y fotografías del pequeño, pero él jamás se puso en contacto con ellos.

Revenant analizó cada micro expresión en el rostro de Nora; le bastaron unos segundos para comprender que el anciano había omitido toda esa información a la joven.

–Lamento no poder ser de más ayuda en estos momentos. No poseo más datos que los que ya le he facilitado.

Nora se incorporó con suavidad, dejando a Latte en el suelo y recogiendo las dos tazas de café, una señal inequívoca de que daba la conversación por concluida. Necesitaba aislarse para asimilar aquel nuevo mazazo.

–Entendido. Le dejo mi teléfono personal para que pueda llamarme a cualquier hora del día si cree recordar algo que arroje luz sobre el caso –dijo Revenant, mientras depositaba una tarjeta blanca sobre la mesa negra.

Tras la salida del detective, Nora se dejó caer sobre el oscuro y mullido sofá.

El peso de la tarde se le instaló en los huesos como un eco de la nieve que seguía cayendo al otro lado del cristal.

No daba crédito a la nueva información vertida sobre Salvatore.

Él, que había actuado como un padre con ella.

Siempre. Él, que había escuchado las historias de Nora sobre sus propios padres y comprendía el dolor que estos pueden infligir –sin querer o sin saber– a sus hijos.

Él, que había sido su refugio durante siete años, había abandonado a su propio vástago a un futuro incierto y precario.

Sus emociones eran confusas. De índole oscura.

Raíces envenenadas que se enredaban bajo la superficie de su pecho.

La ira. La traición. La compasión por aquel hijo que nunca conoció a su padre.

Y, en el fondo, un eco de algo más: el miedo a haber sido, también ella, solo una de sus fugas.

La última parada de un hombre que pasó la vida huyendo de sí mismo.

–Debo hablar sin demora con la única persona que debe saber toda la verdad –murmuró, y su voz rompió el silencio como una hoja al caer–. Evranna.

Latte se giró desde el otro extremo del sofá, la cabeza inclinada, los ojos grises de antifaz negro fijos en ella. Hizo un leve gesto con la cabeza, como un asentimiento, como si hubiera entendido cada palabra. Nora lo miró y sintió, por un instante, que no estaba sola.

La noche se cerraba sobre la ciudad. Afuera, la nieve seguía cayendo. Dentro, el eco de las palabras del detective vibraba como una herida recién abierta.